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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
19 de julio de 2007

Se cae la farsa

Para el gobierno de Calderón el caso Ye Gon está cerrado en su vertiente mediático-política

Sorprende que un mero montaje especulativo provocara la descomunal reacción social que vimos

Acaso demasiado tarde —porque la duda interesada germinó en muchos mexicanos—, parece que entre el primer círculo del gobierno de Felipe Calderón se impuso una voz sensata que convenció a los altos mandos del grave error que cometieron al “tragarse el anzuelo” del escándalo mediático provocado por el empresario chino presunto narcotraficante, y que de ahora en adelante imperará el bajo perfil.

Y es que entre los más cercanos colaboradores de Calderón causó alarma el impacto que en la imagen y la credibilidad del Presidente habría provocado el escándalo, los errores y horrores cometidos en la respuesta oficial y la comunicación durante la escaramuza, por lo que se habría decidido dejar el tema en exclusiva para los responsables de investigar el asunto y aplicar la justicia. Para el gobierno de Calderón el caso está cerrado en su vertiente mediático-política, y no volverán al tema.

Y no era para menos, ya que desde el momento en el que el escándalo fue detonado por el presunto traficante de drogas, el ciudadano mexicano de origen chino Zhenli Ye Gon, el gobierno de Calderón se asustó, reaccionó de manera precipitada, al grado de que minutos después de las revelaciones de Ye Gon, estaban frente a las pantallas de televisión —asustados y sin un plan de control de daños— tanto el responsable de la PGR, Eduardo Medina Mora, como el secretario del Trabajo, Javier Lozano. Lo que quiso ser una reacción inmediata para apagar el fuego, en realidad se convirtió en gasolina que incendió las llamas de la suspicacia generalizada.

Pero, además, ese error fundamental de comunicación— y aquí hay que recordar que gobernar es, entre muchas otras cosas, el arte de comunicar— ofreció en bandeja la pólvora suficiente para alimentar las animosidades de los “calderofóbicos” y de muchos otros interesados en el cobro de facturas, de venganzas políticas y hasta les ofreció pólvora suficiente a quienes vieron el momento de encarecer el precio de su “amor político” y de alentar sus respectivos “infiernitos”.

Sorprende a especialistas de la comunicación y el comportamiento social que, sin que existiera prueba alguna del presunto vínculo del gobierno, del que fuera candidato presidencial y de su partido, con los 205 millones de dólares incautados y con el empresario presunto narcotraficante, un mero montaje especulativo haya provocado la descomunal reacción social que vimos, y que alcanzó a todos o casi todos los sectores; que cada cual viera y confirmara lo que quiso ver y confirmar, y que el “cuento chino” se convirtió en un acto de fe colectiva que lo mismo sirvió para justificar el supuesto fraude electoral que la ilegitimidad del gobierno de Calderón, que para fantasear con difusas e inexistentes “cortinas de humo” que hicieron ver emergencias como la reaparición del EPR como sacado de la chistera un conejo para acallar el chinogate.

Bueno, en esa suerte de delirio mediático colectivo no faltaron los que quisieron ver en la renta mediática desplegada por las televisoras el cobro de facturas por la ley Televisa —lo que por cierto desató una escaramuza entre Televisa y el diario Reforma—, y tampoco faltaron los que dijeron que por encima de los grandes problemas nacionales el “cuento chino” era la gran prueba del gobierno de Calderón. Por cierto, el propio Calderón quedó atrapado en esa esquizofrenia y también tropezó cuando habló más claramente sobre el tema. Un presidente no puede responder con la simplificación racista de que se trató de “un cuento chino”.

La resultante, otra vez, parece llevarnos a la conclusión de que un sector amplio de la sociedad mexicana, que se dice agraviada por el reciente proceso electoral federal —que ya cumplió un año—, está a la espera de encontrar “el truco” que hizo posible “el gran fraude” electoral. Como sociedad parece que vivimos al borde de la desconfianza y el recelo, sensaciones que en su sed de venganza alimentan los que se proclaman “legítimos”, con lo que pretenden deslegitimar todo lo demás. El problema es que un Estado, un gobierno, una democracia no lo son en la medida en que en su sociedad aniden rencores y desconfianza. Y esa parece ser la estrategia de manos interesadas que “mecen la cuna” de la duda. Le apuestan al fracaso de un gobierno, como si esa apuesta no fuera el fracaso de todos.

En efecto, en la conferencia que ofrecieron Ye Gon y sus abogados en la capital estadounidense, se vino abajo la farsa del chinogate. Pero el daño ya está hecho, la duda ya quedó sembrada, y ya se alimentaron los rencores sociales. Pero el gobierno de Felipe Calderón está obligado a responder sobre los hechos concretos y los datos duros; la existencia de 205 millones de dólares y la nacionalización de un empresario de origen chino que resultó ser no sólo un presunto delincuente, sino una amenaza potencial para el propio gobierno.

Pasada la emergencia, el gobierno de Calderón está obligado a investigar realmente a fondo la extensa red de complicidades políticas, policiacas y administrativas que supone el rentable negocio de Ye Gon en México, capaz de tener en casa 205 millones de dólares, de jugar en Las Vegas otras cantidades similares. El problema, más que una farsa para chantajear o no al gobierno de Calderón, está en la capacidad de su gobierno para ofrecer confianza, certeza y claridad sobre el origen de ese dinero y sobre la capacidad de su administración para hacer respetar la ley. Al tiempo.

En el camino

Por cierto, con el aval del presidente Calderón, parece que se condenará a Notimex a más de lo mismo: el sometimiento y la ineficacia. No aprenden.

aleman2@prodigy.met.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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