|
La cotidianidad es la manera en la que hacemos de la vida un lugar hospitalario. Somos realmente auténticos cuando salimos de ella por un instante y regresamos a lo habitual con un conocimiento más amplio de nosotros mismos. Nosotros somos cuando estamos en este mundo y cada quien lo percibe de diferente manera. Gracias a nosotros es que podemos nombrar las cosas y hacer que sucedan; de lo contrario, ni son ni no son, porque no habría quien las atestigüe. Es nuestra naturaleza sentirnos diferentes a todos los ‘entes intramundanos’ que existen, incluyendo a los animales y las plantas. Pero no somos ajenos frente a las personas que se cuestionan consciente o inconscientemente por su existencia y la del Ser. Nos abrimos a los demás esperando encontrar algo de nosotros mismos. Al proyectar nuestros sentimientos se genera automáticamente en quien los capta una impresión previa. Según sea ésta, el sujeto receptor puede optar por romper la distancia que los separa y entablar una simple conversación. De lo contrario, si su impresión es negativa, tal vez decida hacerla más extensa y evadir el trato. Cuando no miramos a alguien es porque nos es indiferente, como si fuera un objeto más que nos rodea. El pronombre “yo” tiene dos maneras de comprenderlo. La primera es gramaticalmente y es la representación del lenguaje para referirnos a la primera persona del singular. Filosóficamente el “yo” también se refiere a ‘ese que somos todos’, es decir, al Ser que se manifiesta a través de cada persona cuando éste se retrae para poderse mostrar. Al vivir en lo cotidiano ‘somos uno’ y ‘somos el otro’, tratamos de ser semejantes, en lugar de ser quienes realmente somos. Vivir agrupados nos es inherente, hacemos lo que dicta la moda y lo que es correcto, como si fuéramos una masa uniforme. Nacemos y morimos con carencias, la libertad consiste en construir nuestra propia verdad a lo largo del camino. Nuestra misión es ir desvelando lo desconocido para alcanzar un mayor conocimiento de nosotros mismos. Mientras más momentos auténticos logremos vivir, nuestra vida tendrá más sentido y pensar en la muerte no será un temor sino un estímulo más para vivir intensamente. Al nacer carentes, no tenemos nada que ofrecer a los demás, lo que compartimos son nuestras faltas. Abrimos el corazón a quien también lo hace, dejando ver nuestras debilidades. Entre ambas aberturas hay un abismo, el lugar para forjar aquello que le de sentido a la vida. Cuando esto sucede, hacemos que la energía del amor se presente ante los ojos, sin importar por cuanto tiempo. Cada quien llena su falta de diferente manera: con ejercicio, trabajo, viajes, música, comida, sexo, alcohol, drogas, etcétera. Quien tiene hambre, come para saciar su apetito, pero la satisfacción será pasajera. Igualmente, quien está falto de cariño tratará de encontrarlo. Cuando nos sentimos plenos dejamos de buscar, por eso a veces necesitamos sentir el vacío. La suma de satisfacciones es lo que nos mantiene vivos. lahojaenblanco@gmail.com
|