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Viene lo difícil
Juan Ramón de la Fuente se despide de la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México como uno de los grandes toreros por él admirados. En pleno triunfo, cuando llena las plazas y puede con todos los toros, dice adiós no como Gaona, que se cortó la coleta y jamás regresó, sino más bien como José Tomás, quien sin avisar se fue y volvió cuando quiso. No está Juan Ramón para andar cortándose coletas sino para poner su experiencia y probada capacidad de gobernar al servicio de un país no sobrado de políticos gratos a la gente, digo políticos porque si hay alguien que ha demostrado serlo es él. En sus ocho años al frente de 400 mil alumnos, maestros, investigadores, filósofos, poetas, músicos, técnicos y empleados de todas las especialidades demostró que la política es la capacidad de coordinar las fuerzas en juego, de encauzar las corrientes y de lograr que lo deseado se haga posible. El jueves pasado José Carral organizó en el Club de Industriales que dirige, una comida equivalente a llenar la plaza México. Ahí estábamos aficionados de todos los niveles y rumbos para decirle adiós o hasta luego, como si sacáramos nuestros pañuelos blancos, a un hombre que se encerró con ocho miuras y les cortó los rabos a todos. Federico Reyes Heroles, testigo presencial, narró el panorama desastroso al que se enfrentó Juan Ramón cuando fue nombrado rector con una universidad secuestrada y un campus ocupado por vándalos invasores. En los tendidos Gabriel García Márquez junto a Carlos Abedrop, Alfredo Elías Ayub y Alfredo Harp, Juan Francisco y Perla Ealy Ortiz junto a Germán Dehesa, Beatriz Paredes y Alejandro Encinas, Rolando Cordera, Benito Bucay, César Buenrostro, Joaquín López Dóriga. ¿Quién puede nombrar a todos los que ocupan los tendidos de una plaza llena? Sirva la enumeración de algunos que vi con mis ojos como muestra de la diversidad en torno a un personaje. El próximo lunes la Junta de Gobierno de la Universidad emitirá la convocatoria para designar a quien habrá de sustituirlo en la Rectoría. Se echa a andar el mecanismo jurídico para una transición en el mejor momento de la vida varias veces centenaria de la institución más respetable y respetada de nuestro país. El 17 de noviembre el doctor de la Fuente pondrá en otras manos la responsabilidad que él asumió cuando la Universidad sufría una de sus peores crisis. ¿Qué va a pasar con Juan Ramón de la Fuente cuando deje la Rectoría? Mi voto secreto fue para él en las elecciones presidenciales pasadas. Era tan firme mi convicción que vencí con terquedad heroica los obstáculos colocados ante la urna para impedir mi voto. Vale la pena dejar constancia. En la boleta electoral se tacha con una X el logotipo del partido por cuyo candidato se vota. En la esquina inferior derecha hay un rectángulo vacío: “Si su candidato no está registrado, ponga aquí su nombre”. Ninguna de las tres bachichas de crayolas abandonadas en la mesa tenían punta, estaban gastadas hasta la orilla del papel, tal vez útiles en su último estertor para cruzar un escudo pero no para escribir un nombre y menos tan largo como el de Juan Ramón de la Fuente Ramírez. Con una uña despegué parte de la envoltura y un asomo de cera alcanzó para escribir el nombre de mi candidato. Tanto esfuerzo a sabiendas de lo inútil, porque la ley obliga a admitir esas candidaturas sin partido y a ignorarlas por completo. De todas maneras en aquel entonces el doctor De la Fuente declaró a los pocos aventados que lo votaron que su prioridad era cumplir su periodo completo en la Rectoría. Esa condición no existirá para las próximas elecciones. Pienso que el destino de Juan Ramón es preparar desde hoy el camino de su candidatura. Si supiera cómo, le daría la receta, que sería tanto como enseñarle a cantar a Gardel o a torear a Armillita. Hay tres posibilidades: la primera es que uno de los tres partidos políticos grandes apoye la candidatura del ex rector. Está en chino. El PRI observa con el rabillo del ojo al doctor como simpatizante de esa izquierda que detesta: la de López Obrador y otros personajes más radicales, aparte las ambiciones de sus propios dirigentes para llegar a la silla. El PRD tiene a sus puertas dos centinelas armados: uno de ellos se llama Marcelo Ebrard, otro López Obrador y sobre sus murallas una serie de chuchos y caciques tribales que no dejarán pasar ni a las moscas. Y en cuanto al PAN estoy seguro que será Juan Ramón quien no admita posibilidad alguna de andar ese camino. Quedan los chiquitos, los otros partidos, pero depende de su cotización en bolsa porque en cuanto se sepa que son buscados subirán sus acciones. Otra posibilidad es crear un partido político a partir del cero, de acuerdo con las nuevas leyes electorales. Y una última es la candidatura sin partido, plan más tonto que romántico. Confiado en Dios que, como es sabido, ayuda a quien madruga, anuncio desde hoy que mi próximo voto secreto será por Juan Ramón de la Fuente, esté o no esté, como el chiste que todos conocen. Es necesario un hombre distinto para un México transformado con una nueva ley electoral, nueva ley de medios, leyes para cambiar el Estado, leyes fiscales y hacendarias que vayan al fondo del sencillo problema fundamental que es el de la recaudación y distribución equitativa del gasto. Un México donde han surgido protagonistas como Guillermo Ortiz Mayagoitia, presidente de la Suprema Corte de Justicia; Javier Corral, padre de la denuncia de inconstitucionalidad que hizo cenizas la ley Televisa y el poder político de los medios electrónicos. Un México de equilibrios, de prudencia, de políticos honestos entregados a su oficio como el más elevado del hombre porque se vale de todos los demás: el oficio de gobernar. Estamos a tiempo. Este sexenio apenas empieza y hay una esperanza renovada en un México mejor. Una esperanza.
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