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‘Destetar’ a Marcelo
El jefe de Gobierno se resiste a independizarse del ‘legítimo’; ha intentado el deslinde, pero regresa al redil Dejó ‘plantados’ a Francisco Ramírez Acuña y a Enrique Peña Nieto para no contrariar a su mecenas En el terreno de la pediatría, los especialistas recomiendan el “destete” de los infantes a los seis meses de edad. El “destete”, dicen, es el término paulatino de la lactancia para dar paso a la alimentación a través de sólidos. Pero es, además, uno de los primeros reflejos de independencia del niño. En política, y sobre todo en la peculiar política mexicana, el “destete” existe y también tiene su razón de ser, con una notable carga de independencia. Se le conoce como “deslinde”, y es el momento en que un político, líder o gobernante suele romper con los amorosos pechos de su grupo político; desprenderse de la “ubre” que lo alimentó y le permitió crecer saludable. Viene a cuento el tema porque es común entre los políticos mexicanos que se dificulte el momento del “destete” —y los hay que nunca lo logran—, lo que los convierte en rehenes de todo aquello que recibieron y reciben mediante la lactancia: pertenencia incondicional al grupo, sometimiento absoluto y nula capacidad de independencia. Y ese parece ser el caso del señor Marcelo Ebrard, el gobernante del Distrito Federal que todo le debe al “legítimo” —ser promovido como un político de izquierda, haber sido candidato a jefe de Gobierno y ser el beneficiado de los votos que eran de su benefactor, mecenas y jefe— y que quién sabe por qué extraña razón se resiste a dar el paso de independencia, hacer realidad el “destete” que le permita cumplir con su encomienda constitucional, gobernar por y para los ciudadanos de la capital del país y no sólo para los leales de su grupo político. Nadie puede negar que el señor Marcelo Ebrard ha dado pasos en ese sentido; que ha intentado deslindarse del señor “legítimo”. Pero a pesar de esos pasos trastabillantes, muy pronto ha sido sometido y regresado al redil. El ejemplo más reciente y claro se dio el pasado miércoles, en Ixtapan de la Sal, donde se llevó a cabo la reunión interparlamentaria de los congresos del estado de México y del Distrito Federal —un encuentro de importancia fundamental para resolver los problemas de la conurbación— y en donde Marcelo debía compartir tribuna con el gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, y con el secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña. La madrugada de ese miércoles, el primer círculo del señor Ebrard confirmó la asistencia del jefe de Gobierno, pero repentinamente —y con una explicación que nadie creyó— el gobernante del DF no se presentó. Dejó a todos plantados. Todos los niegan, pero todos saben que no se atrevió a aparecer en “la foto” con Ramírez Acuña, para no contrariar a su mecenas, al señor “legítimo”. Y por si hiciera falta, cambió su discurso respecto del plantón que supuestos maestros de la CNTE realizan en la plaza de la República en protesta por la nueva Ley del ISSSTE. Dijo Ebrard que el suyo no sería un gobierno represor, y que no desalojaría a nadie, a pesar de que en horas previas se había comprometido a hacer respetar la ley. El problema de las lealtades políticas del señor Ebrard y su gusto por la lactancia de su grupo son respetables —al final de cuentas se trata de decisiones íntimas y personalísimas—, pero resulta que más allá de esas lealtades y esos gustos, el jefe de Gobierno es el mandatario elegido por los mandantes del Distrito Federal, y que su principal lealtad está con quienes lo llevaron al cargo. Todos saben que el plantón de la CNTE frente al ISSSTE, y que los bloqueos y paros locos —en los que participan los mismos que bloquearon Reforma y el zócalo luego del 2 de julio— no son más que un montaje delirante del señor “legítimo”, que de esa manera quiere cobrar agravios, supuestos o reales, al gobierno de Calderón. Pero también todos saben que —otra vez— en el fondo de esa farsa no está más que la vulgar lucha por el poder; una lucha que se ceba en los habitantes del Distrito Federal, que a pesar de haberles entregado su voto y el poder, son víctimas de toda clase de agravios, solapados por el propio gobierno capitalino, hasta convertir a los mandantes en rehenes de quienes debieran resolver sus problemas. El señor “legítimo” y sus incondicionales, como el señor Ebrard, le apuestan a la irritación social —con todo lo que eso significa—, para luego decir que la causa de todos los males es la Ley del ISSSTE. Resulta grotesco, grosero y hasta ofensivo para el sentido común que Marcelo Ebrard salga con el cuento de que su gobierno no será “represor”, que negociará los derechos de las mayorías afectadas por esa farsa que es el plantón de la CNTE, y que al final de cuentas rehúya a su responsabilidad de acordar la solución de los grandes problemas de la capital, con los gobiernos mexiquense y federal. Y todo por el miedo a su promotor. Nadie le pide que reprima nada, porque todos saben que el plantón y las movilizaciones de la CNTE son promovidas y financiadas desde el mismo partido y el mismo gobierno de Ebrard. Lo que se le pide es que asuma su responsabilidad, que gobierne para todos y que haga respetar los derechos de todos. En pocas palabras, que deje a un lado la simulación que le puede reportar muchos aplausos de su mecenas, pero que es un insulto para los mandantes que le dieron el cargo. La gente también se enoja. Al tiempo.
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