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Jacobo Zabludovsky
08 de octubre de 2007

H. A.

Los tres más atronadores escándalos del año en México han sido provocados por personajes poseídos de un afán protagónico cuyo control está fuera de sus posibilidades individuales.

Repercuten todavía cuando iniciamos la segunda semana de octubre: la Torre del Bicentenario, la riqueza de la pareja ex presidencial y el gasolinazo. El problema no es menor si consideramos, por un lado, que sus causantes van desde un secretario de Hacienda, posiblemente un presidente, los gobernadores de los estados, senadores y diputados, hasta llegar a un ex presidente pararrayos de su esposa, pasando por el jefe de Gobierno de la capital del país. Y, por otro lado, son escándalos cuyas consecuencias de una manera o de otra hemos empezado a pagar todos los mexicanos.

Marcel Marceau, el genial artista desaparecido hace un par de semanas, inventó una rutina consistente en una especie de danza entre él y el círculo luminoso proyectado en el telón de boca por un poderoso reflector que se movía, subía, bajaba, huía, trataba de esconderse, se hacía inalcanzable y burlaba la obsesión del mimo de entrar al círculo de luz que para ello corría, se arrastraba, brincaba, trepaba por la cortina, extendía las manos, las alzaba, quería abrazar la luz evasiva y nunca lograba tocarla. A nuestros funcionarios y ex funcionarios públicos el síndrome de Marcel Marceau los está volviendo loquitos y mientras más se aleja la luz más se desesperan por ser aluzados. Tal vez no sea cosa de siquiatría sino de algún virus desconocido, porque la simultaneidad de los casos y similitud de los síntomas despiertan inquietud ante la sospecha de una epidemia de contagio vertiginoso. Los enfermos muestran, junto con el deseo de ser vistos, una verborrea incontenible, agudizada hasta extremos delirantes cuando alguien los excita poniéndoles enfrente una cámara de televisión, grabadoras, libretas de reporteros o lentes de fotógrafos. No hay medicina controladora de este extraño mal cuyos daños, si no se encuentra una vacuna o bálsamo como el de Fierabrás, bueno para todo, pueden ser tan destructivos como otros flagelos históricos: la peste en la Edad Media o la gripe española en la Segunda Guerra Mundial, para mencionar sólo dos ejemplos. En la búsqueda del remedio examinemos la sintomatología de los escándalos y la acción de quienes con su conducta los provocaron.

Torre del Bicentenario. Si Marcelo Ebrard no hubiera anunciado su construcción, esta torre ya iría en su cuarto piso. ¿Qué necesidad tenía Marcelo de convertir el simple aunque enorme negocio inmobiliario en un tema enmarañado que mató el proyecto antes de nacer? Necesidad, ninguna. Para adornar su acto con gestos que ni Marcel Marceau imaginó, le atribuyó al edificio la magia de un monumento conmemorativo de la Independencia y la Revolución, como si una inversión lucrativa del español más rico y la venta de pisos a transnacionales obrara en la mejor honra del cura Hidalgo y del mártir Madero. Marcelo confundió el escenario de Bellas Artes con una jaula y cuando se dio cuenta de que la dueña del circo era Gabriela Cuevas, ya tenía la cabeza en las fauces del león. Convirtió el bonito negocio en problema político. La delegada del PAN no necesitó de un cañón para abatir al gobernante del PRD, le bastó una cerbatana para cubrirse de gloria, especie de Juana de Arco de los pobres vecinos de las Lomas. Si Marcelo no hubiera provocado el escándalo los mexicanos estaríamos orgullosos de tener, por fin, un edificio casi tan alto como los 800 más bajos de Hong Kong.

La riqueza de la pareja ex presidencial. Si el matrimonio Fox no hubiera provocado el escándalo con la grata y súbita aparición de sus fotos y declaraciones en la revista Quién, su vocación cultural y filantrópica seguiría sin contratiempos. ¿Qué necesidad tenían de mostrarnos la propiedad fundada por el bisabuelo Fox que, debido sin duda al calentamiento global, se ha expandido hacia todos los puntos cardinales? Ninguna. Los mexicanos nos habríamos privado para siempre o durante largos años del privilegio de conocer el sitio de su retiro. Pensaríamos que como Churchill después de ganar la guerra, se habrían refugiado en la penumbra de una biblioteca, o como Ben Gurión después de fundar Israel, en la desértica quietud del kibutz. No sabríamos lo que las bardas del rancho de San Cristóbal ocultan. Los caminantes pasarían frente a la finca sin voltear siquiera, los vendedores de Avon no tocarían a la puerta pensando que adentro no habría ni sirvientas interesadas en sus productos. Si don Vicente y doña Marta no provocan el escándalo, el río de la gratitud histórica seguiría haciendo florecer sus agaves azules.

El gasolinazo. Si el señor Agustín Carstens no hubiera anunciado un aumento del 18% en el precio de las gasolinas, no habría provocado el alza de todos los precios ni la marcha atrás ordenada por su jefe. ¿Qué necesidad tenía de repetir multiplicada la experiencia lamentable del tortillazo con que arrancó el sexenio? Ninguna. Si en lugar de lanzar cohetes, repicar campanas, sonar bombos y platillos, aturdir con parches y atabales, hubiera trabajado en el recogido rincón propio de los asuntos fiscales, la solución habría sido la del aumento gradual de dos centavos por litro al mes que ya estaríamos pagando.

El problema, según se ve, deja los recintos de la política para invadir los de la biología. Un gran paso se dio hace años cuando se descubrió el virus del sida. En esta columna damos a conocer hoy que existe el síndrome o virus de algo cuyo nombre aún no se ha inventado y ya causa daños irreparables.

Es urgente encontrar antídotos que permitan a las posibles víctimas recuperar su capacidad de no hablar cuando no les toque. Vistos los buenos resultados en otras adicciones, como Alcohólicos Anónimos (AA), podría crearse una especie de Habladores Anónimos (HA), terapia de grupo contra el síndrome. Si es virus, la cosa se complica.

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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