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De regreso a mi México
Estamos en Amsterdam por último día y optamos por conocer más de esta espectacular ciudad. Yo la llamaría la “Venecia de Oeste” por sus enormes similitudes con la italiana. Entre ellas sus grandes canales, y arquitectura característica, sus innumerables puentes que conectan a los distintos barrios. No muy lejos de nuestro hotel, el Amstel, y después de haber desayunado con nuestra anfitriona Sabrina Schouw, en la Rive, el famoso restaurante del hotel, decidimos caminar a la “sucursal” del Hermitage. Se exhibe una muestra de Art Nouveau en Rusia bajo el reinado zarista de Nicolás y Alexandra, quienes tenían una especial apreciación por ese estilo decorativo y arquitectónico. Seguimos nuestro recorrido bordeando el canal Amstel hasta desviarnos al Parque Natura Artis Magistra, donde se concentran planetario, museo geológico y acuario, todo en un espectacular bosque con lago. El Palacio Real de la dinastía Orange Nassau, reyes de los Países Bajos, se encuentra del lado opuesto sobre el Singelgracht, así que le insistí al Yeti (mi esposo, que no es tan abominable ni tan gélido como la versión Himalaya, pero me gusta molestarlo), y visitamos este espectacular Palacio. No muy lejos de aquí, pero en otra dirección sobre el Prinsengracht (gracht, en holandés, quiere decir canal) —que fue el primero construido como afluente del Amstel para facilitar el acceso y desarrollo de la ciudad de Amsterdam en los 1600— podemos observar las magníficas fachadas cuyos blasones, emblemas y demás decoraciones indican el oficio, estatus y lugar de origen del dueño. Sobre este mismo canal se encuentra la casa de Anna Frank, hoy convertida en museo. De los 80 mil habitantes hebreos que había en Amsterdam antes de la Segunda Guerra Mundial, sólo regresaron unos 8 mil. Nos saltamos el Museo de Hash Marihuana y los famosos “Coffee shops”, donde uno se puede echar un churro de mota sin mayor problema, y optamos por regresar al Amstel y cenar aquí. Hoy es nuestro último día antes de regresar a casa. No sé por qué, en este momento, recuerdo con mucha nostalgia la primera vez que viajé a Europa (hace algunas lunas ya). Mi papá, siempre consentidor, rayando en la extravagancia, decidió que mi primer viaje a Europa debería ser a todo lujo, así que a los 16 años me fui en primera clase a Amsterdam para luego llegar a París, donde me reuniría con mamá. El aeropuerto de Schiphol parece más bien un centro comercial con gran oferta y variedad de productos de lujo. Lo que me resulta increíble (y créanme que entiendo las medidas de seguridad implementadas tras los atentandos del 11 de septiembre de 2001) que todo mi necessaire para un viaje de 11 horas se vaya derechito a la basura, mientras que el vecino de enfrente compra suficiente vodka para emborrachar a todo el Ejército Blanco Zarista y no le dicen absolutamente nada. Me tardé más de una hora en que se me bajara el berrinche pero al final, y ya encarrilada rumbo a casa, me relajo. Extraño a mis niños, extraño a México. Nos acomodamos en la parte superior del jumbo Boeing 747-400 con sólo 24 lugares. Aprendí que las Aerolíneas Reales Danesas hicieron su primer vuelo en 1920 de Londres a Amsterdam, en una aeronave alquilada modelo De Havilland. Luego de 11 horas de vuelo y antes de comenzar el descenso de pasajeros, nos traen unas charolitas con las típicas casitas danesas de porcelana Delft. ¡Qué predicamento!, ¿cuál debo escoger? La tarea se vuelve aún más compleja cuando me muestran el catalogo de los 87 modelos disponibles: de tin marín, de do pingüe. Cúcara mácara títere fue. Espero no haber errado y llegar a casa con modelos repetidos para las pequeñas delfinas.
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