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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
28 de octubre de 2007

Noroña, la patanería. ¿Y dónde están las defensoras de género?

Si Fox presidente no llevó a juicio a Beltrones, es su cómplice

Lo que vemos, escuchamos y leemos de la política mexicana en los tiempos de la democracia electoral y la pluralidad partidista, no está muy lejos de aquellos juegos infantiles comunes en las rancherías, en los que los bandos de niños en disputa empleaban como proyectiles el estiércol reseco al sol. Todos en el pueblo sabían quiénes resultaban derrotados en esas singulares “batallas de estiércol”, porque los delataba un penetrante olor a vacuno.

Los políticos mexicanos de hoy —cuyas agrupaciones partidistas son entidades de interés público—, sean de izquierda, derecha o centro, parecen atacados por una peculiar regresión infantil que los lleva a emplear como proyectiles en sus guerras intestinas y en sus batallas con otros partidos, el mismo estiércol delator, inocuo en cuanto a sus daños físicos o políticos —porque sólo destruye famas o glorias, pero no acaba con fortunas mal habidas—, pero revelador del tipo de guerra de la que se trata y, por supuesto, del talante de los guerreros políticos implicados.

El nombre del juego parece ser el de ensuciar con estiércol, lo más posible, al adversario; sea o no del mismo partido, pertenezca o no a la izquierda, la derecha o el centro. El estiércol como arma política, como argumento en el esgrima político, como instrumento en las batallas de y por el poder; estiércol que al final ensucia más al que lo lanza que al objetivo que busca, pero que al final de cuentas denigra a los políticos todos y la política en general.

¿A quién ha ensuciado más la guerra de estiércol emprendida entre el señor Gerardo Fernández Noroña y la señora Ruth Zavaleta; entre los señores Vicente Fox y Manlio Fabio Beltrones, entre Manuel Espino y Germán Martínez? La política mexicana es un estercolero que nos retrata como sociedad. Ese es el tipo de políticos que hemos producido como sociedad; políticos de los tiempos de la democracia electoral, la pluralidad y la alternancia.

El PRD y su laberinto

Entre los amarillos la guerra de estiércol se declaró iniciada desde la mañana del mismo 3 de julio de 2006. “Fraude”, “ladrones”, “espurios”, fueron las primeras señales. Sobre el proceso electoral fueron lanzadas toneladas de estiércol que ensuciaron —mucho más que las irregularidades reales— una elección que confrontó, como pocas ocasiones en la historia electoral mexicana, a los muchos Méxicos que conviven en un mismo territorio. Por esos días la polarización parecía equilibrada; por un lado los que creían el cuento del fraude, y por el otro los que creían en la legalidad del proceso. Para los primeros, dudar del fraude y cuestionar la incapacidad política para aceptar la derrota, eran sinónimos de traición, de estar vendido, de pertenecer a la “horrible derecha”. Para los segundos, dar crédito al engaño del fraude era igual al fanatismo. En los dos casos, una muestra escalofriante de intolerancia colectiva.

Pero muy pronto, frente a una realidad contundente —la de un gobierno legalmente constituido con el cual, pese a todo parece saludable avanzar en acuerdos posibles—, entre los propios perredistas apareció una división existente desde siempre, pero que por razones políticas fue “encapsulada” en los meses previos a la elección presidencial. Por un lado el grupo que resultó ganancioso del 2 de julio, el de Los Chuchos, rompió el capullo que los mantuvo en estado larvario por meses y su nueva condición de grupo real de poder los llevó a diseñar una estrategia de negociación y acuerdos desde el Congreso.

Entre una buena parte de los políticos de Nueva Izquierda y entre no pocos de sus aliados, el cuento del fraude y la radicalización del sector que encabeza López Obrador, se había convertido en un lastre para el PRD y hasta resultaba un obstáculo al ejercicio de la política y la posibilidad de influir de manera importante en un gobierno debilitado de origen —como el de Calderón—, pero que tenía y tiene posibilidades de promover cambios con sus aliados naturales, el PRI.

Ante esa realidad, los jefes de Nueva Izquierda —Los Chuchos— entendieron que la ganancia política para su causa era más rentable si asumían su papel de oposición leal que la ya fracasada estrategia de “oposición a todo” —que se puso en práctica luego del fraude de 1988 y que casi destruye al PRD—, y muy pronto alcanzaron los primeros resultados positivos; una reforma electoral que resuelve, por lo menos en el papel —porque falta saber lo que ocurra en la práctica—, una buena parte de la encrucijada a la que se enfrentó la llamada izquierda mexicana; una reforma electoral inconclusa.

