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En la colaboración pasada veíamos cómo el petróleo, las finanzas públicas y el futuro de México forman un nudo difícil de desatar. En pocas palabras, decíamos, queremos tener un estado de bienestar que no queremos pagar. En consecuencia, no alcanza y el resultado es un conjunto de servicios malos Pero de eso poco que se paga, sólo la mitad viene de los ciudadanos, la otra mitad hay que financiarla como se pueda, es decir, del futuro, vendiendo petróleo y contratando deuda, sea pública, de pensiones o en pidiregas. Decíamos que hay muchas formas de resolver este problema. La primera y más sencilla de plantear es olvidarnos del estado de bienestar. Reducir el gasto en educación y salud, reducir el pago de pensiones y dejar que cada quien se rasque como pueda. Pero esta solución no creo que tenga mucho respaldo popular, y en consecuencia no creo que haya político que quiera plantearla. Más bien es al contrario, cada que pueden, los políticos ofrecen más servicios, que no podrán pagar sino reduciendo la calidad de los que ya se ofrecen, pero eso no parece ser importante. Si no queremos desaparecer el estado de bienestar, sería bueno entonces definirlo bien. ¿Queremos educación para competir o nada más para marear a los niños durante 12 años de su vida? ¿Queremos servicios de salud que beneficien a la población o nada más para que tengan citas médicas cada seis meses? En las condiciones actuales, no creo que lo que gastamos en educación y salud sirva para nada, y por eso planteaba como una posibilidad el dejar de hacerlo. No creo que hubiese un gran cambio, aunque a usted le pueda parecer cruel la propuesta. Hoy, más de 80% de los niños cursan secundaria, pero cuando la terminan, más de dos terceras partes saben menos que cuando entraron a ella. Es decir, desaprenden durante tres años. ¿Para qué sirve? ¿Por qué la pagamos? Pero como es difícil discutir esto en términos racionales y razonables, regresemos a las soluciones que incluyen al estado de bienestar. Decíamos que hay que definirlo bien y calcular su costo. Viendo a los países que tienen un sistema más o menos bueno, parece que el costo ronda 40% del PIB. Es claro que esto cambia dependiendo del perfil poblacional, la estructura económica y lo que usted quiera, pero no se va a mover mucho de esa cifra. Si queremos gastar 40% del PIB desde el gobierno, pues habrá que financiar esa cantidad. Sanamente, tres cuartas partes deberían venir del presente y sólo una cuarta del futuro. La razón es, que conforme crece la economía, esa cuarta parte se reduce y no es difícil pagarla. En conclusión, hay que pagar 30% del PIB en impuestos, como lo hacen los países civilizados. Pero no hay político que quiera apostarle a eso, como ha quedado claro. Hay que entenderlos, viven de tener apoyo popular, y no quieren perderlo. Sin embargo, vale la pena dejar totalmente claro que no existe ninguna manera de contar con educación competitiva, salud decente, buena seguridad pública, infraestructura razonable, si no es pagando 30% del PIB en impuestos. Durante todo el siglo pasado, los gobiernos de la Revolución engañaron a los mexicanos diciendo que eso era posible. No lo fue, y en el caso extremo de la locura, cuando los gobiernos intentaron gastar ese 40% del PIB sin incrementar los impuestos, se nos vino la crisis encima. Me refiero a la década de los 60, para que no quede duda. La reforma fiscal que ahora se discute, y que es la posible, no apunta a la meta comentada. Nuevamente, es comprensible. La política no es asunto de óptimos, sino de posibles. La reforma de hoy lo que permite es posponer el problema, algo que debemos reconocer y agradecer. Sin los cambios que aparentemente se aprobarán, la crisis en las finanzas públicas ocurriría en 2009 o 2010. Ahora tenemos unos pocos años más de margen. Suficiente tiempo, creo, para que este país construya un nuevo acuerdo entre las personas que no tienen encima los mitos del siglo pasado. "Que vivas en tiempos interesantes" dice una bendición, o maldición, china. macario@macarios.com.mx
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