|
Tres asuntos imposibles
Viernes 9:30 p.m. Un error en el guión de la vida diaria me ha depositado en un bar lounge (pronúnciese "launch" y no "lonch" como el que llevábamos a la escuela). No estoy en un sueño, transito por la conciencia real de un lugar oscuro como una cueva de Paquistán, hay que avanzar a tientas entre los sillones y las camas. El concepto lounge impone camas entre las butacas y las mesas. Algunos jóvenes no tan jóvenes se tienden en ellas y platican acostados. Les faltan las sábanas y el cobertor para revelar que uno de los secretos del bar es la mezcla de lo privado y lo público. En las tinieblas, una sombra se acerca y toma la orden. Noto que una mayoría silenciosa ordena bebidas de colores, mezclas extravagantes que brillan en la oscuridad. La música forma por sí sola un capítulo aparte en el mundo lounge. Primero pensé que en el bar se realizaban composturas y los trabajadores martillaban un muro contiguo con persistencia sincopada. Error. Se trataba del principio atonal de una pieza que se desarrollaba con fuerza cuando se encendía la secadora de pelo. Luego vino una especie de licuadora intermitente y más tarde el sonido del agua que hierve en una olla de peltre. En conjunto, los sonidos armonizaban (es un decir) en la penumbra del bar, con hombres y mujeres tendidos en camas y brindando con líquidos de colores. Si existió la escritura cuneiforme asiria del segundo milenio antes de Cristo, también hay la música de las cuevas inmemoriales de la cuenca mediterránea, Grecia, norte de África y Oriente próximo. En este mundo musical, Ricky Martin sería Bach. Bajo los efectos auditivos de esta textura de tonalidades inauditas vislumbré una alternativa: un manicomio cuyas instalaciones se inspiraran en bares como éste, pero con más luz. En el baño, el lugar más confortable del lugar, me enteré de que esa noche vendrían DJ´s a interpretar su arte en vivo. No puedo informar nada al respecto. Me esfumé en la oscuridad. Creo que perdí el oído derecho. Sábado 10:15 a.m. Mi falta de aprecio por el bar lounge quizá se deba a que he cumplido veinte días con sus noches sin fumar. Hice el recuento de las actividades que realizaba sin humo y se salvaron muy pocas: en la cama, durante el sueño, aunque a veces me soñaba fumando; bajo la regadera, en el cine, pero hace tiempo que no voy, y en la natación. Inventé una ideología. No abriré un debate de ciencia política en este momento, pero toda ideología aspira y justifica al poder; yo anhelaba el poder de la salud con todo y cigarrillo. La transparencia del agua atravesada por los rayos del sol me transformaba en un ideólogo de la higiene. Cuando terminaba mi rutina nadando un kilómetro y medio, sesenta toques en los extremos de la alberca, abrazaba el día con una rara soberbia física y mental. Desde luego, no ignoraba que todos los soberbios son ingenuos, víctimas de sus rigores ideológicos. Fui un fumador de cajetilla y media diaria, siempre y cuando la reunión terminara antes de las doce de la noche. Si pasábamos de esa hora la cuenta quedaba pendiente y perdida entre el humo de la velada. A veces agregaba a mi récord puros Andreas del número uno. A la mañana siguiente, la garganta en llamas cedía a la anestesia del primer cigarrillo del día. El olor de los cigarros recién encendidos me recuerda al paraíso. No seré un ex fumador intolerante de esos que abren puertas y ventanas a punto de llamar a los bomberos como si se fugara el gas del tanque estacionario. No formaré parte del acoso moral en contra de los fumadores. El que desee fumar que lo haga si le da la gana. Tomé un pera del frutero y le di una mordida, el sabor fue una sorpresa extravagante. Extrañaré al perro de la tos que por la mañana me despertaba con puntualidad inglesa. Domingo 11:30 a.m. Hablando de perros. Unos vecinos tienen al perro encerrado en el balcón. No sé de razas, pero parece un pomeranio, una bola blanca que emite día y noche ladridos agudos e interminables mucho peores que la música lounge . He intentado comprender cuál es la profunda razón que lleva a un ser humano a tener un perro en un balcón de tres metros de largo por uno de ancho, pero no entiendo. En casa atribuyen mi intolerancia a la abstinencia: -Estás dejando de fumar, por eso estás alterado. Según esto, si fumara podría escuchar los ladridos como si oyera uno de los conciertos de Brandenburgo. El argumento me parece inconsistente. Más bien, la perra es una irresponsable. Me refiero a la dueña.
|