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Rescatar al PAN
Este domingo el Consejo Político Nacional del PAN decidió adelantar los tiempos políticos. La sorpresiva propuesta de Manuel Espino fue atendida: en diciembre, y no en marzo, se elegirá al nuevo presidente del partido. Germán Martínez, el hombre de Calderón, tiene dos encomiendas: rescatar al partido y acercarlo a Los Pinos. Martínez Cázares es un político entrón y claramente deslindado de la ultraderecha. Basta recordar la advertencia que lanzó en enero de 2005 sobre “la peligrosa derechización” del partido: “¡No nos van a vencer los nuevos meones de agua bendita y no les vamos a dar el gusto de salirnos de nuestra casa!”. Presentes desde la fundación de Acción Nacional, los ultraconservadores acentuaron su peso político en las últimas décadas a través de militantes del MURO, Dhiac y El Yunque. En febrero de 2005, con el arribo de Espino a la dirección nacional, la ultra mostró el nivel de penetración que había logrado. En aquella elección el grupo de Felipe Calderón apoyó a Carlos Medina Plascencia y perdió ante Espino. A partir de esa derrota, el grupo calderonista decidió revisar su estrategia y usar su conocimiento a fondo del partido. Lo que siguió fue la disputa por la candidatura presidencial. Espino se puso al servicio de la pareja presidencial y apoyó a Santiago Creel. Calderón los derrotó. Después vino la batalla por la dirigencia partidista en el DF: Carlos Gelista, el candidato de los ultras, fue derrotado por Mariana Gómez del Campo. Más tarde, el intento de madruguete: reformar el método de selección de candidatos para llevarlo a una consulta abierta de la ciudadanía. El grupo de consejeros afines a Calderón, en minoría, decidió retirarse para evitar que se integrara el quórum y la decisión se pospuso. Después llegó una batalla decisiva, la Asamblea Nacional que decidiría la integración del Consejo Nacional que entró en funciones el sábado pasado; de nuevo, el calderonismo se impuso. Será este consejo el que elegirá al nuevo presidente del Comité Ejecutivo Nacional. Germán Martínez no la tiene fácil: llegará a la presidencia del partido, pero una vez allí apenas empezará lo duro: rescatar a una organización que vive un momento difícil y enfrentar retos mayores que incluyen: a) la redefinición ideológica; b) la consolidación y el crecimiento (el PAN es una fuerza política marginal o prácticamente inexistente en muchas entidades federativas); c) la eficacia y la honestidad gubernamental (con excepción del gobernador potosino, Marcelo de los Santos, los gobernadores panistas están entre los peor calificados); d) el arribo a territorios inhóspitos (sobre todo donde se ubican los mexicanos más pobres); y e) el fortalecimiento de su maquinaria electoral (en los meses recientes perdieron Yucatán y Aguascalientes, y en otras elecciones locales mantienen su tenencia perdedora). Para Calderón, rescatar al PAN es un imperativo. En el plano más pragmático y coyuntural: para seguir amarrando los hilos sueltos del ejercicio del poder, la falta de apoyo de la dirección de su partido ha favorecido la centralidad política del PRI; en lo simbólico: para mostrar a un Presidente que es el jefe real de su partido, como ocurre en otras democracias; para expropiarle el manejo de los aparatos (nacional y estatal) a grupúsculos que han abusado de las prerrogativas económicas, manipulado las candidaturas y manejado a su antojo las relaciones internacionales; para depurar su gabinete sobre la base de la eficacia y la lealtad (derrotar a Espino favorecerá deshacerse de los “compromisos” que se tradujeron en posiciones de gobierno), y para preparar la dura batalla de 2012. En otro plano más estructural, recuperar a Acción Nacional tendría que implicar, como lo proponía Manuel Gómez Morín: dotar de ética al ejercicio público, formar ciudadanía, procurar el bien común y privilegiar el interés nacional. Trabajar en ese sentido significaría rescatar al partido.
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