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Ruth: sensatezy legalidad
Junto a otros, Zavaleta privilegiaba diálogo, acuerdo político y vida institucional Sin miedo al “legítimo” o al linchamiento mediático, ofreció lección de independencia Cualquiera que conozca un poco al PRD, a sus corrientes internas, la historia del partido, estará de acuerdo en que la hoy diputada federal Ruth Zavaleta está muy lejos de ser una mujer política, luchadora social y dirigente que se pliegue a concesiones, al poder por el poder, a la línea de los caudillos o al “¡Sí, señor, lo que usted diga!”. No lo hizo, en su momento, con Cuauhtémoc Cárdenas; tampoco con Heberto Castillo ni con Rosario Robles, y menos con Andrés Manuel López Obrador. Frente a todos ellos —y a muchos otros del PRD—, puso siempre por delante el intercambio de ideas, de posiciones y, sobre todo, la razón y los principios por sobre la línea y el vulgar culto a la personalidad. Por eso, en torno a su carrera política menudearon los malquerientes que la señalaron como “poco confiable”, por cometer “el pecado” de pensar y actuar con cabeza propia. Junto con un puñado de luchadores sociales identificados justamente con la “izquierda social” —y mucho antes de acercarse al grupo de Los Chuchos—, la señora Zavaleta privilegiaba el diálogo, la negociación, el acuerdo político y la vida institucional como los caminos que tarde o temprano desembocarían en las transformaciones que propone la izquierda mexicana. Por eso, al nacimiento del PRD, junto con Heberto Castillo —desde la dirigencia en el DF— impulsó el diálogo nada menos que con el entonces regente Manuel Camacho, quien para no pocos perredistas de la época era visto como lo más cercano al diablo. Desde esos años, la señora Zavaleta entendió que la lucha de la izquierda mexicana, más allá de fraudes electorales como el de 1988, no se podía reducir sólo a la confrontación y al aislamiento, sino que requería de los canales institucionales para ganar el espacio en el que pudieran entrar otros sectores y clases sociales que a la postre serían fundamentales para la lucha de un partido de izquierda como el PRD. La radicalización y el desprecio a la institucionalidad —compartida con Heberto Castillo y con otros— cerraría las puertas del PRD y lo dejarían aislado de amplios sectores sociales que, como ocurrió a lo largo de la corta historia de los negroamarillos, encontrarían una opción política en el territorio de la derecha. Por eso no debiera sorprender a nadie que una mujer forjada en la izquierda social —en donde el género enfrenta una pesada loza—, que piensa con cabeza propia, que rechaza el culto a la personalidad, que en toda su vida política no le temió al diálogo y la negociación —y que desde entonces no le teme al regaño del jefe partidista en turno—, pueda ser la próxima presidenta de la Mesa Directiva del Congreso en la sesión de arranque del nuevo periodo de sesiones, que esté al frente del primer Informe de Gobierno de Felipe Calderón, y que presida dicha responsabilidad durante todo el periodo siguiente en la Cámara de Diputados. Pero quizá lo más importante en el caso de la señora Zavaleta es que a nadie debiera sorprender que asuma su responsabilidad a secas, la de presidir el Congreso en el acto inaugural del segundo periodo de sesiones, y que diga que, en tanto diputada federal, reconocerá a Felipe Calderón como el Presidente constitucional. Legalmente Felipe Calderón es el Presidente de todos los mexicanos, y en ese terreno, el institucional, actuará la señora Zavaleta, sin detrimento a su convicción personal de que le robaron la elección a su partido y a su candidato. Sin miedo al “¿qué dirán?”, al regaño del “legítimo”, al linchamiento mediático y de los fieles del “mesías”, la señora Zavaleta se fajó las enaguas y ofreció una lección de independencia, sensatez, doctrina de izquierda y, paradojas de la política, en sus manos estarán no sólo la imagen y la recuperación de una porción de la confianza en instituciones como el Congreso, y la recuperación de la imagen y la confianza en la izquierda que dice representar el PRD. Como pocos en el PRD, la señora Zavaleta les llamó a las cosas por su nombre. No se aparta de la teoría del fraude electoral —de cuya existencia dudan cada vez más ciudadanos—, pero se dice convencida de una realidad que para bien o para mal está frente a todos: que legalmente Felipe Calderón es el Presidente, y que como tal debe cumplir con los mandatos constitucionales, más allá de humores, fobias o rencores políticos. Pero la lección también retumba intramuros de su partido. Debió ser una mujer la que dice “no” al lopezobradorismo y al señor “legítimo”. ¿Pero qué ha pasado con ese grupo político frente a las decisiones y declaraciones de Ruth Zavaleta? Vino el linchamiento. Mientras que lopezobradoristas como Martí Batres son pillados en la inmoral entrega de útiles escolares a cambio de credenciales de elector —mientras que se confirma que el clientelismo al estilo del PRI es la cultura dominante en el PRD, sin que nadie se atreva a la más elemental autocrítica, porque los intelectuales de esa izquierda ya decretaron que la autocrítica no es bandera de la izquierda—, la señora Zavaleta es llevada al paredón mediático, se anuncia que será fusilada, se le acusa de traición y se le exhibe en la plaza pública; “el Congreso es un peligro para México”, dice el “mesías”. El pecado es pensar con cabeza propia, no con la cabeza “legítima”, el delito es creer en otro camino para la izquierda parlamentaria; el camino del diálogo, la negociación, la institucionalidad, sin que eso signifique reconocer la legitimidad de nadie, y menos del presidente Calderón. Pero ya no importan las razones, porque desde hace mucho entre los hombres y las mujeres de esa izquierda amarilla la razón fue desplazada por la pasión, por el rencor y por el odio, que ciega a políticos e intelectuales que han llegado al extremo de considerar la autocrítica como la mayor de las traiciones. Por pensar diferente y con cabeza propia, para el lopezobradorismo amarillo la señora Zavaleta es la traición, la claudicación, la entrega de postulados y principios a la derecha de Felipe Calderón. Y por eso debe ser quemada en leña verde, en la plaza pública y mediática. Pobre izquierda mexicana. aleman2@prodigy.net.mx
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