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Revivir al zombi
Ante el descrédito del Consejo General del IFE, sólo un presidente con el prestigio de Juan Ramón de la Fuente puede impedir su lenta destrucción Entre los candidatos a competir por el primer lugar en la categoría del político mexicano más patético se encuentra Luis Carlos Ugalde, el todavía consejero presidente del IFE. Increíblemente para una persona de su linaje académico, Ugalde nunca entendió su papel dentro del instituto electoral y confundió, todavía hasta hoy, que aunque el IFE es por definición un organismo administrativo —de elecciones—, el Consejo General, por el impacto y trascendencia de sus decisiones, es un cuerpo político. No sólo eso. Paradójicamente para una persona cuya falta de carácter llevó al IFE a su peor momento político en su joven historia, en el epílogo de su agonía está acumulando vergüenzas ajenas. Ugalde parece desencajado de la realidad que lo rodea. Aparentemente distanciado del resto de los consejeros, está realizando giras de despedida por todo el país, recorriendo los fines de semana diferentes regiones, buscando entrevistarse con los principales medios de comunicación de cada ciudad importante que toca, y preparando una batería de artículos para la prensa, donde quiere analizar la reforma electoral que lo va a poner en la calle, probablemente el próximo mes. Vanidoso como nadie previamente en su cargo, no habría que descartar sorpresas megalomaniacas para dejar impresa la huella por una institución cada vez más alejada de él. Ugalde no se ha dado cuenta de que, políticamente, apesta. En varios eventos celebrados en las últimas semanas —parece ser el único actor político que tiene tiempo para ir a todos—, se le ha visto aislado. Dos personas en diferentes celebraciones coincidieron en narrar, como anécdota, que en algún momento en que cruzaron miradas a lo lejos y sonrieron educadamente, más tardaron en notar su soledad que él dirigirse como rayo hacia ellas para hacerles plática. A diversos periodistas con quienes se ha reunido, les ha preguntado lo mismo: “¿Cómo puedo irme mejor?”. No puede. Los momentos políticos correctos para hacerlo, los dejó ir, como también los dejaron escapar el resto de los consejeros. Al insistir en que no podía removerlos el Congreso, enfatizando al infinito el carácter administrativo del IFE, fueron ciegos para reconocer, autocríticamente, que políticamente habían quedado inhabilitados para administrar cualquier elección futura. El momento de los consejeros se les fue en las vísperas de la votación de la reforma electoral, cuando inclusive algunos legisladores se le acercaron a Ugalde para estudiar las mejores formas de su salida. Se les volvió a ir una menos afortunada al aprobarse la reforma. Hoy, lo que hagan o dejen de hacer, para efectos de salvar su imagen, es irrelevante. Pero lo que sigan haciendo para mantenerse vigentes, como lo está haciendo plañideramente Ugalde, sólo está añadiendo tierra sobre la tumba de este Consejo General. Ni Ugalde ni ningún otro consejero, en términos de reconstrucción del IFE, importa ya. Los partidos siguen discutiendo cómo van a decidir la remoción de los consejeros, de acuerdo con la nueva ley electoral, y negociando quién será el próximo consejero presidente. No es una decisión nada fácil para los partidos, pues se trata de revivir un ente que camina como zombi en estos momentos. Dos aspirantes fuertes a presidirlo, Jorge Alcocer y María Amparo Casar —ambos dicen que sus intereses están en otro lado—, se han venido desgastando por su relación con el PRI, en los dos casos, y sus vínculos con el partido en el poder, también en ambos casos. Otro fuerte candidato en potencia era Diego Valadés, pero razones desconocidas hicieron que el constitucionalista decidiera revertir su decisión de no contender por la Rectoría de la UNAM luego de un corto periodo vacacional, autoeliminándose para un cargo en el IFE. Hay otros nombres que circulan, y uno comenzó a ser mencionado, dentro y fuera del IFE en las tres últimas semanas: Juan Ramón de la Fuente. De la Fuente está próximo a dejar la Rectoría de la UNAM, y los capítulos finales de su gestión como la máxima autoridad de la prestigiada Universidad, han sido aderezados de elogios y reconocimientos por su tarea. No son inmerecidos. De la Fuente llegó a la UNAM en un momento de crisis, para tratar de sacarla precisamente de una crisis a la que la llevó la insensibilidad e ingenuidad política del rector Francisco Barnés, que no supo manejar un conflicto estudiantil que la llevó a una huelga de 10 meses. De la Fuente asumió con una Universidad tomada, secuestrada por grupos radicales y anarquistas, y estuvo dispuesto a arriesgar el capital político que había acumulado como secretario de Salud del ex presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, para regresarla a la normalidad aceptando que la policía federal entrara al campus y sofocara la rebelión. La operación resultó impoluta y fue aplaudida por la sociedad en general. La normalización, la parte más difícil del proceso, vendría después. Un intenso trabajo político subterráneo con todos los grupos en conflicto fue acompañado por una política de inclusión que fuera eliminando las agrias discrepancias entre los grupos de interés universitarios, llevándolas al terreno manejable de las diferencias. Nunca se aplastó con la fuerza a los grupos disidentes radicales, a quienes el trabajo político que hicieron las autoridades universitarias dentro de la UNAM y con aquellos que los apoyaban desde afuera de la institución, los fueron marginando sin violencia. La UNAM, contra toda una historia de agitación en momentos de efervescencia política nacional, fue casi un remanso durante el conflictivo año electoral de 2006, y todos los brotes fueron apagados políticamente. Hacia fuera hubo otro tipo de trabajo político para restituir la imagen de la Universidad. Un conjunto de personalidades fue incorporada al patronato, y en los Pumas, el equipo de futbol, inyectó magia empresarial e invirtió en un cuadro que recuperó la mística y el orgullo puma. Se intensificó la actividad cultural y la UNAM comenzó a recoger reconocimientos mundiales. Siete años de cosecha han dado resultados altamente positivos. La imagen, credibilidad y reconocimiento de De la Fuente como político, lo han hecho circular en el imaginario colectivo y en las consideraciones de quienes toman decisiones, como un activo para momentos de crisis. Tiene relación con toda la clase política y aun quienes discrepan de él, lo respetan. Tras el proceso electoral del año pasado, logró un control de daños a su inclinación partidista. Mantiene una relación fluida con el gobierno de Felipe Calderón y es un político confiable para los empresarios. No hay, en el espectro político mexicano, quien pueda estar mejor calificado, a partir de resultados, que él para encabezar el IFE. En él no habría un presidente consejero de transición, sino de consolidación, ni un líder blandengue e ineficiente, sino una voz con una actitud que puede ayudar claramente en evitar que la incipiente democracia mexicana se descarrile. rriva@eluniversal.com.mxr_rivapalacio@yahoo.com
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