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El ‘grito’
El grito lo vamos a dar usted y yo, todos los mexicanos, por la puñalada trapera del impuesto del 5.5% a las gasolinas y el diesel. No se necesita ser un experto, como el gobernador del Banco de México, para saber cuánta carga multiplicada van a pagar los asalariados, los campesinos, los pequeños comerciantes. Una voz del PAN alega que los pobres no tienen coche y por lo tanto no sufrirán perjuicio. A la agresión añaden la burla, al abuso el considerarnos una nación de retrasados mentales. Este sacar dinero de donde lo haya recuerda los más deplorables actos de gobiernos que han subestimado la inteligencia, la paciencia y la fuerza de los pueblos. El aumento no repercutirá en los precios, porque ya repercute. Desde que se anunció hay un alza general de la que no se han enterado los que no mandan a su esposa al súper o al puesto de la esquina para comprar lo del día. El atole con el dedo consiste en una disminución de 30%, fíjese bien, “en la tarifa eléctrica que consume la industria nacional en horas pico”. No se vale. Escogieron bien el momento: vísperas del grito para gritar todos juntos. Pero vayamos a lo tradicional, la ceremonia del próximo sábado. Forma es fondo, dice un viejo proverbio. Aunque se aplica sobre todo a política y políticos, es una frase sabia confirmada en muchas actividades humanas. Hay quien cree en el valor del fondo y lo superfluo de la forma, como si ésta fuera una envoltura desechable. Considero que se equivoca. Piense usted qué sería del fondo de una religión si se la despojara del ritual, vestimenta, reliquias, procesiones, ofrendas, veladoras, sahumerios, imágenes y milagros. Cómo sobreviviría el espectáculo taurino sin su parafernalia: un hombre viste medias de seda rosa, zapatillas de bailarina, traje ceñido que acentúa protuberancias, flores bordadas con seda y chaquira, camisa de holanes y un sombrero absurdo. La grandeza del imperio inglés se ve en detalles como la guardia de Buckingham con esos gorros enormes de falsa piel de oso. Y sobre las dimensiones de Napoleón no necesitamos apologías después de ver su catafalco bajo la cúpula dorada de Los Inválidos. Valga este rollo que, lo que sea de cada quien, no me ha salido tan mal, para enfrentarnos a una realidad inminente. La ceremonia del grito. Es obvio que la forma obedecerá a los mismos propósitos de quienes tuvieron a su cargo los dos actos más notorios y comentados de este sexenio. El primero fue la toma de posesión. Cuando parpadearon, don Felipe Calderón Hinojosa ya estaba dentro. La fórmula no es nueva, la inventó José Zorrilla hace unos 150 años y todos sabemos el pánico de don Juan Tenorio cuando don Gonzalo de Ulloa, comendador de Calatrava, se filtró por la pared y llegó a cenar con quien lo había invitado. Lo mismo puede hacerse el próximo sábado, aunque las paredes del Palacio Nacional sean más gruesas que las del Legislativo. Se pueden emplear procedimientos de distracción. La sorpresa de adelantar dos horas el horario programado funcionó en el segundo de los actos sobresalientes, el informe. Se podría dar el grito a las 5 de la mañana sin aviso previo, habida cuenta de que a esa hora dio el primero de la historia el general Ignacio López Rayón, el 16 de septiembre de 1812, ante sus escasas tropas en el pueblo de Huichapan del hoy estado de Hidalgo. Algunas sugerencias para el sábado: viendo el éxito que tuvo la idea renovadora de entregar el informe en la Cámara y decirlo en voz alta horas después en otro lugar, debe examinarse la posibilidad de repicar la campana histórica en el balcón central del Palacio Nacional, pero gritar la serie de vivas, o sea dar el grito, al día siguiente en la Sala Nezahualcóyotl, que tiene mejor acústica. Obsérvese el entusiasmo con que algunos columnistas aplaudieron el informe dividido en dos días y dos lugares distintos, como uno de los grandes aciertos de la política mundial en el siglo XXI. Debe estimularse la inquietud de los doctores en derecho para saber si todo esto es legal o legítimo. Algo urgente será ver y comprobar si las fuerzas vivas que llenaron el patio central del Palacio Nacional el domingo 2 aún se encuentran ahí, con objeto de sacarlas a seguir aplaudiendo en el zócalo. Algunas medidas precautorias pueden aplicarse si no se consideran extremosas o excesivas. Por ejemplo, vestir a los diplomáticos de teporochos para que Noroña no los insulte al pasar el laberinto blindado. Pedir a los empresarios que acudan por el metro Pino Suárez soplando sus cornetas de papel y echándose unos a otros huevos con agua pintada para hacer creer que salen de una vecindad en La Merced. Es justo dar un estentóreo premio a Univisión y Telemundo por su eficaz trabajo al no cortar a Ruth Zavaleta el día del informe, asignándoles amplios lugares en los llanos de La Marquesa, para que desde ahí transmitan con absoluta libertad, en aras de la transparencia informativa, lo que pase en el zócalo. Es conveniente prevenir a Ramón Fregoso y Diane Pérez, curtidos en el surco, para que en el momento del error técnico entren a cuadro a hacer una exégesis de Destilando amor, mientras pasa el alboroto que provocarán, si llegan al zócalo convertido en crucigrama de rejas, las huestes de la Convención Nacional Democrática. Se trata de mantener un estilo, fijar la forma, sin traicionar el fondo. El problema está en que será una semana de, por lo menos, cuatro gritos: el del balcón central del Palacio Nacional, el de la parcela del PRD en el ejido agrariamente repartido del zócalo, el del martes en la Cámara de Diputados, al discutirse el alza de impuestos y el atronador de las bolsas del mandado. Entre la forma y el gasolinazo, ¡vivan los héroes que nos dieron patria!
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