Hasta aquí todo parecía caminar sin grandes sobresaltos. Los dueños reales del poder en el PRD confirmaron que se podía ganar más por la ruta de la política que por el camino de la confrontación y la apuesta al fracaso del gobierno legal. Pero luego vino la lucha por el control de la franquicia. ¿Debía seguir el PRD en manos de AMLO, a merced de su rencor político, o debía estar en manos de Los Chuchos? Esa pelea por el poder dentro del PRD —que necesariamente pasa por las elecciones en Michoacán y por el regreso de los Cárdenas al partido— llevó a Los Chuchos a considerar una estrategia que han probado con éxito en otros momentos; la de asumirse como una oposición leal —a las concepciones básicas del juego democrático, no al fanatismo del mesías—, lo que desató la ira de sus adversarios de siempre, los fieles a López Obrador.

¿Legitimidad de quién?

Así, lo jefes y las jefas chuchos decidieron que más allá de la génesis del gobierno de Calderón —y de la farsa de “legitimidad” que pregona AMLO— debían avanzar a partir de una realidad incuestionable; una realidad política y de poder donde la fuerza del PRD en el Congreso está obligada a negociar con la fuerza de los otros poderes: el Legislativo y el Judicial. En los hechos, la misma legalidad que tiene el Congreso —cuyos diputados y senadores son producto de la misma elección de la que salió presidente Calderón—, la tienen los otros poderes formales. Por eso, y sobre todo frente a los ciudadanos y potenciales electores permanentes, ya era tiempo de reconocer al gobierno de Calderón.

Eso dijeron Leonel Godoy, Cuauhtémoc Cárdenas, Ruth Zavaleta, entre muchos otros perredistas que se negaron a la simulación política opositora y que le apostaron a la política y a la razón. Pero en el bando de Andrés Manuel López Obrador no hay lugar para la política y menos para la razón. Por eso la respuesta de los señores Fernández Noroña y Leonel Cota —los dos títeres de AMLO— fue la del estiércol. Lanzar estiércol al adversario para ensuciar a todo aquel que piensa distinto, que cree en otros caminos, que supone que la política es mucho más que negar todo y que, por cierto, es lo mismo que negarse a ellos mismos.

El locuaz y cuello de ganso de AMLO, Gerardo Fernández Noroña, acusó no a Leonel Godoy, no a Cuauhtémoc Cárdenas, no a los jefes chuchos, sino a la diputada y presidenta de la Mesa Directiva de San Lázaro, Ruth Zavaleta, de haber “entregado el cuerpo”, de haber “aflojado el cuerpo” ante los intereses del espurio. La bajeza y el estiércol como armas políticas; la ruindad como argumentos, la misoginia como carta de presentación de los adalides de la izquierda mexicana. ¿Y dónde están las voces de esas siempre aguerridas defensoras del género entre la llamada izquierda mexicana? No están y no aparecerán, porque en política las razones de género no existen; porque en política la supuesta traición, cuando viene de una mujer, siempre será sinónimo de prostitución. No deja de ser curioso que entre los muchos fanáticos de AMLO sean las mujeres las que consideran al patán de Fernández Noroña como ídolo, y sus bajezas sean vistas como una reivindicación de lealtad a esa izquierda y al prócer, López Obrador. Y es que muchas de esas mujeres dicen de Ruth Zavaleta: “Se lo merece”. ¿Qué tal?

Con toda razón, las mujeres del PRD y las que se dicen defensoras de los ideales de izquierda defienden que las mujeres decidan sobre su cuerpo y su vida en cuanto al aborto; que reclamen su dignidad frente a los machos, que hagan valer su igualdad... Pero no se le ocurra a una mujer dedicada a la política, como Ruth Zavaleta, pensar con cabeza propia, disentir del “legítimo”, reconocer una realidad legal y política como el gobierno de Calderón, y menos reunirse con la esposa del Presidente, porque entonces es una prostituta. No, en el esquema machista que defienden las pregoneras del género, disentir de López Obrador es sinónimo de prostitución. En el fondo defienden el machismo y el sometimiento al jefe, al líder, al mesías. Y no es un asunto nuevo, ya lo vimos en el caso de Rosario Robles, también destruida políticamente con argumentos machistas y misóginos, por parte de AMLO.

