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El 68, que no se olvida
Y que por eso sigue en la memoria de todos quienes lo vivimos en carne propia. En el gran escenario del mundo y como bien rememora Elena Poniatowska: fueron los tiempos del oprobio en la guerra de Vietnam; de las moscas y los niños de Biafra; del asesinato del hombre que había tenido un sueño, Martin Luther King; de los magnicidios televisados de John y Robert Kennedy; de la reivindicación de la negritud en los rostros de las Panteras Negras y las arengas de Angela Davis; de los hippies, ellos y ellas, que intentaban colgar flores en el pelo a quienes iban a la guerra; al otro lado del Atlántico, Daniel Cohn-Bendit enfrentando desde las calles a Charles de Gaulle, el héroe de la guerra. Y acá en México, un conflicto estudiantil que se le salía de control al gobierno de Díaz Ordaz, a quien lo único que le importaba era la cara que México mostraría al mundo en los Juegos Olímpicos del mes de octubre. Una batalla dispareja y cruel en más de un sentido: de un lado, los garrotes, las balas, los bazucazos y la cerrazón; del otro, los cantos, los gritos y las demandas. Eran también los tiempos de la algarabía, los coros ingeniosos y las consignas quiméricas: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”. Días en que también te manifestabas acompañado por las pancartas del Che y de Ho y con Serrat bajo el brazo. Horas de piernas de chicle al término de una pinta en cualquier pared o de temblores involuntarios en algún camión durante los boteos recaudatorios de fondos para lo que muchos llamábamos simplemente “el movimiento estudiantil”. Una marcha de silencio por la avenida Juárez para llegar también en silencio al zócalo y mirar igualmente en silencio a los tanques rodeando la plaza. Hasta llegar a la tarde oscura que pronto se hizo noche aquel 2 de octubre. Cuando desde un helicóptero salieron tres bengalas verdes que anunciaron los primeros disparos, luego las ráfagas y después la sangre. Que más tarde quiso ser lavada en aquella plaza de las Tres Culturas como si la memoria pudiese ser arrancada de ahí. Por eso es tan importante que ahora, a casi 40 años de distancia, en esa misma plaza se preserve El Memorial del 68 en lo que es ya el Centro Cultural Universitario. Un ámbito vivo para la cultura, las artes, la palabra, los encuentros, los debates y todo aquello que enriquece el espíritu humano. Ubicado, paradójicamente, en la vieja Cancillería desde donde también se dispararon —por lo menos— muchos rollos de película de la matanza de Tlatelolco para el señor Echeverría, ahora preso en su casa junto al fantasma maldito de Díaz Ordaz. Un lugar que conserva los testimonios de una lucha social fundamental para el México de nuestro tiempo. Un espacio que habría que agradecer a la sensibilidad histórica del rector De la Fuente y del jefe de Gobierno Ebrard. Y, a propósito, una enorme victoria moral sobre todos aquellos que todavía hoy se niegan a reconocer la importancia del 68 en la historia contemporánea de México. Quienes desde el principio intentaron desacreditarlo con el infundio de que era una conjura comunista. Aquellos que dijeron que habían sido “unos cuantos muertos”. Los mismos que, evadiendo la verdad, jamás pondrán un pie en este centro. Un lugar que los mexicanos de buena fe seguramente mantendrán pletórico y activo, en homenaje a todos aquellos que lucharon contra la represión, el abuso, la corrupción y sobre todo el autoritarismo exacerbado que identifica a los gobiernos totalitarios. Un testimonio vivo de experiencias inolvidables para quienes tuvimos el privilegio de transitarlas y una lección histórica para los jóvenes de las nuevas generaciones. P.D. Y hablando de relevos generacionales, hay que destacar el que se está dando en nuestra casa común, EL UNIVERSAL. Que representa, antes que nada, un trance de enorme valor para sus dos protagonistas. Primero, porque Juan Francisco Ealy Ortiz deja una huella profunda y un recorrido valiente y brillante en “El Gran Diario de México”, y aun así se atreve a dejar su Dirección General. Luego, porque Juan Francisco Ealy Jr. se decide a tomar la estafeta de su padre para emular su trayectoria profesional y humana, pero también para escribir su propia historia. ddn_rocha@hotmail.com
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