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La contrarrevolución
Si un país no concilia el pasado no resuelve el futuro, como lo experimenta hoy Sudáfrica, que quiere debatirlo para aliviarse CIUDAD DEL CABO, Sudáfrica.- Las señales de peligro están por todos lados. En la industria: uno de los más grandes conglomerados es sometido a una andanada de críticas porque para guiar a su nuevo presidente, que es negro, inventó un cargo de adjunto para que lo ocupe un blanco. En la seguridad social: los blancos se quejan que hay un déficit para cubrir vacantes en los hospitales de hasta dos años, porque como la política de empleo es por cuotas, no hay suficientes negros preparados para ese trabajo. Uno de los debates más encendidos es sobre las cuotas en los deportes, donde, por ejemplo, hay quejas airadas de que nunca dejan llegar a los negros al equipo nacional de rugby -que sí parece un club de blancos- por un proceso de eliminación desde las ligas inferiores. En la vida cotidiana: un reciente estudio establece que los habitantes de Gauteng, la provincia de blancos y opulencia donde está Johannesburgo, ganan más -hasta 400% por encima de algunas provincias negras-, están mejor educados, y vivirán más años, hasta 20% por encima de los negros, que están siendo asesinados por el sida. El racismo y la segregación viven intensamente en Sudáfrica, y el andamiaje que se construyó durante siglos de colonia no ha podido ser desmantelado. ¿Qué esperaban? Después de todo, como afirma Frederick van Zyl Slabbert, que fue político de oposición en los tiempos del apartheid y que como empresario encabezó los contactos con la resistencia negra que vivía en la clandestinidad, en sólo dos años se pasó de la violencia a la estabilidad por consenso. Pero nada llega por decreto, como lo han padecido aquí desde que empezaron su experimento social y político en 1994. El régimen se cambió a nivel constitucional y se fue trazando un nuevo diseño de país. "En el proceso, en lugar de resolver las tensiones, las profundizamos", sostiene Ebrahim Rasool, alcalde de la provincia del Cabo Occidental, donde está su capital. Se ha buscado la integración vía mecanismos legales y ha provocado frustraciones. Lo que sucede en los hospitales sudafricanos es un ejemplo de cómo mientras los blancos quedan desempleados y con rencillas porque las empresas tienen que llenar sus cuotas raciales para evitar ser sancionadas, los negros se sienten marginados porque no terminan de procesar el statu quo fabricado. Pasa en todo. Hay colonias en algunas ciudades donde algunos negros, pese a tener recursos para ir de comprar a lugares caros, prefieren alejarse porque con las solas miradas los rechazan los blancos. El termómetro de cómo se están exacerbando las diferencias se encuentra en las secciones de cartas de los periódicos y la radio hablada, donde negros y colorados -que es una raza de muchas generaciones formada de la mezcla holandesa y africana- fustigan a los blancos y, no pocas veces, a ellos mismos. Hace unos días, como ejemplo de esto, un visitante tomó un taxi para ir al Museo del Distrito 6, donde se cuenta, a través de la microhistoria de esa zona, la historia del país. El Distrito 6 fue habitado por generaciones de negros y colorados hasta que en febrero de 1966 el gobierno racista decidió que a partir de ese momento sería una zona "exclusiva para blancos". Las protestas fueron sofocadas y mandaron bulldozers para arrasar con todo, dejando limpio el terreno para las nuevas construcciones. En 15 años desplazaron forzosamente a 180 mil personas de sus 42 colonias y las lanzaron hacia las costas. El visitante pensaría que, pidiendo ir a ese museo, el taxista, un colorado, entendería el mensaje. Pero no. En el primer semáforo, una señora negra con una enorme bolsa del mercado cruzó lentamente en el semáforo, y el taxista la apuró a claxonazos. "Las negras son muy lentas", dijo sin recato. "¿Por qué? Así son. Viene en su sangre. Las negras son lentas porque cuando su esposo le dice que quiere acostarse con ella, tiene que obedecer inmediatamente para que esté contento. ¿O hay otra forma de que los hombres estén tranquilos con sus mujeres? Son lentas. Todos los negros son muy lentos". Las tensiones entre las comunidades no se dan en la sofisticación del tejido social, sino grotescamente de barrio a barrio, de zona de una ciudad a otra zona. F.W. de Klerk, el premier sudafricano que persuadió a la mayoría blanca a dar constitucionalmente terminado el apartheid, y construyó con Nelson Mandela el arribo de los negros al poder, subrayó en un ensayo en el periódico local Cape Argus la falta de puentes de comunicación y entendimiento que existen entre las comunidades, que al alienar y polarizar a la sociedad ponen en riesgo la posibilidad de éxito de Sudáfrica como nación. Contaba cómo los blancos en las zonas afluentes de la costa noreste de Ciudad del Cabo, donde están los viñedos, las zonas residenciales, los centros de diversiones y el hipódromo, conocían Nueva York, Londres o París, pero a los barrios pobres a unos cuántos kilómetros de sus casas nunca habían ido, y que solían cerrar los ojos cuando iban hacia el aeropuerto por la carretera nacional 2, que es importante porque, haciendo a un lado por un momento los matices que siempre existen, es como la frontera entre los blancos y ricos, y los negros y colorados pobres. "Si la gente del Cabo vive culturalmente en islas diferentes, están, políticamente hablando, en diferentes planetas, cuando se trata de sus percepciones del pasado, o en dónde están ahora, o para dónde deben ir", apuntó. Todos parecen vivir atrapados en el pasado racista, algunos llenos de culpas o nostálgicos inconcientes otros. "A menos que afrontemos esta realidad", dice el alcalde Rasool, "este debate continuará y será destructivo". Como desliza el empresario Slabbert, la discusión tendría que ser enfocada hacia la conciliación del pasado para evitar que la estabilidad que consensuaron hace casi una década termine en anarquía. "Pero si seguimos rehenes del pasado racista no podremos alcanzar el futuro". Los sudafricanos más educados están preocupados por este derrotero que los puede llevar a la regresión de una ideología dominante. Quieren animar el debate, y en los periódicos están abriendo las páginas para oxigenar la discusión. Es un asunto que no se queda en la política y sus diseños institucionales, sino en la necesidad de aliviar la salud nacional. Si lo resuelven, será otra gran lección de la novel democracia sudafricana para otras democracias emergentes, aunque no se puede olvidar que en los trópicos hay unos políticos más bananeros que otros, donde no todos alcanzan a tejer artesanal o finamente la política con un objetivo común y una visión de Estado y de futuro. Ver más alto y más lejos, decía José Ortega y Gasset, pero para muchos que dominan su idioma, lamentablemente, hablaba un lenguaje exótico y lejano. rriva@eluniversal.com.mx r_rivapalacio@yahoo.com
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