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Planeación de la economía
Ya se publicó el Plan Nacional de Desarrollo, y en él hay un apartado relativo a la economía que vale la pena comentar. Se llama “economía competitiva generadora de empleos” Como usted probablemente ha leído en esta columna, eso de enfocarse en el empleo no nos parece buena idea. No porque sea malo en sí, sino porque se trata de un concepto cada vez menos relevante. El empleo es la relación de producción que ocurre entre el capital y la mano de obra. Cuando el capital se convirtió en el factor de producción que más valor agregaba durante el siglo XIX, el empleo se convirtió en la relación más importante. Antes de ese siglo, el empleo no tenía mucho sentido. La gente era más bien arrendataria de tierras para sembrar, y los pocos que vivían en las ciudades eran aprendices, oficiales o maestros de algún arte u oficio. Pero un aprendiz no era un empleado, porque no recibía sueldo, sino casa y comida, y algo similar ocurría con los oficiales. El tiempo del empleo fue la economía industrial, que reinó desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, pero que desde hace cosa de 30 años viene decayendo rápidamente para ser sustituida por una nueva forma de producción, en la que el capital ya no es el factor que más valor agrega. Hoy, ese lugar de privilegio le corresponde al conocimiento, información, o capital humano, como quiera que lo defina usted. Y con esa nueva forma de producción, el empleo ya no es lo que era. Un porcentaje cada vez mayor de personas tienen relaciones que no son propiamente de empleo: subcontratación, alianzas estratégicas, honorarios, proyectos, muchas formas diferentes. Esto no significa que ya no haya más empleos o que no se vayan a seguir creando. Pero aparecerán de manera menos dinámica. Esto ya ocurre, y por eso el ingreso de China y la India en los mercados laborales globales ha significado tanto cambio, porque no son empleos nuevos, sino que están atrayendo los que ya existían. A cambio, se generan otras opciones de generación de valor, y es necesario prepararse para ellas. Así como el cambio de economía agrícola a industrial implicó transformaciones profundas en toda la vida social, así está ocurriendo hoy, aunque usted no lo perciba. Fue Carlos Marx quien logró darse cuenta de lo que pasaba, en su momento, aunque no lo haya entendido por completo. Las transformaciones de aquella época fueron muy dolorosas para muchas personas, y así ocurre hoy y seguirá ocurriendo. Sin embargo, el resultado final de ese proceso ha sido una época de bonanza económica en el mundo, que ha dado lugar a niveles de vida impensables anteriormente para prácticamente todos. Me refiero a los países que pudieron aprovechar ese proceso. Pero aun para los que no lo logramos, por las razones que sea, la vida es mucho mejor, en lo general. Pero aprendamos del pasado. Lo relevante no es sufrir por los cambios que ocurren, sino adelantarse a ellos. Si ya está claro que el valor agregado proviene, en buena medida, del conocimiento, tenemos que transmitirlo mejor, y empezar a producirlo. Para ello, hay que empezar por el principio. Si no tenemos personas capaces de trabajar con el conocimiento, no hay nada que hacer. “Producir” estas personas debe ser el primer paso, y el proceso para lograrlo es la educación. En lugar de utilizar al sistema educativo como pilar del régimen, como se hizo durante el siglo XX, tenemos que utilizarlo para producir a estas personas capaces de competir en la nueva economía. Dicho de otra manera, hay que contarles menos cuentos y hay que ponerles más números. México no produce suficientes ingenieros, ni siquiera para ser un país industrial, ya no digamos para ser innovador. Y no los producimos porque los niños, cuando pasan por secundaria, quedan espantados por las matemáticas. Por eso tenemos sobrepoblación de abogados, licenciados, sociólogos y demás profesiones que hacen poco uso de las matemáticas. (Los buenos sociólogos sí saben matemáticas, por cierto). Si no corregimos la secundaria, no hay nada que podamos hacer. Si el gobierno incrementara su inversión en investigación, no serviría de mucho. Tendríamos montones de estudios de género, de narrativas sobre el desarrollo y otros análisis similares. Es claro que no basta con mejorar esos tres años de educación que hoy destrozan vidas, pero es una condición indispensable. De lo demás que podríamos hacer, platicamos en la próxima. macario@macarios.com.mx
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