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En el Anuario Económico y Financiero de México 2007 (que hereda la notable tarea de Hugo Ortiz Dietz con sus necesarios y anuales Mexico Data Bank) se nos señala, sin más, en su página 260, “que la masa salarial mexicana representó, en 2006, 29.17% del PIB; es decir, igual que en 1989, año en que la masa salarial mexicana conformó 29.75% del PIB. En esos 18 años sólo en 1994, la masa salarial (los milagros también ocurren) conformó 35.26% del PIB. Desde entonces, la caída. En 2001,32.54%; en 2005, 30.01%, y en 2006, según los primeros datos provisionales, 29.17%”. Datos duros, indispensables, a la hora no sólo de hablar del sistema fiscal, sino de la ciudadanización por vía del impuesto. ¿Cómo? Leo —y lo repito por ser necesario— en el libro de los profesores Bouillon, Sohn y Brunel (1848-1914 Histoire, libro editado por Bordas) en el subcapítulo titulado “A qui profite la croissance?”, (¿A quién beneficia el crecimiento?) lo que sigue: “Las rentas salariales juegan un creciente papel en el Ingreso Nacional. En Francia, la renta salarial (masa salarial) pasó de 32% del PIB, en 1845, a 52%, en 1890”. Los cuatro historiadores (capítulo III: “Un Essor Économique Généralisé”) añaden: “De 1800 a 1914, el índice de los salarios reales en los países industrializados se duplicó…”. Véase, pues, el revés del problema. Añadamos, sin más, otros modelos de análisis, que revelan lo mismo, esto es, la concentración del ingreso. Entre 1950 y 1975, México tuvo un crecimiento sostenido de 6% casi sin inflación. El 20% de la población más pobre conformó, en 1950, 6.1% del ingreso; en 1977, sólo 2.9%. El siguiente estrato, es decir, el otro 30%, en 1950 representó 13.0% del PIB, en 1977 nada más que 13.3%. En suma, 50% de los hogares que en 1950 conformaron 19.1% del PIB, en 1977 se contentaban con 16.2% del PIB. (Fuentes: Socio-Economic Groups and Income Distribution in Mexico, Wouter van Ginneken and Croom Helm Litd, London 1980, y Encuesta Nacional de los Hogares 1977, Secretaría de Programación y Presupuesto, México 1979. Esa evaluación “sostenida” (hacia abajo) y sometida, sin embargo, a la mesura, revela que el problema de México no es la pobreza, sino la estructura de un sistema que concentra la riqueza y cuyo mecanismo no ha gravitado nunca en la Distribución del Ingreso. Reléase lo que dicen los profesores franceses sobre la evaluación del ingreso y la masa salarial. INEGI, en su análisis de la “población ocupada” (masa salarial) y referido al segundo trimestre de 2006, la divide así: 8.7% no recibe ingresos; 13.4% menos de un salario mínimo; 21.1% de uno a dos salarios mínimos; más de dos salarios y hasta cinco,39.9% y más de cinco salarios mínimos 11.5% y “no especificado” 5.4%. En suma, una gran mayoría de la masa salarial no ha participado nunca en el bienestar real que implica educación, salud, alimentación, organización familiar. De acuerdo con INEGI, la “tasa de desempleo” de la población activa es de 3.2%; es decir, la más baja tasa de desocupación comparada con la de los “15” países más ricos de Europa, que tienen un promedio de 8%. Memorable situación. Claro es que el INEGI nos advierte que, de la población ocupada, 8.7% no recibe ingresos y, se añade, que la tasa de desocupación parcial (pocas horas trabajadas realmente), más el “desempleo oficial” de 3.2%, eleva la tasa a 9.1%. Queda por mensurar el sector informal que, según el INEGI, representa 27.2% de la población económicamente activa. Alrededor de 8 millones de mexicanos dependen de pequeñas empresas de dos personas y poco más. Sobrevivientes. El sector informal es irresponsable tributariamente, pero tampoco puede exigir las ventajas de la Seguridad Social. En resumen, la “ciudadanización” por vía del impuesto es todavía un universo impensable. No permite la famosa indignación moral ante la arbitrariedad: “Yo pago mis impuestos”. Ese elemento ritual de ciudadanización es imposible en el Income Distribution in Mexico de que hablaba el documento de Londres. Mi vieja proposición de que la pobreza no es el mayor problema de México y que, al contrario, la pretensión de resolver el problema por vía de recursos hacia los “pobres” es, sin duda, un elemento nefasto del análisis porque protege la mala conciencia y, por vía del flujo hacia los pobres, se reproduce la pobreza y el flujo es, inevitablemente, “clientelista”. Es “corruptor” para las dos partes: para el que facilita los recursos y para quien los recibe. Decenios han pasado y la pobreza (en términos globales) se mantiene y la corrupción coloca a México (léase el último documento de Transparency Internacional 2007) en el abismo. El documento conjunto del Banco Mundial, Universidad de Stanford y Universidad de Harvard, de título desmitificador —La trampa de la desigualdad y su vínculo con el bajo crecimiento en México—, plantea el problema en mi espacio teórico: que es la desigualdad el centro del problema de México, y si existe alguna duda, véase el Cuadro de la Distribución del Ingreso en el Anuario Económico y Financiero 2007, donde se hace evidente que la masa salarial mexicana no ha alcanzado aún el porcentaje de la masa salarial francesa de 1845 y, menos, el porcentaje de 1890. El documento citado expresa, con meridiana claridad, que la concentración de la riqueza en México es un obstáculo real para el desarrollo (el desarrollo es el incremento de la tasa del PIB más la distribución y transformación cualitativa del bienestar nacional) y, añade, que el sistema corporativo-sindical, “creado” paralelamente impide, de igual manera, la transformación. La “ciudadanización” actual por el impuesto es también un acto arbitrario contra los que están en nóminas y no resuelven los famosos 40 regímenes fiscales especiales. Buenos días. alponte@prodigy.net.mx
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