La extrema derecha, mal necesario: controla estados, municipios y es fuerza legislativaFrente a la muy probable victoria de Germán Martínez en la lucha por la dirigencia nacional del PAN, no son pocas las voces que suponen que ese periplo terminará con una inevitable división y hasta fractura entre el sector del panismo conocido como los “doctrinarios” —identificados con el presidente Calderón— y el ala de extrema derecha, que entre muchos otros representa Manuel Espino.
El PAN de los herederos de Manuel Gómez Morín, dicen algunos, debe sacudirse las expresiones radicales que desde los tiempos del desaparecido Manuel J. Clouhtier se apoderaron de una buena parte de la franquicia azul, y que luego con la llegada de Vicente Fox literalmente desplazaron a los doctrinarios, entre ellos a Felipe Calderón. Se insiste —en un estricto blanco y negro— que es el tiempo de regresar al partido a los tiempos de Carlos Castillo Peraza.
Pero pocos saben que al remitir la herencia del panismo doctrinario a la gestión de Castillo Peraza —como si se tratara de un sinónimo de pureza ideológica o identidad con los postulados de Gómez Morín—, en realidad se comete un error monumental, ya que es poco conocida la historia que hizo posible el arribo de la extrema derecha al PAN, y es menos sabido que fue precisamente el yucateco Castillo Peraza quien abrió las puertas del partido azul a esas expresiones radicales.
Castillo Peraza, como todos saben, alcanzó una posición de relevancia en la estructura del PAN cuando se convirtió en el más importante impulsor de la llegada a la presidencia del partido de ese emblema de la lucha democrática que era Luis H. Álvarez, quien en marzo de 1987 se convirtió en presidente de Acción Nacional. El yucateco ocupó la importante plaza de ideólogo de Álvarez —además de que era el encargado de elaborar los discursos del presidente del partido—, posición desde la que diseñó lo que luego fue la transición democrática.
Desde ese lejano 1987 —meses previos a la controvertida elección presidencial de 1988—, Castillo Peraza entendió que frente a la ruptura histórica que ya vivía el PRI —Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo encabezaron el rompimiento en el tricolor— se abría una posibilidad histórica para empujar la tan anhelada transición democrática. El yucateco convenció a su jefe y presidente del partido, y el PAN empujó un cambio en su interior, que también resultó histórico.
Es decir, Castillo Peraza calculó que desde la gran ruptura en el interior del PRI se abrían posibilidades para que los partidos opositores de entonces —en realidad para el PAN— pudieran competir por el poder en condiciones de mayor equidad. Pero frente a la oportunidad histórica que se abría a la política electoral mexicana, Acción Nacional enfrentaba dos problemas nada pequeños. Por un lado, los azules se habían quedado anclados en el apostolado por la democracia, y carecían de cuadros, organización territorial y dinero.
Por otro lado, el desprendimiento del priísmo que encabezó Cuauhtémoc Cárdenas amenazaba con convertirse —como ocurrió en la elección presidencial de julio de 1988— en una alternativa de poder frente al PRI, sobre todo por la alianza que ya entonces se configuraba con importantes sectores de la izquierda mexicana. Castillo Peraza calculó que ese momento histórico marcaba el inicio de la carrera de la izquierda y la derecha partidistas para alcanzar el poder que empezaba a dejar el PRI, y que frente a la popularidad del heredero de los Cárdenas el PAN corría el peligro de ser desplazado, a pesar de su larga historia por la transición democrática.
Entonces propuso abrir el partido a otros grupos y formaciones sociales que ya tocaban la puerta del PAN, en su mayoría expresiones de la extrema derecha, como el DHIAC, MURO, Yunque y muchos otros. La resistencia intramuros de los azules fue seria, al grado de que se abrió una grieta que expulsó a los llamados “foristas”, pero al final de cuentas la mancuerna Luis H. Álvarez-Carlos Castillo ganó la batalla. La extrema derecha entró al PAN, recibió su carta de naturalización y muy pronto el candidato presidencial del PAN para la elección de 1988 fue nada menos que Manuel J. Clouthier, quien, a su vez, llevó como ideólogo a Luis Felipe Bravo Mena, promotor del DHIAC desde la Coparmex y supuesto miembro de El Yunque.
El PAN ganó una estructura que lo representó en una gran parte del país, sobre todo de empresarios de todos los tamaños que finalmente vieron cumplido uno de sus sueños históricos: contar con un partido político desde el que competirían con el PRI. Pero ese fue el resultado inmediato, tangible de esa apertura que promovió Carlos Castillo. La explicación filosófica y estratégica que esgrimió el yucateco fue otra.
Les explicó a sus compañeros de partido que en tanto cuerpo social, el PAN se podía comparar con un cuerpo humano que tenía que nutrirse con la mayor variedad de elementos que sirvieran para su crecimiento y desarrollo, y que los procesos naturales de selección del PAN y los anticuerpos ideológicos se encargarían de desechar lo que resultara pernicioso para el partido. Castillo Peraza no se equivocó en su diagnóstico; la derecha le ganó a la izquierda la carrera para ocupar el lugar que dejó el PRI, y la extrema derecha no logró tragarse al PAN.
Por eso, como lo dijimos en el Itinerario Político del pasado 24 de octubre, en su campaña por la dirigencia del PAN Germán Martínez “no hará una purga de la ultraderecha y menos perseguirá a Espino… pero Espino golpea fuerte a Felipe Calderón, al candidato Germán Martínez y al PAN, para subir el costo de una negociación que ya está en proceso”, para el reparto del poder.
La extrema derecha que en 1987 se metió al PAN gracias a Castillo Peraza es un mal necesario para los azules: controla la mayoría de los gobiernos estatales del PAN y no pocos municipios, además de que su fuerza no es menor en el Congreso. Y sí, Germán Martínez llevará al PAN a los tiempos de Castillo Peraza; tiempos de convivencia entre doctrinarios y la extrema derecha. Dupla ganadora, que será perdedora si se rompe.
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