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Jacobo Zabludovsky
27 de agosto de 2007

A Dios lo que es del César

Se anunció la semana pasada la creación de un nuevo partido político llamado Movimiento de Participación Solidaria, impulsado por veteranos sinarquistas

La sola idea de una refundación de la Unión Nacional Sinarquista causa desasosiego. Evoca una época turbulenta del México posrevolucionario todavía violento, convaleciente de la llamada Guerra Cristera de la cual el sinarquismo es, en parte, consecuencia. Es la era también de la Guerra Civil Española, del pacto Hitler-Mussolini y de la amenaza nazi de ocupar Austria, Checoslovaquia y Polonia. El 23 de mayo de 1937 se funda la UNS después de haber congregado en León más de 50 mil personas y se extiende como lumbre en pastizal por Guanajuato, Jalisco, Querétaro, Michoacán, San Luis Potosí, principalmente. Publica un diario que llega a tirar cerca de 100 mil ejemplares, circulación asombrosa para la época, según consigna Jean Meyer en su libro El sinarquismo, el cardenismo y la Iglesia, que nos aporta otros datos para este artículo. En 1940, los afiliados suman 400 mil en un país de menos de 20 millones de habitantes. Dice Meyer: “Y surge en 1937 y 1939 bajo la doble forma contradictoria y rival (¿para no meter todos los huevos en el mismo cesto?) del movimiento sinarquista y del Partido Acción Nacional. La Unión Nacional Sinarquista pertenece a la historia de los movimientos contrarrevolucionarios en el seno de la Revolución Mexicana… catolicismo intransigente. Se adapta y resurge sin cesar”.

Fernando Benítez en su Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana afirma: “La originalidad del sinarquismo está en que es uno de los avatares de la democracia cristiana y no “un fascismo en huaraches”, como creyeron quienes lo veían como la quinta columna nazi y japonesa en América. El sinarquismo denunciaba al nazismo como “heredero de la revolución protestante de Lutero”, y condenaba “la deificación de la raza y del Estado”; al mismo tiempo afirmaba su simpatía por Franco, “restaurador de la tradición católica y de la hispanidad”.

Nace en 1939 el Partido Acción Nacional con algunas diferencias. Los sinarquistas son en su mayoría obreros y campesinos mientras que los cuadros dirigentes del PAN están formados por intelectuales, empresarios, estudiantes y en general clase media alta. El mismo fundador, Manuel Gómez Morín, es hombre de gran cultura, intelectual universitario, abogado prestigioso y hombre de negocios. Alguien dijo entonces que en el PAN estaban los dueños y en la UNS sus trabajadores.

Siete décadas después de su nacimiento, auge y declive, resurge el sinarquismo. ¿Por qué? ¿Para qué? México era entonces un país distinto, más campesino que obrero, más agrícola que industrial. Los sinarquistas aceptaban que López Velarde, habilitado de notario, daba fe de que el Niño Dios les había escriturado el establo.

Es una fuerza política abiertamente antilaica, partidaria de la presencia eclesiástica en el gobierno, de la educación religiosa en las escuelas y contraria a los principales preceptos que la corriente liberal mexicana ha elevado a texto constitucional. Profundamente antiyanqui. Y si sus ribetes antisemitas no fueron más pronunciados se debió tal vez a que no encontró judíos a quienes combatir en los campos agrícolas.

La andadura de México sobre los caminos de la democracia ha creado el marco jurídico propicio para que el Movimiento de Participación Solidaria alcance su registro legal como partido político. Enhorabuena: México madura para encauzar en forma institucional la voluntad política de los grupos que lo componen. Sin embargo, legalizarlas no hace menos ominosas las intenciones de estos aspirantes a un registro partidario. No caeré en la desmesura de comparar a Hitler con político alguno, y menos mexicano, pero, guardando las distancias, no olvidemos que el partido nazi usó los recursos de la democracia para acabar con ella, llegó al poder con el voto de los alemanes que luego participaron pasiva o activamente en la comisión de los crímenes sin precedente de la pandilla hitleriana.

Esta repentina aparición del sinarquismo se reflejará en las próximas elecciones, entre ellas la presidencial. Antes presionará mediante todos los recursos para inclinar hacia sus convicciones la vida política de México.

Nuestra esperanza estriba en que la trivia y la desunión sean sustituidas en algunos partidos políticos por la preocupación de reforzar con urgencia la defensa de nuestros principios fundamentales.

Rubén Aguilar, nostálgico del puesto que lo hizo famoso junto al presidente Vicente Fox, se lanza de espontáneo vocero del PAN y el pasado jueves en la página de opinión de EL UNIVERSAL dice: “El PAN está ante una oportunidad única… esto de por sí le beneficia…”. Y pronostica el destino del MPS: “… no va a tener ninguna posibilidad de influir en la vida del país… será, en el mejor de los casos una fuerza marginal no mayor a la que requiere para mantener su registro. Será sólo una fuerza simbólica de un sector de la población absolutamente minoritaria, que ante los cambios culturales que tienen lugar en el mundo y en el país se niegan a aceptarlos”. Difiero de la opinión de mi estimado Rubén que más parece defender la clientela del PAN, para que no se les vaya al otro barrio, que analizar las reales posibilidades de este intento de renacer la extrema derecha confesional mexicana. Creo, contrario a la opinión del señor Aguilar, que puede prosperar este esfuerzo en miembros del PAN desalentados por lo que consideran lentitud y tibieza del gobierno panista en el propósito de lograr el cambio de ruta. Cuentan, además, con el apoyo de un sector del clero católico o, para ser más precisos, de algunos miembros de la alta clerecía. Y la simpatía de personajes notables de la industria, la banca, el comercio y las comunicaciones masivas. Considero un error peligroso la actitud de menosprecio o ninguneo a la mexicana de un fenómeno que, a mi manera de ver y evidentemente sin coincidir con mis deseos, puede convertirse en factor a tomar en cuenta en la vida política nacional.

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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