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El sicoterapeuta Jorge Bucay ha discurrido ingeniosamente una frase que todos deberíamos colgar en los lugares más visibles: “No puedo vivir sin mí”. Y es que a lo largo de la vida vamos prodigando amor y cuidado por nuestros padres, esposos(as), hijos(as), amigos(as), procurando que disfruten de la vida y por eso les regalamos lo que más quieren en el mundo y buscamos proporcionales ayuda, comprensión, apoyo, estímulos, comodidades. Y cuando somos nosotros los queridos por ellos recibimos —se supone— la misma clase de muestras de cariño y amor. Eso está bien porque forma parte de la reciprocidad humana. Pero Bucay nos invita a hacer algo que parece muy obvio: ¿por qué no hacemos todas esas cosas por y para nosotros mismos? ¿Por qué no tratarme como trato a los que más quiero? Debería ser obvio el amor y cuidado por nosotros mismos, pero la verdad es que estamos más atentos a los demás que a nosotros mismos. Por estar más solícitos a los otros (o al trabajo), nos vamos descuidando y le restamos importancia a nuestra salud y nuestra apariencia física. Las consecuencias repercuten en cada uno de nosotros. Les voy a contar el proceso que recientemente viví. Hace poco más de dos años recibí la noticia de que padecía diabetes, herencia de mi bisabuela, de mi abuelo y de mi padre, los cuales murieron por complicaciones de esa enfermedad. Desde luego que el diagnóstico me impactó muchísimo. Fui asimilando poco a poco el golpe. Luego tomé la decisión de cambiar mis hábitos de alimentación y otras cosas de mi vida. Los médicos me recomendaron que mantuviera una actitud serena porque los vaivenes emocionales son terribles para un diabético. Sabía que además de seguir un tratamiento médico tenía que bajar de peso para así poder controlar la enfermedad. Empecé a buscar diferentes alternativas, de las tantas que ofrece el mercado en materia de reducción de peso y combate a la obesidad. Por fin di con la propuesta de la Zona, que es un tratamiento integral diseñado por un científico, el doctor Barry Sears. Casi todos los tratamientos contra la obesidad le prometen a una el oro y el moro, pero lo que cuenta son los resultados. Inicié el tratamiento que incluye tomar Omega Rx, y en cosa de dos meses y medio bajé casi 10 kilos. Pero no sólo eso. Mi estado físico y emocional había mejorado notablemente. Y lo más asombroso: los niveles de glucosa habían bajado a sus niveles normales, como si no tuviera diabetes. Simultáneamente me ocurrió algo que también habría de dar un giro en mi vida actual. Después de haber grabado los nuevos promocionales de TV Azteca en formato de cine, me percaté como nunca de que mi piel no se notaba lozana sino cansada, que había que afinar la cintura, recuperar el óvalo de mi cara, y que tenía que reducir el tamaño de mi busto para lucir menos robusta. En fin, que más allá de bajar de peso por asuntos de salud, también estaba el cuidado por mi imagen, sobre todo para mí que semana a semana me presento en la televisión nacional y tengo la responsabilidad de mostrarme de la mejor manera para ese público que hace el favor de verme. Lo curioso del caso es que cuando le comenté al director del promocional mis inquietudes, él me respondió: “No te preocupes por el rictus que se te ha marcado más, o por las mejillas un poca caídas, eso te da carácter, fuerza y personalidad”. Y concluyó diciendo: “A mí me encantó el resultado”. Pero a Lolita de la Vega no le gustó la imagen que vio de sí misma y por eso le hablé inmediatamente a mi amigo y cirujano plástico, doctor Javier Zepeda, para compartir con él cómo me sentía. Acostumbrado a tratar estos temas, mi doctor se comprometió a operarme y así mejorar mi imagen, corrigiendo varias partes de mi cuerpo. Pero me advirtió que debía bajar de peso antes de intentar cualquier intervención. Le recordé que yo acababa de iniciar mi tratamiento de la Zona y que justamente por eso estaba cambiando mi “chip mental” para comer lo que realmente me beneficiaba. Para cuando me hicieron los análisis clínicos previos a la operación, el doctor Zepeda descubrió que yo estaba en las mejores condiciones físicas como en ningún otro momento, gracias al tratamiento de la Zona. Aquí no hay grillas (como las de nuestros políticos), hay resultados: me encontraba en las condiciones óptimas para ingresar al quirófano. Mi operación duró nueve horas y media y he quedado muy a gusto con los resultados. Por supuesto el postoperatorio ha sido complicado, ya que un efecto que uno siente es como si la piel se estuviera quemando por dentro. Afortunadamente he contado con Javier Lara, paisano mío y dueño del Spa Marraquesh, quien en esta tercera etapa de mejoramiento de imagen se ha dedicado a darme masajes para drenar el exceso de agua que se retiene durante la cirugía, además de poner a mi disposición una serie de novedosos aparatos que permiten “pegar” nuevamente la piel con los músculos, una vez que se removió la grasa que estaba localizada en medio. Nuestra cultura está basada en eso de que venimos a este “valle de lágrimas”, de renuncias y sacrificios. No nos dicen que venimos a un valle de amor que debe empezar por el amor a uno mismo. Sin embargo, todos podemos cambiar de actitud, mejorando nuestra salud y nuestra apariencia física. Todos podemos decir, por amor a uno mismo: hoy me toca a mí.
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