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Jacobo Zabludovsky
13 de agosto de 2007

La telenovela de Díaz Ordaz

Don Emilio Azcárraga Vidaurreta, destocado por respeto y no por sumisión, encontró de pie a don Gustavo Díaz Ordaz y su saludo se escuchó apenas, ahogado en los pregones que penetraban al despacho presidencial por los balcones de Corregidora.

Don Gustavo habló recio: “Yo siempre creí que usted era un buen mexicano, don Emilio”. “Era y soy un buen mexicano, señor presidente”. Azcárraga Vidaurreta empezaba a captar el estilo amargo de Díaz Ordaz, cuya primera muestra recibieron ahí mismo, días antes, varios médicos llevados a su presencia por haberse manifestado frente a la Puerta de Honor, todos de blanco vestidos, en apoyo de alguna petición.

Don Emilio supo por qué había sido “invitado”: “Está usted transmitiendo por el canal 2 un programa que denigra, injuria y ofende a Benito Juárez, el mayor héroe de los mexicanos”. La causa del disgusto del presidente era una serie llamada Maximiliano y Carlota y la sorpresa de don Emilio fue del tamaño del enfado de don Gustavo.

Modos aparte, no le faltaba razón a Díaz Ordaz. La serie seguía una fórmula establecida por el cine mexicano, capaz de convertir en héroes de una leyenda romántica a los protagonistas de una tragedia para los mexicanos y finalmente para ellos. En la televisión Carlota y Maximiliano eran dos amantes inmaculados, altos, blancos, esbeltos, guapos, ojos claros, ella con su cabello azabache, él con su barba dorada y uniforme a medida; ella, el vestido largo y ampón de la más rancia nobleza europea. No agredían a un Estado soberano, solamente venían a bailar un vals vienés, aceptando la invitación de la junta de notables cuyo deseo era salvar a México de los mexicanos.

Frente a las buenas intenciones y la bondad de Maximiliano y Carlota y de los que fueron por ellos, contrastaba un indio zapoteca, feo, pobre, prieto, impasible y empeñado en quebrantar las tradiciones más queridas del pueblo. “Esa es la historieta de su novela, don Emilio, y a Juárez lo ponen como villano, el malo, el culpable de todas las desgracias de un país miserable. Eso no puede ser. Termine usted con ello, don Emilio”.

Llegó el señor Azcárraga Vidaurreta a su oficina del quinto piso en Chapultepec 18 y llamó a Miguel Alemán Velasco, encargado de algunos aspectos de la programación. Esa noche Maximiliano fue fusilado y a la semana siguiente Benito Juárez subía al carruaje que durante algunos meses lo llevaría por televisión a restaurar su imagen lastimada.

Alemán Velasco encargó al productor de la difunta Carlota y Maximiliano la nueva serie que sería la primera en el mundo en la clasificación de telenovela histórica. El productor de ambas se llamaba Ernesto Alonso.

No era Ernesto Alonso un recién llegado al mundo del espectáculo ni mucho menos un improvisado en la actuación o dirección artística. Nacido en 1917 en Aguascalientes, debutó a los 20 años como extra a las órdenes de Fernando de Fuentes, uno de los mejores directores del cine nacional. Actuó en las compañías de las hermanas Blanch en el teatro Ideal de la calle de Dolores; en la que dirigía Rodolfo Usigli con Don Domingo de don Blas, en la de María Conesa. Estudió actuación en la Academia de Bellas Artes.

En 1942 participó en Historia de un gran amor con Jorge Negrete y Gloria Marín y en una década filmó 50 películas más, una dirigida por Luis Buñuel y en otras como galán de Dolores del Río, Miroslava, Andrea Palma o María Félix. Hizo amistad estrecha con Emilio Azcárraga Milmo, quien lo llevó a la televisión. Fue este Emilio su apoyo en la instalación de un restaurante y centro nocturno con variedad que se llamó El Quid, en la calle de Puebla. El mismo que adquirió de Ernesto, para Televisa, la llamada Casa de las Campanas, pequeña y bella construcción colonial adosada al Convento de San Ángel, donde durante largo tiempo Emilio agasajó a los más grandes artistas internacionales.

Ernesto Alonso produjo algunas de las telenovelas de mayor auditorio transmitidas en México, pero fue pionero en el uso de la telenovela con fines de divulgación histórica para las grandes masas. Miguel Alemán se convirtió en impulsor permanente del género que Ernesto Alonso inició con talento y oficio. Rescató a Benito Juárez del descrédito a que lo había llevado en su novela anterior para divulgar la verdad sobre la vida del oaxaqueño, su lucha contra el falso imperio y las razones jurídicas en que fundaron los jueces mexicanos la sentencia de muerte de Maximiliano, Miramón y Mejía.

Lo inesperado fue que la modalidad encajó en el gusto del público y la novedosa mezcla de espectáculo y diversión con mensaje cultural tuvo más auditorio que todo lo anterior. Vinieron otras telenovelas basadas en nuestra historia, cada vez con mayor puntuación en las mediciones de audiencia de los programas de televisión. Así se produjeron La tormenta, Los caudillos y El carruaje. En 1969 se llevó a las pantallas como serie dramática popular La Constitución, con episodios para cada uno de sus artículos, lo cual suena casi como si se hiciera una obra dramática con los listados del directorio telefónico.

Los magníficos resultados obtenidos en la República Mexicana abrieron las puertas del mundo a este producto: fue exportado a todos los continentes, a centenares de países donde la repercusión fue tan buena o mejor. Numerosas compañías productoras aprovecharon la idea y realizaron series parecidas. Mientras tanto se produjeron y exhibieron Leyendas de México con acontecimientos reales o imaginados, conocidos o ignorados del virreinato. Luego Senda de gloria, El vuelo del águila y La antorcha encendida.

La semana pasada murió Ernesto Alonso y habrá motivos para que eso llamado la posteridad lo recuerde. Entre ellos, sin duda en primer lugar, el haber dado a la televisión mexicana uno de sus motivos de orgullo, gracias al diálogo brusco de aquella mañana en un palacio que pudo haber sido tema de una telenovela histórica. Siempre hay tiempo, aunque ya no esté con nosotros Ernesto Alonso. Sería justo homenaje a su memoria.

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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