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Definiendo problemas
Cada nivel de pobreza requiere políticas públicas diferentes, así que eso de hablar de “pobreza”, en lo general, es absurdo Si usted ha tenido la amabilidad de seguir esta columna, sabrá que tiene cierta obsesión por definir bien los problemas, antes de andar proponiendo brillantes ideas. Cuando un problema no está claro, las soluciones que se le ocurren a uno son sólo eso, ocurrencias, que en algunas ocasiones sirven, pero en la mayoría de los casos sólo provocan más problemas. Uno de los temas en que más esfuerzos tenemos que hacer por pensar ordenadamente, y definir bien lo que estamos analizando, es la pobreza. Ni siquiera es fácil saber bien qué es la pobreza, aunque a usted le parezca extraño. Sin duda, alguien que no tiene para comer o que no tiene casa o vestido, vive en la pobreza. Y alguien que tiene dos o tres casas, con alacenas llenas de comida y recámaras llenas de ropa, no es pobre. En medio de estos extremos, el asunto es bastante complicado. Peor aún cuando se tiene el compromiso de reducir la pobreza. ¿Qué es lo que hay que reducir? ¿Cómo hacerlo, si no sabemos qué es lo que hay que hacer? El asunto se complica aún más cuando se considera que una mala definición puede llevar a un comportamiento enfermizo. Si usted califica como pobre a alguien, y por lo tanto le transfiere recursos, puede provocar que esta persona simplemente deje de trabajar para vivir de las transferencias. No es raro que esto ocurra. Así pues, la definición de lo que es la pobreza es fundamental para poder construir políticas públicas orientadas a eliminarla, sin que eso lleve a tener miles de personas ociosas esperando su cheque mensual. En México, la definición que se ha construido tiene tres niveles de pobreza. Los más pobres son quienes no pueden comer adecuadamente con los ingresos que tienen, y este tipo de pobreza, antes llamada extrema, se conoce como pobreza alimentaria. El segundo nivel incluye a quienes sí pueden pagar una cantidad razonable de alimentos, pero no pueden desarrollar adecuadamente sus capacidades por no contar con ingresos para ello. Esta pobreza, llamada por eso “de capacidades”, es la más cercana a la definición de Amartya Sen, premio Nobel de economía. La definición de Sen es muy importante porque no depende de niveles de ingreso, sino de la posibilidad que alguien tiene para desarrollarse plenamente. Quien no puede hacerlo, es pobre, no importa cuánto ingreso tenga. La definición operativa que se usa en México no es exactamente la que Sen propuso, porque la del economista indio es mucho más conceptual, pero es una buena aproximación que, además, permite mediciones y por lo tanto acciones concretas. Finalmente, hay un tercer nivel de pobreza en el que sí se puede comer razonablemente y también desarrollar las capacidades de cada quien, pero no se vive en buenas condiciones. Este nivel de pobreza se llama “patrimonial”, y es un problema de infraestructura. Casas con piso de tierra, sin agua o drenaje, con pocas habitaciones y por lo tanto con hacinamiento. Cada uno de estos niveles de pobreza requiere políticas públicas diferentes, así que eso de hablar de “pobreza”, en lo general, es absurdo. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de política de Desarrollo Social (Coneval, en breve), estos niveles de pobreza en México son los siguientes: 18% de los mexicanos vive en pobreza alimentaria, es decir, no les alcanza para comer razonablemente; 25% viven en pobreza de capacidades, es decir, hay 7% que logra superar la pobreza alimentaria, pero no logra desarrollar adecuadamente sus capacidades. Finalmente, la pobreza patrimonial alcanza poco más de 48% de la población, lo que implica que hay 23% que sí logra comer razonablemente y desarrollar sus capacidades, pero vive en condiciones deplorables. Quienes viven en pobreza alimentaria no van a salir de ella a través de ningún mecanismo de mercado. Ese grupo requiere un apoyo directo, como el que aporta Oportunidades (Progresa), para sobrevivir. Sin embargo, quienes están en pobreza patrimonial no necesariamente requieren de este tipo de apoyo directo. Su problema es tener una vivienda sin drenaje, por ejemplo, que no se resuelve con darles una despensa y ayuda para educación, como hace Oportunidades. Más aún, para este grupo, lo más probable es que el mercado sí pueda sacarlos adelante, siempre y cuando se establezcan ciertas condiciones elementales, que podemos llamar genéricamente “acceso a mercados”. En español normal, lo que requiere este grupo de poco más de 23 millones de mexicanos no es dinero en efectivo ni cheques de Procampo ni ayudas de ese tipo. Lo que necesitan es incorporarse adecuadamente al mercado, produciendo y vendiendo mejor. Esto puede significar infraestructura de riego en zonas campesinas o cambio de cosechas, y puede representar, en zonas urbanas, programas de capacitación orientados a competencias laborales, o simplemente la eliminación de eso que los economistas llaman “costos de transacción”, es decir, los costos que se pagan por no tener mercados bien desarrollados, desde derechos de propiedad mal definidos y peor respetados, hasta un sistema financiero ineficiente, pasando por la regulación inadecuada que es fuente de corrupción, pública y privada. Pero son problemas diferentes, que no pueden tratarse todos como si la “pobreza” fuese una cosa. No lo es, y diferenciarla es fundamental si se quiere erradicar. macario@macarios.com.mx
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