Pero en el fondo, el señor Fernández Noroña no hace más que seguir la línea de su jefe y protector. Y es que el primero que se expresó de manera grosera e insultante de Ruth Zavaleta fue precisamente Andrés Manuel López Obrador, cuando en una de las reuniones de los lunes le informaron que la presidenta de la Mesa Directiva para el año legislativo que empieza, sería precisamente la señora Zavaleta. Por eso la diputada reclamó que el señor López Obrador meta al orden a su jauría. ¿Quién gana y quién pierde en esa guerra de estiércol en la que se han metido los políticos del PRD? La ganancia, si existe, es para los agredidos, pero la monumental derrota es para toda la izquierda, que muestra a todos en un escaparate monumental su verdadera estatura, sus contradicciones. Esa es la izquierda mexicana, ese es el PRD, espejo y producto de todos los que como sociedad reivindicamos el pensamiento de izquierda.

Fox, la tragedia

Pero el estiércol no sólo está en la izquierda mexicana. También está en la derecha y en la ultraderecha. Y también está en el PRI, el partido que se dice de centro. Ya resulta ocioso decir que desde 1995, cuando Vicente Fox se convirtió en gobernador de Guanajuato era un inútil; decir que desde 1991, cuando quiso ser gobernador de Guanajuato, cuando fue precandidato y candidato presidencial, cuando fue presidente, aquí cuestionamos con severidad su frivolidad e incapacidades. Hoy Vicente Fox, sus torpezas, sus pillerías, su torpeza monumental para la política son la comidilla y él es el “villano favorito”. Pero vale preguntar: ¿Es igual, menos corrupto, o más ratero que López Portillo, Miguel de la Madrid, Salinas?

En su momento, el señor Fox fue el ideal y el ídolo de las multitudes. Cuando se construía como producto de la mercadotecnia política la mayoría de los mexicanos no toleraban que se le tocara siquiera con el pétalo de una crítica —igual que hoy muchos no toleran que a AMLO se le cuestione—, pero a la vuelta de los años y de una deficiente gestión como presidente —y de una guerra que en buena medida lleva una gran dosis de estiércol—, es el símbolo de la corrupción. ¿Es un corrupto a secas o como sociedad somos igualmente responsables de sus corruptelas por haber creído religiosamente en ese ranchero hablador e incapaz para la política? Una encuesta básica, sin más metodología que las respuestas a lo dicho en este espacio, deja ver que el enojo social contra Vicente Fox no es tanto por lo que se pudo haber robado, sino porque muchos de los que ayer creyeron en él, que defendieron su activismo político, su gobierno, hoy se sienten defraudados. ¿El problema es Vicente Fox o el problema está en nosotros como sociedad, que lo llevamos al cargo al que nunca debió llegar?

Bueno, pues ese ex gobernante locuaz que mereció el apoyo de una buena o muy buena porción de mexicanos, fue acusado en días pasados por el jefe de los senadores del PRD, Manlio Fabio Beltrones, de solapar a su familia de la tragedia petrolera en Campeche. ¿Qué elementos tenía Manlio Fabio Beltrones? Hasta hoy no existen pruebas contundentes de que la familia de la señora Marta Sahagún, la esposa de Fox, tenga alguna responsabilidad en esa tragedia. Si el señor Beltrones no ofrece las pruebas contundentes, estará jugando el mismo juego que el señor Fox, el juego del estiércol, la guerra declarativa para desprestigiar al adversario con montañas de estiércol. Beltrones, igual que AMLO, que Fox, que Fernández Noroña, que gran parte de los políticos mexicanos, es un espejo de lo que colectivamente somos como sociedad. ¿Por qué escandalizarnos de lo que hemos creado, como sociedad, en la política mexicana?

Pero lo más grave es la respuesta del señor Fox. En lugar de reaccionar con sensatez, de aclarar el asunto, de pedirle al señor Manlio Fabio Beltrones que presente pruebas de su dicho —y acaso porque sigue siendo un hombre enamorado—, Vicente Fox reacciona con una acusación que lo muestra no sólo como un tonto, sino como un verdadero candidato al análisis siquiátrico más que político —como lo sugirió, por cierto, el señor Beltrones—, ya que acusa al jefe de los senadores del PRI de estar involucrado en el narcotráfico. Una vieja historia que, si Fox no indagó y no permitió que siguiera el curso legal, lo muestra como un gobernante que solapó al narcotráfico y a los políticos implicados en esas mafias.

Al final de cuentas —y porque ya se nos terminó el espacio—, la gran pregunta es o debiera ser ¿quién les cree a los políticos mexicanos, a esos que lo mismo mienten, engañan, inventan, fantasean, se roban dinero, viven de dinero público y que no resuelven nada de los problemas de todos? Son los políticos que nos merecemos, porque están donde están por nosotros. Entonces, el problema es nuestro. ¿O no?

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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