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La concesión del Príncipe de Asturias a las revistas científicas Nature y Science debe conmover al mundo científico. Son referencias obligadas cuando se trata de puntualizar las investigaciones científicas a escala del planeta. Nature apareció en 1869, es decir, en el centro de uno de los grandes debates del siglo. Me refiero al hecho, notorio, de que en 1859 Charles Darwin, entonces en sus 50 años, publicó El origen de las especies (su título completo, como se sabe, fue The origen of species by means of natural selection). La primera tirada, mil 250 ejemplares, se terminó aquel mismo día y, desde esa jornada, 24 de noviembre, las ediciones se sucedieron en el cuadro del gran debate entre ciencia y religión. Nature tuvo un papel fundamental en la difusión de las teorías darwinianas y, en consecuencia, en el trabajo incansable de Darwin. En 1862 la avidez investigadora de Darwin se expresó en este título: De los diferentes artificios mediante los cuales las orquídeas son fecundadas por los insectos. Después: Los movimientos y costumbres de las plantas trepadoras; El origen del hombre y la selección sexual, La expresión de las emociones en el hombre y los animales; La variación de los animales y de las plantas en domesticidad y numerosos tratados más. Hoy se sabe, y bien, el papel de esas grandes revistas científicas (Nature es inglesa y Science estadounidense) en la presentación y crítica de investigaciones fundamentales. Hasta tal extremo que, en la selección del lugar que ocupan las 100 primeras universidades, en el ranking mundial, tienen gran significado las publicaciones en esas grandes revistas. Añadiéndose, naturalmente, los premios Nobel, las medallas Field y las citaciones en las grandes publicaciones científicas entre las cuales, sin duda, están Nature y Science. El papel de Nature en el caso de Darwin coincide, a su vez, con un hecho incitante: que en 1859 se publicó, también, un libro esencial de Marx: Crítica de la política económica (Zur Kritik der Politischen Oekonomie) y Federico Engels, alemán y socio de una industria textil inglesa, ávido lector, leyó entusiasmado el libro de Darwin. Le hizo saber a Marx que se trataba de un libro que revolucionaba todas las ideas de su tiempo. Tal fue el entusiasmo que, años después, le propusieron a Darwin que prologara el libro de Marx, El capital. (Das Kapital Kritik der Politischen Oekonomie ya que con ese título se publicó, en alemán, en 1867). Charles Darwin, que vivió un grave y serio problema con las iglesias por El origen de las especies, señaló a Marx y Engels que bastantes problemas tenía encima para añadir el prólogo a Das Kapital. Así quedaron las cosas y cuando murió Darwin, en 1882, se encontró el libro de Marx entre los volúmenes de su biblioteca. Es de añadir que la Iglesia de Inglaterra enterró a Darwin, con gran solemnidad, nada menos que en la Abadía de Westminster. Casi coincidiendo con el Premio Príncipe de Asturias a las dos grandes revistas científicas (en el área de Comunicación y Humanidades) aparecía, en la Universidad de Shangai, su famoso y anual (2007) palmarés sobre las primeras 100 universidades del mundo. Se han valorado sus aportaciones en ciencias y matemáticas; ingeniería, tecnología y ciencias de la computación; vida y ciencias agrícolas; medicina clínica, farmacia y ciencias sociales artes y humanidades. Se citan los premios Nobel que cada universidad, con otros palmarés, haya recibido, cobrando un gran papel las citaciones de publicaciones en las grandes revistas (sobre todo en las 20 más relevantes del mundo) lo que prueba que el poder mediático, en la sociedad del conocimiento, da prioridad a ese intercambio científico como prueba de que un país está en forma.
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