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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
15 de octubre de 2007

Odiary linchar

Si perdió mi candidato favorito... hubo fraude. Si Fox alardea de riquezas... es ladrón

Lo políticamente correcto es sumarse al linchamiento de los personajes públicos

Tener una duda, sólo una duda sobre el supuesto fraude electoral de julio de 2006, sobre el presunto enriquecimiento de Vicente Fox, sobre la trampa que habría hecho Roberto Madrazo en el maratón de Berlín, o sobre el derecho que tiene el cardenal Norberto Rivera a no ser insultado por una turba resulta, en los tiempos de la naciente democracia mexicana, algo peor a estar del lado del demonio.

Es políticamente incorrecto, por ejemplo, dudar del fraude que pregona por todo el país el candidato derrotado. Y frente a sus fieles y fanáticos, esa duda es lo mismo que estar del lado de la derecha. Censurar el linchamiento mediático emprendido contra el ex presidente Fox y darle el beneficio de la duda a una investigación que demuestre o no las irregularidades —o que nos confirme que persiste la impunidad— es para otro sector social equivalente a defender a Fox, a pesar de que durante seis años en este espacio se ejerció una severa crítica al foxismo.

También es políticamente incorrecto, para otros mexicanos, no sumarse al linchamiento generalizado a Roberto Madrazo —el priísta que aquí ha sido fuertemente criticado desde 1994 por sus cuestionables prácticas políticas— y no se diga creer que, en efecto, hay razones para suponer que el tabasqueño no cometió un auto-fraude deliberado. Lo políticamente correcto es sumarse al linchamiento de una imagen pública que —por lo demás, ya había perdido casi todo el crédito social— para algunos es la síntesis de la maldad de la política.

Salir en defensa del derecho que tiene el cardenal Norberto Rivera a no ser molestado por rabiosos fanáticos —azuzados al parecer para el cobro de venganzas políticas— es lo mismo que estar del lado de los pederastas que habría protegido el purpurado. Para otro sector social, el cardenal no sólo merece ser quemado en leña verde, sino que se tiene bien ganado que lo insulten y lo persigan. Y salir en defensa de sus derechos y los de los fieles que creen en él, es lo más parecido a estar del lado de la ultraderecha.

En los cuatro casos pareciera que asistimos a la depuración social de los rostros contrarios a los de una cultura democrática; a la subcultura del odio, el linchamiento y la intolerancia.

Lo políticamente correcto, las razones mesiánicas y los juicios sumarios del poder mediático parecen haberse convertido en los instrumentos de modernos jueces que lo mismo dictan leyes —las del odio y la intolerancia— que señalan culpables —a todo aquel que disienta o piense distinto—, que emite sentencias; el linchamiento mediático y social. A nadie parece importarle los veredictos judiciales; si existen o no pruebas del fraude electoral, si los Fox serán o no investigados conforme a las leyes, si Madrazo prueba que no se autoengañó o si el cardenal tiene razón al reclamar respeto a su persona. Eso ya no le importa a nadie.

Lo importante parece ser que en esa mezcla de odio, intolerancia y linchamiento una porción importante de ciudadanos encontraron eficaces herramientas para la expresión social —siempre en estrictos blanco y negro— de sus ánimos y frustraciones.

Si perdió mi candidato favorito —que es la representación de los buenos— no hay otra explicación que el fraude, la confabulación de los malos. Si Vicente Fox alardea de sus riquezas, es un ladrón que encima se robó la elección, y por eso merece que le corten la mano, aunque sea la mano de su estatua en bronce. Se tiene bien merecido que lo derriben como a Saddam. Si Madrazo es el símbolo de los tramposos del PRI, todos prefieren creer que hizo trampa en Berlín. Si el cardenal protegió a un pederasta, hay que llevarlo a la hoguera.

Una vez desatados los demonios de la intolerancia y el odio —frente al descrédito de la justicia— pareciera que todo se justifica; si no estás conmigo estás en mi contra; si no estás con los buenos, eres parte de los malos; si piensas diferente o no te sumas al linchamiento, eres un traidor, eres parte de la derecha, sirves a los malos o, en el extremo, alguna mano interesada compró tu conciencia. Si criticas las políticas con fuerte tufo populista salta el siempre ocurrente: “pinches ricos”.

Intolerancia y odio que —al mismo tiempo es la jubilación de la razón y la deliberación— en su calidad de preciosa mercancía para la escaramuza por el poder, lo mismo sirve a los políticos —a los partidos de todos los signos, en mayor o menor medida— que al poder mediático. Entre los primeros, los políticos, los hay que recorren el país en una perseverante siembra de odio e intolerancia, en busca de la consolidación mesiánica, mientras que otros se conforman con el pago de facturas a secas.

A nadie, a ningún político, y menos a los ciudadanos en general, debieran sorprender los elevados niveles de odio e intolerancia que anidan en sectores importantes de la población. Y es que en realidad las campañas político electorales no son más que competencias legalizadas para fomentar el odio y la intolerancia. Y uno de los políticos que rompió con los viejos esquemas de acotar los procesos electorales a tiempos y formas, fue precisamente Vicente Fox, otrora campeón de sembrar el odio y la intolerancia contra todo lo que oliera o pareciera al PRI. Hoy Vicente Fox es víctima de sí mismo. Las campañas políticas permanentes, como la de AMLO, no son otra cosa que jornadas permanentes para sembrar y cultivar el odio y la intolerancia.

Pero también aparecen los poderes fácticos, los medios, y en especial los electrónicos; formidables promotores del otro factor que compone la ecuación: el linchamiento. Si los políticos sustentan su proselitismo en la denuncia de los pecados del adversario, en la siembra y el cultivo del odio, los medios en general, pero los electrónicos en especial, son el territorio en donde la sociedad justiciera se hace realidad. Un linchamiento mediático, acompañado por una conveniente dosis de odio e intolerancia, es capaz de derribar cualquier cosa; persona, proyecto o gobierno.

En ambos casos, el poder político y el poder mediático, construyen un gigante capaz de destruirlo todo, que camina en sentido contrario al de la democracia y del concepto y la razón de ser del Estado. Por eso valdría la pena repensar el camino, y acaso recordar la concepción de democracia que pregonaba Octavio Paz: “Democracia es, sobre todo, tolerancia”.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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PERFIL
 
Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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