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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
04 de septiembre de 2007

IFE y Veracruz: las lecciones

El PRI parece estar de vuelta. Es el partido que a nivel estatal gana el mayor número de elecciones

Con Beltrones a la cabeza, el partido prepara su regreso a Los Pinos, mediante el control del árbitro

Más que las elecciones que se vivieron el pasado domingo en Veracruz —de las que el pasado jueves adelantamos aquí que el PRI arrasaría con el PAN y el PRD—, lo interesante de ese proceso parecen ser las lecciones que arroja para la democracia electoral mexicana toda y, de manera especial, el sometimiento del árbitro de la contienda.

En Veracruz se vivió una lucha político-electoral que enfrentó no sólo a los candidatos a las 212 alcaldías y a los 30 distritos de mayoría que disputaron los tres grandes partidos políticos y sus barrocas alianzas de poder, sino que el enfrentamiento de fondo se dio entre el gobierno estatal, que jefatura el priísta Fidel Herrera, y una buena parte del poder presidencial y de la dirigencia nacional del PAN.

Esa pelea por la tercera reserva de votos del país —luego del estado de México y el Distrito Federal— movilizó de manera conjunta al poder político estatal, bajo el control férreo de Fidel Herrera, a los fuertes grupos empresariales estatales y al magisterio de casi todo el estado, contra el panismo local, la dirigencia nacional del saliente Manuel Espino y contra el poder presidencial que movió sus piezas a través de los delegados de las dependencias federales.

Las de Veracruz en realidad fueron una suerte de ensayo de lo que podría ocurrir en las elecciones intermedias para renovar la Cámara de Diputados federal en julio de 2009, y de la feroz pelea que podrían dar los gobernadores del PRI en la búsqueda de los votos necesarios para recuperar el control y la mayoría en San Lázaro. Y es que los mandatarios estatales del PRI se han convertido en verdaderos caciques regionales que, como pocos, han depurado sus técnicas para ganar elecciones, aun en condiciones adversas y a pesar de que los gobiernos en disputa se encuentren en manos de los opositores, sean del PAN o del PRD.

No es casual que antes y después de julio de 2006 —con excepción sólo de la elección presidencial de ese año— el PRI haya sido el partido político que registra los mayores triunfos electorales, el que le arrebató al PAN y al PRD importantes gobiernos estatales —Nuevo León, Nayarit, Yucatán, entre otros en los que casi gana, como Jalisco—, y que desde el explosivo crecimiento del PRD en la más reciente elección federal, se lleve una mayoría impensable de puestos de elección popular en el mítico Veracruz.

El PRI parece estar de vuelta. Es el partido que a nivel estatal gana el mayor número de elecciones —a pesar del descalabro en Baja California, en donde en realidad el propio PRI parece haber dejado sólo a su candidato—, en lo que parece una tendencia que tiene como objetivos la escala para renovar la Cámara de Diputados federal en 2009 y el desembarco presidencial en 2012.

Pero lo interesante del fenómeno no parece ser sólo una acertada estrategia para vender al electorado la marca política PRI, sino que los liderazgos regionales, estatales y federales han aprendido a convivir con una nueva realidad que impuso la democracia electoral: la de reglas del juego supuestamente “transparentes”, “equitativas” y de “certeza”, y los organismos electorales ciudadanos. A nivel estatal el PRI no sólo aprendió a convivir con esas nuevas reglas, sino que muy pronto aprendió a domesticarlas, al grado de que hoy, en elecciones como las de Veracruz, nadie se espanta de resultados como los que arrojó la elección del pasado domingo, a pesar de que resultó un “cochinero” la elección.

Para el PRI ya no son problemas el rebase del tope de campaña, las campañas negras, el uso y abuso de recursos públicos para sus candidatos, las alianzas vergonzantes e impensables.

Ya no es un problema que las elecciones sean tan irregulares como antes de la gran reforma de 1996, pero el gran acierto del PRI es que ya domesticó —por no decir pervirtió— esa democracia electoral. Ya le encontró “el modito” al árbitro, porque como en el caso de Veracruz y como en muchos otros, ya tiene bajo control al árbitro.

En realidad las réplicas del IFE en los estados de la república y, sobre todo en los gobiernos del PRI, ya están bajo control. Y lo curioso es que nadie dice nada, porque en los casos de gobiernos del PAN y del PRD, ocurre lo mismo.

Ese árbitro electoral que en los estados de la República debía ser igual que a nivel federal, autónomo en su gestión y en su presupuesto, ya es parte del presupuesto político y financiero de cada gobierno. Y en algunos casos hasta se ha vuelto un estorbo, porque se ha reducido a figura decorativa.

Por eso tampoco debería sorprender a nadie que el paso siguiente en la estrategia del PRI para regresar al control mayoritario del Congreso y para ocupar de nueva cuenta la casa presidencial sea reproducir a nivel federal lo que ya ocurre en los estados de la República. Es decir, domesticar al árbitro. O si se quiere en lenguaje más sofisticado, promover una contrarreforma electoral y hasta un golpe de Estado al IFE.

Sí, la lección de Veracruz, como la de Yucatán y hasta la de Baja California, está en el control del árbitro. En realidad esa siempre fue la lección que dejó el predominio electoral del PRI durante siete décadas, pero que gracias a la grandeza de miras de un puñado de demócratas fue asumida por todos hasta 1996, cuando todos decidieron crear el IFE como hoy lo conocemos.

Con Manlio Fabio Beltrones a la cabeza, el PRI prepara su regreso a Los Pinos, mediante el control del árbitro, estrategia que pasa por la destrucción del IFE actual —no sólo por la venganza política contra Luis Carlos Ugalde y compañía—, y que en hecho vergonzoso para la política, los políticos y para todos en general, cuenta con el apoyo del PRD, la izquierda que nació para combatir al PRI —y que hoy quiere llegar al poder con esas mismas reglas de control del árbitro—, y con el aval del PAN y del gobierno de Calderón. Hoy se pudo haber iniciado la otra “decena trágica”.

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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