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07 de julio de 2007

A finales de los años 50 la mayoría de los estadounidenses se preguntaban si John F. Kennedy tendría posibilidades, primero, de conseguir la nominación y, luego, de triunfar en las elecciones presidenciales. ¿Las razones? Bueno, JFK era un católico, lo cual significaba —y continúa significando— que formaba parte de una minoría y eso lo colocaba en desventaja respecto de sus competidores y adversarios. Parece mentira que ahora se esté repitiendo una historia semejante con Hillary Clinton, sólo que ahora el argumento esgrimido es otro, lo crea usted o no, es que “es una mujer”. Esa y no otra es su desventaja. O sea que el país paladín de la democracia se niega a reconocer que la mitad de la población está compuesta por mujeres y ellas tienen tanto derecho a ser representadas como cualquier sector de la ciudadanía. En este punto, los estadounidenses mantienen una opinión que, por desgracia, es demasiado compartida por otras naciones aunque, ojo, no todas.

Fíjese que a la actual senadora Hillary Clinton nadie le critica sus capacidades. Y es que todo el mundo sabe que Hillary fue una destacadísima estudiante de leyes. Todos le reconocen su inteligencia y la pertinencia de sus ideas. La gente conoce sus ideas porque ella las fue publicando cuando era la esposa del gobernador de Arkansas y continúo con ellas cuando se desempeñaba como la primera dama de EU. En la actualidad, la senadora tiene entre todos los precandidatos a la Presidencia el más alto nivel de popularidad... Todo eso pasa, pero muchos desconfían de que pueda alcanzar la nominación del Partido Demócrata. ¿Las causas? La gente dice: es mujer y además es la esposa de un ex presidente. Es decir, ser mujer es su desventaja, y haber sido la primera dama, también.

El mundo ha venido cambiando después de la Segunda Guerra Mundial, pero no tan rápido como podría pensarse. Si bien es cierto, hay países que no tuvieron los complejos para elegir presidentas o primeras damas (como Israel a Golda Mayer, Margaret Thatcher en Inglaterra o en la India a Índira Gandhi), en otras naciones todavía los derechos políticos de la mujer son una cuestión de discurso pero a la hora de la verdad las mujeres resultan discriminadas y se les quieren coartar sus posibilidades para ocupar la dirección de un país.

El otro elemento en contra de la senadora Clinton es su condición de cónyuge de Bill Clinton, considerado, por cierto, como uno de los mejores presidentes en la historia de EU. Aunque el ex presidente acompaña a sus esposa a los mítines, él pasa a ocupar el papel de quien escucha y aplaude los discursos políticos que pronuncia su mujer. O sea, el ex presidente reconoce, como debe ser, que su papel ahora es secundario.

Pero hay mucha gente que no entiende ni acepta que la ex primera dama tenga la aspiración de ocupar la silla que antes ocupó su esposo. No hay impedimentos legales, ni morales, ni éticos para que Hillary pueda ser la primera presidenta de EU. Lo único que hay es cualquier cantidad de prejuicios. En situaciones semejantes, si se tratara de hombres, nadie diría ni pío. Ahí tienen, por ejemplo, el hijo que ocupa el mismo sitio que su padre: los Bush. Nadie se asustó, nadie lo objetó.

En nuestro país vivimos una lección terrible con Marta Sahagún, a quien algunos medios y casi todos los políticos le hicieron la vida imposible, justamente cuando había alcanzado los más altos niveles de popularidad en el medio político. Entonces algunos se preguntaban si México estaba preparado para ser dirigido por una mujer, algo semejante a los tiempos de Porfirio Díaz, cuando se preguntaban si México estaba preparado para la democracia.

¿Qué pasaría si para las elecciones presidenciales del 2012 algunas mujeres políticas decidieran encabezar las campañas? Pienso, por ejemplo, en Beatriz Paredes, por el PRI; o Amalia García, por el PRD; o Josefina Vázquez Mota, por el PAN. Nadie en su sano juicio podría presentar ninguna objeción válida para que una de ellas o todas ellas inclusive compitieran por la silla presidencial.

El artículo cuarto de nuestra Constitución dice que los hombres y las mujeres somos iguales ante la ley. Eso dice la Constitución, pero todos sabemos las desigualdades reales que hay en todos los terrenos, pues en el mundo laboral todavía hay severas restricciones para que las mujeres ocupen puestos directivos. El colmo es cuando una mujer llega a un puesto importante en una empresa: nunca faltan las lenguas viperinas sugiriendo que la posición adquirida se debe a otro tipo de “favores” que la susodicha entregó a los jefes o dueños. En cambio, cuando un hombre asciende es motivo de admiración, y nadie diría que subió de puesto porque dio favores sexuales a sus empleadores. ¿Por qué juzgamos con dobles raseros?

Porque los hombres y las mujeres no somos tratados como iguales, aunque eso signifique contravenir el mandato de la Constitución.

Usted sabe que yo no me voy por los partidos, ni por las ideologías, ni mucho menos por los discursos, sino que pienso siempre en el candidato, pienso en la persona. Mi voto es siempre por una determinada persona, sin importar a qué partido pertenece. Por lo mismo, no me gustaría sugerir que el mejor candidato para las lejanas elecciones de 2012 sea una mujer. No, para nada. Lo único que digo es que, si llegara el caso, las candidaturas de las mujeres no serán tomadas en serio. Tal como ahora, por desgracia, sucede con Hillary Clinton. ¿Cuándo habremos de superar esas miserias humanas? pregunto yo.

 
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PERFIL
 
Periodista de radio, televisión y medios escritos, Lolita de la Vega desde muy pequeña tuvo contacto con los medios, por lo que decidió convertirse en Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Por su labor ante las cámaras, tras el micrófono o con la pluma, Lolita ha sido distinguida en dos ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo.
 
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