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Día Mundial de la Población
Este día, dedicado a la población mundial, invita, a todas luces, a la meditación. Se trata, sin duda, de uno de los indicadores más rigurosos y notables de las transformaciones sociales y económicas del planeta. Baste decir que después “de cientos de milenios —así dice Alfred Sauvy, uno de los demógrafos más importantes del siglo XX— de crecimiento poblacional muy lento, se puso en marcha el proceso demográfico”. Las primeras cifras se refieren al año 1000: 340 millones de habitantes. Añade Sauvy: “Es a partir de 1650 cuando se toma conciencia del problema, esto es, del número de habitantes en el mundo”. En 1650 se contaban ya 545 millones. Comenzaban la batalla. ¿Qué ocurre a partir de ese momento? Un fenómeno muy preciso: la relación entre nacimientos y muertes revelará que la salud, como ciencia, es una variable decisoria. Cuando Robert Malthus escribe su famoso libro “Ensayo sobre el Principio de la Población”, en 1798, nueve años después de la Revolución Francesa (1789), la población mundial llegaba escasamente a los 900 millones. Malthus situaría el problema en una hipótesis trágica: que la población crecía geométricamente —2,4,8,16,32 etcétera—, en tanto que las subsistencias o alimentos lo hacían aritméticamente —1,2,3,4,5,6, etcétera— y, por tanto, que el mundo sufriría el hambre. La proposición “geométrica” fue corta porque era imposible, pero el susto fue impresionante: en 1800 se superaban los mil millones de personas; en 1930, los 2 mil millones y ¡en 1960 los 3 mil millones! El incremento de la población, cuando Malthus (un párroco inglés felizmente casado y con amplia descendencia) escribió el libro, era de 0.4% y en 1960 fue ya de 1.8%, pero los países pobres tenían una tasa poblacional mucho mayor que la de los pueblos ricos. La urbanización y la educación en marcha. Karl Marx, observando ese fenómeno social, nos dejaría una lección implacable pero exacta: “El lecho de la miseria es el lecho de la procreación”. El lecho de la miseria produciría sociológicamente “proletarios”. En suma, los desposeídos no tenían nada más que su “prole”. En efecto, la llamada “explosión demográfica” dividió al mundo en dos mitades en la segunda parte del siglo XX. En América Latina el incremento poblacional se situó en los alrededores del 2.8% anual —en los años 70 México creció a 3.2%, es decir, duplicación de la población en 21 años— lo que implicaba que cada 25 años se doblaba el número de habitantes en la pobreza. En 27 años, los habitantes de África llegaron al doble, mientras que en Europa Occidental, con 0.4% de incremento, la duplicación teórica era cada 175 años; en consecuencia, muchos países opulentos apenas podían sostener su población, con lo cual, dado su rápido crecimiento económico, se encontraban en la obligación de abrir las puertas a la emigración, a la vez que envejecía su población hasta alcanzar el 15% de ésta con más de 60 años. Se creaba así en los países ricos, con un nivel del estado bienestar muy alto, un nuevo dilema: que los trabajadores cotizantes de la Seguridad Social decrecían mientras aumentaban muy rápidamente los pensionistas o jubilados, y, por tanto, el problema de la seguridad social se transformaba en un enorme cuestionario político y hacendario que afectaba ya, al haberse reducido la tasa demográfica (México ya está en 0.89% y pronto llegará al 0.5% de Europa o al 0.8% de América del Norte) a gran parte del mundo. En 2005 —cifras del Banco Mundial— el mundo llegó a 6 mil 438 millones de habitantes. De ellos, 2 mil 352 vivían con 585 dólares per cápita y 1 mil 011 millones con 35 mil 264 dólares por persona. En el centro, el resto de la población entre 746 y 5 mil 634 dólares. En suma, una inmensa desigualdad económica, sanitaria y educativa. alponte@prodigy.net.mxste día
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