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Los atacantes de Londres son doctores en Medicina
La simplificación no sirve nunca de guía –porque la vida real es esencialmente compleja- y, desde luego, mucho menos en el día de hoy. Así, por ejemplo, la idea de que el “fanatismo” (su origen etimológico es “fanum”, es decir, “altar”) es la expresión, sociológica, de la pobreza y la ignorancia resulta, cada vez, menos cierto. Los datos derivados de los atentados, más o menos frustrados de Londres y Glasgow, han revelado que el comando tenía a su frente, sin más, a varios doctores en Medicina; humanistas, pues. Dos de ellos Bilal Abdullah y Khalil Ahmed. Como advertí en otro artículo, entre los autores de los trágicos bombazos sufridos en Londres hace unos meses, el perfil de algunos de los comprometidos con la bombas eran sorprendentes: universitarios árabes, pero educados en Inglaterra y, en teoría, integrados en el país. Su pertenencia a los grupos terroristas supuso, para Inglaterra, una crisis cultural inquietante por lo que significaba de duda y de fracaso respecto al sistema integrador. No hay que olvidar, tampoco, que, entre los 19 suicidas del atentado contra las Torres Gemelas, algunos eran hijos de familias de alto nivel y con carreras universitarias lo que posibilitó, además, su adaptación sin sospechas, durante meses, a la sociedad norteamericana. El caso de Bin Laden, a su vez, es revelador. Hijo de yemenista enriquecido como constructor en Arabia Saudita, su alto nivel económico y social le permitió vivir en contacto con las élites principescas de su país y frecuentar los mejores centros de enseñanza. Ante esa realidad podría adelantarse algo que, acaso, funcione. Antes de su frustración con el sistema occidental dominante existe, singularmente, un rechazo notable contra las élites dirigentes de sus respectivos países. Bin Laden es originario de una nación petrolera (Arabia Saudita que le ha retirado el pasaporte) con una cúspide social principesca inevitablemente montada en la opulencia y que, sin embargo, cuenta con un modelo de islamismo que es el más riguroso y duro del Oriente Medio: el wahhabismo. El wahhabismo representó un movimiento político-religioso, dirigido por un predicador, Abd al-Wahhab, que, hacia 1774, intentó regresar a la “pureza originaria”, es decir, al Islam inicial. Ese regreso “a las fuentes” produjo la alianza de al-Wahhab con el jefe una tribu, un Saud, que construiría la nación que, hoy, llamamos Arabia Saudita. El conflicto entre la riqueza inmensa, por arriba, y la memoria del wahhabismo por abajo genera una reacción negativa contra sus propias élites y, a la vez, contra Occidente considerado el “agente corruptor”. Simplificación, sin duda, aterradora, pero que gravita, como supuesto central, sobre una contradicción real que tiene dos soportes contrarios. Uno de ellos es, sin más, la reacción adversa contra sus propias élites que viven inmersas en formas de vida adversas a sus ideales religiosos, algunos tan apremiantes como el wahhabismo y, a su vez, mantienen una oposición no menos adversa al mundo occidental que, en esa interpretación, representa, al corruptor que ha impuesto sus patrones de vida a sus dirigentes. De ahí la otra simplificación famosa: ver a EU como “Satán” y, progresivamente, todos los países inmersos, de forma igual, en una modernidad que lastima sus proposiciones. La revolución cultural y científica que han sufrido en las Universidades occidentales en muchos casos –no en todos lo que no es seria verdad- les ha proporcionado, teóricamente, instrumentos científicos para expresar su protesta doble: contra los suyos, punto de partida, y contra los “fantasmas corruptores”. Se requerirá una inmensa lucidez y tener presente que los cristianos hicieron, en su día –y lo han olvidado- guerras terribles, entre sí, de exterminio. alponte@prodigy.net.mx
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