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Jacobo Zabludovsky
20 de agosto de 2007

Rito y desdén

La obligación que el artículo 69 de la Constitución impone al Presidente de la República de presentar un informe por escrito en el que manifieste el estado general que guarda la administración pública del país, suscita cada año una polémica provocada, en el fondo, por la importancia que los Constituyentes del 17 atribuyeron a ese deber frente al poco interés de millones de mexicanos.

El debate anual se da entre políticos casi como una estratagema para despertar la curiosidad de quienes no lo son. La indiferencia de una enorme mayoría existe no sólo en los niveles de población económica o culturalmente bajos, sino en grupos poderosos de las finanzas y el comercio y hasta en intelectuales atentos a nuestras preocupaciones. Para Salvador Novo, a cuyas crónicas de la vida cotidiana acudimos para documentar nuestra opinión, el informe no era tema que mereciera tiempo de su actividad o espacio de sus columnas. Veamos uno de los primeros de septiembre que sí menciona, el de 1943, miércoles: “Me disponía a escuchar el mensaje presidencial cuando vinieron por mí los Fournier para que fuésemos a Xochimilco por plantas. Unos minutos más tarde la canoa silenciosa de Chóforo nos conducía por los canales hacia los plantíos de petunias y geranios, muy lejos del embarcadero a que van los turistas”. Y es al día siguiente cuando se entera y comenta lo dicho por el general Manuel Ávila Camacho: “Hasta hoy leí el mensaje del presidente, sobre el cual, gracias al fenómeno de la rotación de las plumas, no tendré que editorializar. Sobra quien lo haga, y todos coincidirán en los elogios, y llenarán su espacio con largas citas de sus párrafos. A mí me interesa, sobre todo, el estilo del presidente. Tan terso, tan literario, de una construcción tan francesa, tan rico en verbos, que su elección de un ghost writer que presumo inevitable en personas tan atareadas como él, es ya el primer acierto de su vocación. Es como un pianista que elige un Steinway, cuando era la costumbre que los presidentes fueran flautistas que alquilaran trombones para expresarse”.

(Conservo en este libro sobre el sexenio avilacamachista, la dedicatoria de Novo:

¡Qué seductor estilacho

asume, como Jacobo,

la crónica que hace Novo

de los Ávila Camacho!).

En La vida en México en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas consigna Novo: “… contrariamente a la costumbre tradicional, la sesión de apertura de la Cámara se efectuará por la mañana y los fracs y los sombreros de seda de los diplomáticos permanecerán en su guardarropa y los de los diputados continuarán en las tiendas… desde las 9 de la mañana, comenzaron a llegar a la Cámara los recién afeitados gobernadores, ministros y embajadores… entre la distraída atención de los concurrentes se pasó lista… una ovación clamorosa indicó que el presidente Cárdenas había penetrado al recinto parlamentario…”. El maestro Novo glosa el informe con suave y afilada ironía.

En aquel tiempo el PRI era integrado por tres sectores: el obrero, el campesino y el popular, ambiciosos de protagonismo y de aumentar su tajada del pastel político. Como ahora los partidos. El rito anual arrancaba cuando la comisión redactora del informe recababa los datos sobre la gestión del gobierno en los 12 meses anteriores. La ceremonia estelar empezaba con la frase sacramental: “Honorable Congreso de la Unión” y los chicos de la prensa su cuenta de aplausos. Los obligados eran para el Ejército, la Marina, celosos guardianes de nuestra soberanía, cuyos jefes uniformados ocupaban palcos especiales. La primera dama entregada con devoción a las obras pías recibía conmovida su homenaje. Otra ovación era para el respeto a los sagrados principios democráticos y libertades ciudadanas. El petróleo es de México y de los mexicanos, y lo adecuado era aplaudir de pie. Las reservas en dólares, termómetro de nuestra salud económica, otro aplauso. Lo mismo al aumento al salario mínimo y el de los burócratas. Vuelvo a Novo: “Por último, el presidente agradeció la cooperación que al Ejecutivo prestaron tanto el Congreso como la Suprema Corte. El Poder Judicial se distinguió por su cordura, su honradez y la diligencia con que emitió fallos que implican interpretación y normas de derecho más modernas. Y terminó su mensaje pidiendo a la XXXVII Legislatura unidad de acción, unidad de patriotismo y unidad revolucionaria como ingredientes necesarios para llevar adelante las conquistas de la Revolución… estalló la ovación… El presidente había hablado exactamente 45 minutos”.

(El libro sobre la presidencia de Cárdenas lleva también dedicatoria:

Sigamos la antigua pista:

y a Jacobo dediquemos

la crónica que sabemos

del periodo cardenista).

Era usual que la respuesta subrayara lo dicho por el presidente, abundara en elogios y expresara satisfacción porque lo hecho había superado a lo previsto y todos felices.

Este próximo 1 de septiembre algunos temas se agregarán y otros serán omitidos. Nuevas preocupaciones sustituyen en el ánimo popular las de hace 70 años. Desaparecerán los elogios al proletariado, a la solidaridad internacional frente al totalitarismo, a la República española. Escucharemos mencionar la amenaza terrorista internacional, el narcotráfico y tal vez a los trabajadores migrantes, la inseguridad en las casas, ciudades y caminos, la pobreza extrema de millones, el reparto inequitativo del producto del esfuerzo. Volverá a hablarse de la fortaleza de nuestras finanzas pero ya no de la reforma agraria. Modalidades ignoradas hace siete décadas son ahora rutina sin sorpresas: los abucheos, las interrupciones, la falta de respeto a la intocable investidura, la ofensa casi sacrílega a la institución entonces tan lejana y las pancartas. Pero, sobre todo, la respuesta convertida hoy en una proclama crítica, feroz y sin embargo previsible.

México cambió, sin duda. La pregunta es si en esa medida cambió también la apatía general propia de la jornada política con que estrenamos el mes de septiembre.

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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