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Jacobo Zabludovsky
18 de junio de 2007

Política y toros

Ayer reapareció José Tomás en la Plaza de Barcelona, después de cinco años de un retiro sin explicación ni anuncio. Los boletos se agotaron hace meses, el día que se pusieron a la venta. Un torero raro, fino, poco visto en América, lo suficiente para dejar una huella honda en los buenos aficionados. Lo recuerdo alternando con el Zotoluco. Toreó la última vez en México en la Plaza de Santa María, Querétaro, y salió en hombros. Nadie supo que pasó 20 días del último abril en

la ganadería Las Monjas, en San Miguel de Allende.

Es distinto dentro y fuera de los ruedos. No aparece en las revistas del corazón, no ha seguido la tradición del matrimonio con cupletista: Antonio Márquez casó con Concha Piquer, Ortega Cano con Rocío Jurado, Paquirri con Isabel Pantoja. Su novia vive en la discreción de lo íntimo y no va a sus corridas. No se cuelga de las faldas de la duquesa de Alba. No es parroquiano de los restaurantes de lujo, ni asiste a desfiles de modas ni se exhibe en fiestas de ricos y famosos. En una entrevista reciente publicada por El País semanal reveló a Almudena Grandes por qué no le brindó un toro a la madre del rey: “Estando Antonio Ordóñez en la Plaza de Ronda no podía yo brindarle a nadie más”. En otra ocasión no brindó ninguno de sus dos toros al rey en su palco de Las Ventas. Ambas omisiones muy criticadas por quienes las consideran grandes faltas de respeto. Le vale.

Dice Almudena: “… él nunca entra en la capilla de ninguna plaza antes de una corrida y espera afuera, en la puerta, a que terminen de rezar los hombres de su cuadrilla. Y no monta altares, no colecciona estampas, no enciende velas ni lleva una medalla de la Virgen entre la ropa”.

Cuando José Tomás se retiró ocupaba el lugar número uno del escalafón taurino mundial. Regresa, parece coincidencia, días antes de cumplirse 60 años de la muerte del torero que más admira: Manuel Rodríguez Manolete.

Una tarde de 1946, Aurelio Pérez y yo visitamos a Manolete en una casa porfiriana de la calle Tíber, donde hoy está el Sanborns del hotel María Isabel. Nos esperaba de pie en la sala anacrónica. Traje príncipe de gales, cruzado de seis botones, corbata oscura impecable sobre la camisa blanca, zapatos de color marrón. Comentarios sobre la corrida de la víspera, lo que pudo y no pudo y por qué. Lo habíamos visto en el ruedo, honrado sin regateos, sin sonreír a los tendidos, sin traicionar el rito antiguo de un oficio heredado y respetado como dogma. La tarde de su muerte recordé la taza de café que Lupe Sino rellenó varias veces. Al despedirnos nos comprometimos a un nuevo encuentro en el patio de cuadrillas de la Plaza México. No pudo ser. Lo esperaba Islero. El fotógrafo Paco Cano registró en su cámara la cornada y muerte de Manolete. Había ido a Linares contratado por Dominguín.

Nadie sabe para quien trabaja. Ayer estuvo en Barcelona.

Hablar de toros no está fuera de lugar en esta casa de Bucareli donde se publicaron

EL UNIVERSAL Taurino y las Crónicas de Verduguillo y del Tío Carlos. Y si hubiera necesidad de abundar en la justificación del uso de este espacio, permítanme evocar a Ramón Pérez de Ayala y su libro Política y Toros, en el que compara las dos aficiones de los españoles. La plaza de toros y el ágora, los espacios abiertos a la opinión y la polémica, son sitios donde la democracia se ejerce. Es viejo el lugar común, lo reconozco, pero insisto en la similitud. En la plaza el aficionado vota sin presiones incitado por lo que ve y siente. Decide los triunfos con su aplauso, los trofeos con su pañuelo. Elige al torero. Rechaza al equivocado, temeroso o incapaz. Le silba, lo obliga a ocultarse en el callejón. Y hay una autoridad atenta a obedecer la voluntad popular y a ordenar la entrega de los premios exigidos. Aplicar los castigos. El juez sólo interviene como instrumento de la mayoría, para evitar excesos, vigilar el orden en la lidia, hacer respetar las reglas escritas y las tradicionales. Si el juez no interpreta bien, el público le reclama y este voto en la plaza vale lo mismo si es de barrera o de la última fila de sol. La plaza es redonda y todos se ven, se ubican, se localizan. Difieren o coinciden en sus gustos y opiniones y las expresan sin temor; junto a uno que silba, otro aplaude. A la salida comentan juntos el dueño del coche y quien se lo lava. El recuento de voluntades es claro y automático. La política tiene de los toros algo más de lo estudiado por Pérez de Ayala hace 100 años. Cualquiera grita en la plaza y todos escuchan. Algunos famosos se abstienen de ir; temen a la frase lapidaria. Ahí nadie va a la cárcel por decir lo que tranquiliza sus rencores. Ni es posible la censura. Ninguna palabra es prohibida. La plaza de toros puede ser, debe ser un ejemplo a seguir en asambleas legislativas, medios de información electrónicos o entintados. La semejanza es obvia, aunque la libertad es mayor en el coso taurino. Nadie se salva y nada se perdona. La plaza de la Grecia clásica.

En los tendidos se hacen leyes, se interpretan y se aplican. Se legisla, sentencia y ejecuta. Los tres poderes en la transparencia del aire libre. No eludo la moraleja fácil y previsible: el mundo de la política podría aprender del mundo del toro.

Esta mañana, la del día después, José Tomás lo sabe. Y a todo esto, ¿cómo le habrá ido ayer?

 
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PERFIL
 
Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en 1946 en Cadena Radio Continental como ayudante de redactor de noticieros. En 1950, al empezar la televisión en México, inició la producción y dirección del primer noticiero profesional de la televisión mexicana y desde entonces, ininterrumpidamente, dirigió y presentó tele noticieros hasta el 30 de marzo de 2000. Fue catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Durante 27 años dirigió y presentó el programa periodístico de televisión “24 HORAS” transmitido en red nacional por Televisa en la República Mexicana. Del 1º de septiembre de 2001 a la fecha conduce el programa "De una a tres” de Radio Red y "La 69" de Radio Centro.
 
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