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Claudia Pérez
09 de julio de 2007

¿Cómo enfrentar el dolor y el sufrimiento?

Ante una agresión, es normal que reaccionemos en defensa propia.

Pero si contraatacamos violentamente es posible que hagamos más grande la herida. Sólo el perdón es capaz de evitar que una cicatriz nos marque de por vida.

Es común que un niño inquieto se raspe las rodillas debido a una caída. Lo más seguro es que le duela y llore al ver su sangre, pero no por eso deja de jugar. Alguien mayor lo auxilia con una curación para prevenir que la herida se infecte. Tarda unos minutos en coagular y después se forma una costra. La piel se renueva y en lugar del raspón, queda una marca.

¿Qué pasa si el niño se arranca la costra? La herida vuelve a sangrar y el proceso de regeneración de la piel es más lento, porque comienza nuevamente desde una epidermis cada vez más profunda y sensible. En cambio, si comprende que está lastimado y se cuida a sí mismo, sanará a su debido tiempo.

Las molestias físicas pueden tolerarse con una tableta de aspirina o con una inyección de morfina, según sea el daño. Sin embargo, para superar las penas del alma, no basta una borrachera. Necesitamos desprendernos de la causa que produce el dolor para impedir que se convierta en una costra de energía que negativice nuestras emociones.

Un boxeador vive de los golpes y aunque la pelea le produzca placer, no se escapa de las lesiones; es normal que le duelan, aún si resultó victorioso. Lo preocupante sería que, después de un año, siguiera lamentándose por la golpiza que le dieron. Por lo tanto, es inútil torturarnos sicológicamente por un malestar pasajero.

El dolor es un síntoma que anuncia una posible enfermedad, del mismo modo que el enamoramiento se anticipa al amor. En este periodo inhabitual y frágil de nuestra existencia es cuando más podemos aprender de nosotros mismos.

Hasta el amor nos causa dolor, porque el sufrimiento es inherente a nuestra naturaleza. Sólo una vacuna de lo mismo puede fortalecernos. “Desamor, con amor se olvida”; al decir esto me refiero al efecto reversible que implica el prefijo des en la palabra “desamor”. La fuga de amor sólo puede calmarse llenándonos nuevamente de aquéllo que nos hace falta.

El secreto está en usar nuestra inteligencia emocional y permitir que la voluntad filtre nuestras pasiones para abarcar nuevamente ese espacio.

Si permitimos que la nostalgia nos invada, quedaremos consumidos por la agonía, el odio, el despecho y la amargura. Lo óptimo es que sea “el amor a nosotros mismos” lo que nos reestablezca.

Es saludable mantener la mente ocupada en cosas que nos brinden bienestar, así lograremos diluir cualquier rencor sembrado por el rechazo.

Este proceso requiere de una introspección profunda para visualizar la pérdida como un reajuste emocional, en el cual no tenemos que sustituir a la persona amada, negarla hará que se nos clave más.

La evolución de nuestra vida, depende de la actualización de nuestros sentimientos. El desapego nos libera de la angustia y la ausencia nos incita a seguir buscando para no morir en el recuerdo.

lahojaenblanco@gmail.com

 
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PERFIL
 
Es periodista, conductora y actriz egresada del Centro de Educación Artística de Televisa, su nombre artístico es Claudia Cervantes, con el que a veces publica.

Estudió periodismo en la Escuela Raúl del Campo en la Ciudad de México, así como Guionismo y Producción en la Universidad de los Angeles California. Tiene dos diplomados en Desarrollo Humano Integral que cursó en la Fundación México Unido.

Es originaria de Morelia, fue Señorita Michoacán en 1998 y La Modelo del Año en 1996. Ha sido autora de canciones y tenido participaciones en cine, teatro, radio y televisión. En el 2002 fue conferencista en la Semana de la Comunicación del Tecnológico de Monterrey Campus México. Fue conductora del programa guía de Padres y de Espacio Cine 2006 en Culiacán.

Actualmente escribe la biografía del destacado empresario mexicano Isaac Saba Raffoul, colabora para El Universal y El Provincia de Michoacán. Sus columnas profundizan temas esotéricos, de la mujer y el desarrollo humano.

 
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