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Aunque en muchos aspectos suplían las artes del buen maese Sigmund Freud, los encargados de los confesionarios ambulantes que desde el siglo XIX y hasta la década de los años 30 del siglo XX operaron en diversos puntos de la ciudad, terminaron por convertirse en confidentes, adivinos, filósofos y oráculos (sin albur) de los barrios. Se dice que la tradición surgió hacia mediados de 1850 en los rumbos de Tlalpan, durante las animadas Jamaicas que conjuntaban a las diversas colonias de la zona y que a menudo terminaban en trifulcas y balaceras a causa del alcohol. Los confesionarios fueron instalados por algunas parroquias durante las ferias y celebraciones tradicionales, tanto como una manera de jalar adeptos para acrecentar sus diezmos, como para persuadir a los beatos pecadores de no caer en las garras del exceso y, por lo tanto, del nunca bien ponderado Lucifer. Con el tiempo, incluso en la Ciudadela, en algunas plazas del centro histórico y en las ferias que visitaban los barrios más apartados de la ciudad, fueron instalados como parte de la caravana de cirqueros y saltimbanquis, confesionarios ambulantes, los cuales por lo general contaban con un cajón de madera y una silla para el cura itinerante y una sección para el apesadumbrado ingenuo, ambas separadas por una cortinilla entreabierta. Tan alabados como criticados, aquellos fulanos hacían uso de toda clase de artilugios para salvar a las almas pecadoras, y no faltaron los avispados comerciantes que se colocaban junto a los confesionarios para vender escapularios, rosarios, imágenes y otras chucherías para ser bendecidas por el susodicho. Se cuenta incluso que en algunos confesionarios ambulantes de Tacubaya instalaban en 1909, pilas de supuesta agua bendita, mismas que serían colocadas posteriormente en el patio de una iglesia. No obstante la santificada presencia de los curas voluntarios durante varias horas al día, cual si custodiaran una garita de soldados, para la mayoría de los parroquianos el confesarse en la vía pública causaba un poco de bochorno por el miedo a ser contemplados por los transeúntes y peor si la consigna era rezar un par de Aves Marías al aire libre para menguar el cochambre del alma. Ya entrado el siglo XX, algunos cronistas afirmaban que mientras los especialistas en la ciencia de Freud apenas si comenzaban a hacer sus pininos en México y atendían en forma elitista a las clases más favorecidas, los humildes de la ciudad que padecían algún problema emocional tenían como único refugio el abrazo de aquellos consejeros de la iglesia. Pero a causa de la bonita y bien conocida tradición culpígena que mantenían aquellos heraldos de la fe católica, muchos confesados, más que sentirse mejor, terminaban con kilométricas tareas de rezos, lecturas y charlas en la parroquia cercana, una práctica común de canonización que seguía vigente desde tiempos de la Conquista. Numerosas crónicas alabaron y criticaron duramente el trabajo de los curas de los confesionarios que durante muchas décadas fueron los responsables de la “salud mental” entre aquellos que no podían escoger entre comer o desahogar los problemas cotidianos con un estudioso de pipa y diván. Sin embargo algunas imágenes de famosos fotógrafos lograron capturar el folclor de esas sesiones callejeras que en menos de unos minutos ofrecían oreja, diagnóstico y paliativo... una hazaña que hoy muchos gurús con modernos métodos envidian en secreto, y han intentado sin éxito igualar. Después de la Guerra Cristera, en muchas parroquias ya no se vio con buenos ojos que sus misioneros de la fe estuviesen en la vía pública exponiéndose a numerosos peligros, sobre todo porque en aquellos días un gran porcentaje de los capitalinos andaban armados por las calles y el resentimiento por el reciente conflicto seguía latente entre un gran sector de la población. De la misma forma como llegaron, desaparecieron de las plazas aquellas garitas promotoras de la fe. Muchos coinciden en que la tradición debe rescatarse, sobre todo en estos tiempos tan propicios de relación Iglesia-Estado. Hasta podría crearse un Plan Nacional de Confesiones Católicas comenzando por la sede del Partido Acción Nacional en avenida Coyoacán y eje 8, para después seguir hacia la Cámara de Diputados, la Suprema Corte de Justicia, el Senado de la República, llegando incluso a Los Pinos y a las mismísimas oficinas de Norberto Rivera… todo por el bien de una patria con pureza de espíritu. ciudadeayer@gmail.com
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