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Jacobo Zabludovsky
17 de septiembre de 2007

Aprendiz vitalicio

En la primera mitad del siglo XX no existían en México las escuelas de periodismo.

Quien aspiraba a este oficio seguía el camino del ejercicio práctico para suplir la falta de una carrera universitaria. El joven con deseos o vocación entraba a un periódico por la puerta de los servicios más elementales. En mi caso fue como ayudante de corrector de pruebas en el periódico El Nacional, gracias a un vecino, corrector, que sábados y domingos me permitía ayudarle en su tarea.

Otra vía de acceso al trabajo era en los noticiarios de radio, a los que ingresé en Cadena Radio Continental en 1944, con un poco más de 15 años de edad. Mi permiso de locutor lleva fecha del 3 de enero de 1945, primer día hábil del año. Nunca fui, por lo tanto, a una escuela de periodismo. Suplí la indispensable iniciación cultural que la profesión requiere, ingresando al bachillerato de humanidades en la Escuela Nacional Preparatoria y a la Facultad de Derecho, ambas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Mi primer contacto con una institución educativa especial la tuve con la Escuela Católica de Periodismo a la que fui invitado por su fundador, Carlos Septién García, para dar una conferencia. Este gran redactor dominaba varias especialidades, entre ellas la crónica taurina que firmaba en EL UNIVERSAL con el seudónimo de Tío Carlos. Su generosidad al invitarme cuando no había yo cumplido los 22 años fue un estímulo importante en mis primeros esfuerzos. Ahora, aquella escuela lleva el nombre de Carlos Septién García.

La segunda mitad del siglo XX ha sido la del florecimiento y multiplicación de las escuelas de periodismo. Además de las instituciones independientes, no hay universidad importante del mundo que no sustente una facultad dedicada a preparar nuevas generaciones de lo que hoy llamamos comunicadores. La carrera de periodismo tiene en todos los países una apreciación especial, la que durante siglos sólo se daba a las tradicionales, las del estudio de la astronomía, la filosofía, la religión, al derecho o las matemáticas.

No puedo evitar el recuerdo de un homenaje que en una de las universidades legendarias por su antigüedad y prestigio se rindió a un programa periodístico de la televisión mexicana. En 1980 cumplió 10 años el noticiario 24 Horas del canal 2 de Televisa. Un programa de noticias en un país de la América hispana, que ocupaba sólo una hora diaria cerca de la medianoche, producto de una labor conjunta de periodistas empeñados en adaptar el oficio a la más moderna de las herramientas, recibía esa distinción sin precedentes. Se abrieron las históricas aulas de La Columna, de Fray Luis de León, de Francisco de Vitoria y de Miguel de Unamuno y durante cuatro días se rindió un homenaje, más que al programa a la lengua española, en el lugar de su más cara esencia, a orillas del Tormes, donde cavilaba el sabio Tomás Rodaja, que dio en la extraña locura de creerse de vidrio. Al terminar el simposio, cuyo único motivo, insisto, fue ese décimo aniversario del programa que habría de durar hasta cumplir más de 27, se descubrió una placa de bronce en los muros de la Universidad de Salamanca, en presencia de una lista de ponentes y participantes cuya sola enumeración asombra. Ahí estuvimos Pedro Amat, rector magnífico de la Universidad de Salamanca; Dámaso Alonso, presidente de la Real Academia Española; Víctor García de la Concha, actual director; Francisco Monterde, director entonces de la Academia Mexicana; Andrés Henestrosa, Miguel Delibes, Juan Rulfo, Francisco Umbral, Luis María Ansón, Juan José Arreola, Silvio Zavala, Fernando Lázaro Carreter, Miguel Alemán Velasco, Camilo José Cela antes de obtener el Nobel de Literatura, Hugo Latorre Cabal, José Luis Martínez, Álvaro Mutis, Torcuato Luca de Tena, Gonzalo Torrente Ballester y otros escritores, periodistas y académicos. En una de las aulas de esa universidad aún resuena el histórico “decíamos ayer”, y me sentí como un intruso mínimo al ocupar la misma mesa que el fraile liberado, para exponer mis ideas. Evoco aquella jornada inolvidable, única y tal vez irrepetible por la magnitud del reconocimiento a un producto periodístico elaborado sin más propósito que el de cumplir con nuestra vocación.

Cada oficio exige un puntual uso de sus herramientas. La fundamental del periodismo es el idioma. El nuestro tiene características de las que podemos sentirnos orgullosos quienes lo hablamos. Dijo Miguel de Unamuno: “La sangre del espíritu es mi lengua, y mi patria es allí donde resuene soberano mi verbo”. No hay un momento en que pueda alguien decir ya sé usar mi herramienta, ya lo sé todo, nada tengo que aprender. Nuestra labor es al mismo tiempo angustiante y como ninguna otra placentera. Es la lucha diaria contra la hoja en blanco y el acontecimiento que espera ser descrito con exactitud. Es el esfuerzo para separar lo que es, de lo que uno cree que fue. Es la prudencia de admitir nuestras limitaciones y nuestra cualidad de falibles. Es una profesión que exige humildad para aceptar todos los días nuevos errores y tener el valor de no tratar de sepultarlos o encerrarlos en el armario.

Alguien dijo que la nuestra es una vieja profesión, no por cierto la más antigua, pero con antecesores tan remotos como aquel que narró en el Génesis con escasas 800 palabras, según la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, lo que el Creador hizo en siete largos días. Hoy, en esta Universidad, yo que soy aprendiz vitalicio, los exhorto a aprender y aprehender todo lo que su capacidad les permita. De su preparación dependerá la calidad del ejercicio de su profesión.

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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