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La ley migratoria muere en el Senado
Hace unos días —el martes 12 de junio— señalé en esta columna que no había incorporado el tema de la ley migratoria a mi espacio por una causa: porque era perder el tiempo. El Congreso actual, en la etapa final, con Bush deteriorado y desacreditado, no le iba a proporcionar un debate que, de una u otra manera, le hiciera juez y testigo del proceso. En suma, era preciso prepararse para las elecciones de 2008. Por otra parte, la ley era lamentable y, en casi todos sus puntos, rechazable. El tema central del problema migratorio recae, una vez más, sobre un hecho fundamental: la incapacidad de México para generar, de un lado, los puestos de trabajo (bien remunerados, es decir, dignos) indispensables y, del otro, a su vez, la interpretación que han tenido los últimos gobiernos, y sobremanera, el de Fox, a la hora de mensurar las relaciones con EU. A Fox, cuya ausencia de vocación conceptual le ha hecho famoso, le vendieron una idea de las relaciones con EU que, desde su origen, avergonzaba la inteligencia: que los dos “rancheros”, Fox y Bush, nacieron para entenderse. Esa versión, alucinatoria, no asumía que sólo existía un ranchero (el del trabalenguas de Borges) y que Bush era el eslabón de una dinastía en el poder por generaciones. Instalada en la cúspide de Wall Street, el petróleo y el acceso a la Casa Blanca (dos presidentes del mismo apellido y un presidente lejano, por parte de la familia materna, también presente en grandes corporaciones) y, no per accidens, en el viejo “capitalismo salvaje”. W. Bush es un apéndice de esa realidad dinástica. Si alguna duda hay basta leer los libros de Bill Minutaglio: “First Son, George W. Bush and the Bush Family Dynasty”, y el de Elizabeth Mitchell, “Revenge of the Bush Dynasty”. Esos libros ilustran, como el de Michael Lind, “Made in Texas, George Bush and the Southern Takeover of American Politics”, el proceso real del poder. En otras palabras, no se trataba de un diálogo “francote” entre dos rancheros llegados, ocasionalmente, al poder (uno sí) que podían entenderse entre los caballos y las vacas. Esa ideación de la política internacional tiene algo de afrentoso. No se olvide que Michael Lind dice en su libro que “no se sabe bien si la familia Bush inventó Enron o Enron inventó a los Bush” (página 100). En suma, la dinastía jugaba en las ligas mayores, aunque Bush II no esté capacitado —eso es otra cosa— para las alturas. Aun así era preciso considerar y sopesar la magnitud del error que implicaba, aunque fuera bueno, para un “ego”, la hipótesis de los “dos” rancheros. La política internacional es indisociable de un proyecto de nación y de una estrategia paralela. México no ha resuelto, en su propio espacio, el problema del empleo ni se ha planteado, firmado el TLC, un proyecto comercial inteligente con la primera frontera económica del mundo. Trasladó a las empresas multinacionales esa responsabilidad y, abandonada la prioridad de un “mercado interno” fuerte y desarrollado, hizo depender la economía, en 57%, de las exportaciones a las que México traslada, cada año, menor valor agregado —¿se puede hablar de economía sin “valor agregado”?— de manera que de los 250 mil millones exportados en 2006, nada menos que 121 millones fueron de insumos importados para hacer posible una política exterior comercial de “ensambles” corporativos. En suma, se exportan, más cada año, insumos importados, es decir, se “reexporta”. Sin una estrategia de mercados, como ha resaltado una y otra vez Arnulfo R. Gómez y dependiendo de uno solo, tampoco se ha definido una política internacional inteligente y equilibrada. En la futura ley migratoria, la mitad tendrá que hacerse en México. alponte@prodigy.net.mx
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