Buscar en:
  
   
    Opinión
Gonzalo Valdés Medellín
22 de octubre de 2007

Dulcinea Langfelder, lenguaje del siglo

“Imagínese no poder pensar: sólo poder imaginar. Sería como soñar. ¿Y qué es lo más importante en nuestros sueños? ¿Qué nos podemos llevar cuando morimos? ¿Qué es lo que ni siquiera el arrastre del tiempo se puede llevar? Son los momentos de comunión que conocimos con seres, jardines y dioses… o sea, el amor”, así definía Dulcinea Langfelder su espectáculo Victoria, en 2005. Ahora, ante un público agradecido y participativo, en el marco del 35 Festival Internacional Cervantino, Dulcinea Langfelder repitió la experiencia de esta obra en el Teatro Cervantes de Guanajuato. Casi un monólogo, un trabajo unipersonal, en Victoria la actriz, bailarina, mimo, cantante y comediante impulsa una inquieta visión de la decadencia natural de la vida. Es decir, de esos años que de pronto se agolpan y convierten al ser humano en un anciano. Con mucho humor, con enormes recursos expresivos y gran versatilidad, Dulcinea alecciona sobre lo que una sola actriz puede hacer en el escenario creando un universo de gran riqueza simbólica.

Considerada como la Chaplin femenina de nuestro tiempo, es evidente que esta creadora neoyorkina posee enorme admiración por creadores no sólo como Chaplin, sino como Laurel & Hardy (El Gordo y El Flaco) y, desde luego, por el gran humorista sicológico Woody Allen, aunque esa templaza agridulce de su introspección histriónica proviene del neorrealismo de Federico Fellini y de la actriz Guilietta Massina, intérprete por excelencia del cineasta. El rostro mismo de Langfelder recuerda a los personajes de Masinna en La Strada y Noches de Cabiria. Así, la admiración por estos iconos del cine se vuelven para la actriz una influencia decisiva y fértil para Victoria, la historia de una anciana enferma de Alzheimer que pasa sus últimos días en el abandono de un frío hospital, enfrentando la gelidez de trato de los enfermeros (que a lo largo del cuento terminarán sensibilizándose hondamente), pero encontrando en ello motivos para la imaginación, la fantasía, el goce de la vida y el juego. Victoria se convierte en una niña que avanza ante sí misma con la mágica luz de su ternura, redescubriendo la inocencia y el amor, más allá de toda realidad prefabricada.

En el montaje confluyen elementos atractivos: el manejo de biombos hechos a base de cortina; la iluminación que convierte esa atmósfera en un sugestivo teatro dentro del teatro; el juego de sombras chinescas que se tornan pasajes cinéticos. A su vez, las canciones que celebran la extroversión de una fina revista musical, y el diestro manejo de una silla de ruedas como único elemento decorativo, señalan en Langfelder a una virtuosa de la escena, a una maga capaz de hacer y deshacer a su antojo una historia para clavar en el corazón dardos precisos: los de la reflexión, el humor, la añoranza, la esperanza, la sensibilidad…

Composición gestual; dominio certero de la expresión corporal; impulso preciso del cuerpo alrededor de las anecdótas, hacen que esta actriz capture la buena voluntad del público y gane sus genuinas simpatías en buena lid. A esto contribuyen los desempeños de los actores alternantes (Eric Gringas o Eric Lapierre) que coadyuvan a que el flujo de la escenificación converja en una espléndida danza de interacciones sorprendentes.

Y, pese al cúmulo de aciertos, es también evidente el derroche de dulzura que conduce a Victoria /Langfelder en muchos momentos, a un empalagoso mordisco de tan elaborado pastel. Es decir, al trabajo de Dulcinea Langfelder no le faltan atributos, pero sí le sobra melcocha que la lleva a autocelebrar un melodrama de pronto insoportable. No todo lo que brilla es oro en Victoria y, sin embargo, ello no quita ni un ápice, el talento manifiesto de esta compañía y la trascendencia artística de una puesta en escena ejemplar y que para muchos será “memorable”.

Como quiera que sea Dulcinea Langfelder —discípula de Paul Sansardo, Etienne Decroux, Eugenio Barba y Yoshi Oida, y admiradora de Edith Piaff a quien rememora en algún momento de Victoria— es una presencia insoslayable en el ámbito internacional del teatro y de las nuevas propuestas que arriesgan todo en pro de un nuevo lenguaje teatral propio del siglo XXI. Y esto no sólo se agradece. Se aplaude. De pie.

 
BÚSQUEDA
Autor:  
Columna:
 

PERFIL
 
 
Columnas anteriores
 
Entre la innovación y la medianía en el 35 FIC 2007-10-19
 
Blancanieves y el Teatro Mladinsko 2007-10-17
 
Emio Greco: el renacimiento de la danza contemporánea 2007-10-16
 
Cuerpo Mutable: ruptura y autocomplacencia 2007-10-11
 
Otelo o la reivindicación del lenguaje lúdico 2007-10-08
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Publicidad | Mapa de sitio
© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL