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‘Ingrid Betancourt: tu nombre nos agobia
El 26 de agosto de 1984 Colombia estaba alborotada. Se proclamó ese día una memorable jornada por la paz. Se pidió que cada colombiano pintara o realizara, con la materia que deseara, una paloma blanca. En Bogotá, en la famosa plaza de Bolívar, García Márquez escribió, sobre las piedras, una frase profética: “Paz con los ojos abiertos”. La tregua con la guerrilla del M-19 se había forjado en distintos escenarios —incluido el mexicano del periodo de De la Madrid, etapa o etapas en las que México era un interlocutor ineludible, hasta Fox, para cualquier proceso continental—, pero se disolvió en las contradicciones de una historia traspasada por la violencia, las injusticias y el narco. En 1985 se produjo, en Los Robles colombianos, un congreso abierto del M-19. Otra vez, en letras inmensas, se hablaba de paz. Negras letras en Los Robles: “Por la paz haremos lo imposible. Todos los caminos llevan a Los Robles”. No pasaron muchos días y un atentado, con granada, dejó medio muerto a Antonio Navarro Wolff —líder intelectual del M-19— y a varios de sus compañeros. Conducidos al Hospital Militar de Cali, el recinto quedó en manos del Ejército. Estuvo Wolff entre la vida y la muerte y con inseguridad manifiesta. Finalmente se autorizó que pudiera salir de Cali hacia México. Aquí fue operado el guerrillero, profesor universitario, profesional distinguido, y aquí perdió, para salvarle la vida, una pierna. Laura Restrepo, miembro de la comisión entre el gobierno de Colombia y la guerrilla del M-19 fue quien negoció con México, país generoso y atento —hasta Fox— de los problemas de la región, la salvación de la vida de Navarro Wolff. Los años siguieron y las FARC, la más antigua guerrilla colombiana y latinoamericana, continuaron enfrentadas al gobierno y, a la vez, a los paramilitares que no estaban lejos —como ha tenido que vivirlo el presidente Uribe— de todas las refriegas y combinaciones con los poderes fácticos. Una inmensa “rosca” política de corrupción y barbarie. En 1989 un candidato presidencial colombiano cayó asesinado —Luis Carlos Galán— por la mafia. Un hecho más en una tragedia colectiva. En Francia, una joven colombiana, Ingrid Betancourt, hija de un embajador, realizaba sus estudios en la Facultad de Ciencias Políticas. Entre sus compañeros de la Universidad, Dominique de Villepin (el último ministro del Exterior con el presidente Chirac) que habla en español de sus años en Caracas. Vida, la de Ingrid Betancourt, inmersa en la vida de París. No totalmente. Todo lo que le llegaba de Colombia era dramático. De todas maneras París bien vale una misa. Se casó con un diplomático francés, Fabrice Delloye, que será el padre de sus hijos. ¿Vida finita? No. Lo que ocurre en Colombia la exaspera. Abandona Francia y regresa a Colombia con un verbo implacable. ¿Qué hacer? Por lo pronto, en 1994, es elegida para el Congreso. Oradora mítica coloca en su blanco de mira al presidente Samper, a quien se acusa de haber financiado su campaña con dinero del narco y, en 1998, la enfant terrible llega al Senado, abandona el Partido Liberal y funda otro. Y cuando fue amenazada de muerte, envía a sus hijos con el diplomático francés que estaba en Nueva Zelanda. Escribe un libro La rage au coeur (La rabia en el corazón) que vende 300 mil ejemplares en Francia. En 2002 fue candidata a la Presidencia. Partidaria de las palomas de la paz. En febrero de 2002 entró en el escenario de la crisis: las FARC la hacen prisionera. Han pasado ya más de cinco años. Ahora el presidente Uribe ha liberado (siempre señaló que no lo haría) a varios centenares de guerrilleros con la esperanza de la liberación de los secuestrados y, sobremanera, de Ingrid Betancourt, cuyos hijos han sido abrazados, en París, por el nuevo presidente Sarkozy. alponte@prodigy.net.mx
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