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Los sagrados principios
Hugo Chávez y Fidel Castro son hoy los únicos militares jefes de Estado en América Latina. Parece mentira: hace apenas medio siglo la mayoría de sus gobernantes provenían del Ejército. En julio de 1956 llegaron al aeropuerto de Panamá los más prominentes miembros de esa generación de caciques que produjo toda una especialidad de la literatura en español: aquella cuyo personaje principal fue algún tirano típico del trópico bananero. Recuérdense las obras de Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez por mencionar sólo a los premios Nobel. Fue una mitad de siglo la del XX caracterizada por golpes de Estado, traiciones, asesinatos, cuartelazos y los más grotescos abusos de poder. Yo los vi llegar, estuve ahí. De Guatemala llegó Carlos Castillo Armas tras derrocar a Jacobo Arbenz, haciéndolo desnudarse antes de obligarlo a salir del país. De Cuba llegó Fulgencio Batista con su voz de barítono cuidadosa al pronunciar la “z” y la “c” a la española, a la usanza del profesor que le enseñó a escribir y leer ya adulto. Llegó Héctor Bienvenido Trujillo en representación de su hermano Rafael Leónidas, cuyo pueblo agradecido cambió el nombre de Santo Domingo por el de Ciudad Trujillo y decretó el título de Excelsa Matrona para su madre, so pena de partirle la suya a quien violara esa ley. Llegó Marcos Pérez Jiménez de Venezuela y con él tres limusinas tan largas que no podían doblar las esquina del Panamá viejo. De Nicaragua llegó, ni más ni menos, el prototipo de los patriarcas en otoño, Tacho Somoza, el viejo, el verdugo de Sandino, simpático como todos los estafadores. Lo oí en conferencia de prensa hablar de “los sagrados principios que nos son comunes”, ajeno a la cercanía de su cita última en la ciudad de León, donde sería asesinado por un estudiante. Llegó el general Ibáñez de Chile y creo que de Haití el notorio Duvalier. Dwight Eisenhower, también general, llegó de Washington. Sólo Alfredo Stroessner de Paraguay llegó en el uniforme nazi que parecía su segunda piel. Llegaron también algunos civiles como negritos en el arroz. Pepe Figueres de Costa Rica, quien anunció con épica sordina que era miembro de la CIA. Juscelino Kubitschek de Brasil, en vísperas de mudarse de Río de Janeiro a Brasilia. La desmemoria me hace dudar si fue Víctor Paz Estensoro quien llegó de Bolivia y si Aramburu, el de Argentina, era militar. De México Adolfo Ruiz Cortines, el único entre todos capaz de pasear por las calles sin escolta ni blindajes.
La reunión era para hacer realidad el sueño bolivariano de unir a los pueblos de América, la anfictionía continental. Terminado el maratón de los discursos más coincidentes de la historia, en el Palacio de las Garzas el presidente panameño Arias cerró todas las puertas a la prensa. El Bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes de XEW y yo, que iba por XEQ y el Canal 4, nos colamos a la reunión donde se firmaría la esperada carta de Panamá o alguna declaración rescatadora de la pobreza y afianzadora de la democracia. Las hojas pasaron de mano en mano. Una quedó en las mías. No había mucho que leer. Eran hojas de timbres postales conmemorativos de la reunión. Cada uno de los señores llevaría una como recuerdo. Han pasado 51 años y hoy la mayoría de los gobiernos de América Latina son producto de las urnas, incluso Hugo Chávez. Egresado de la Academia Militar de Venezuela y retirado del ejército con el grado de teniente coronel, tiene de común con la mayoría de los que vi hace medio siglo en Panamá el hecho de ser militar y como diferencia su izquierdismo, alineación política que todos aquellos combatían literalmente a muerte.
La semana pasada, al vencerse la concesión de RCTV, Hugo Chávez la convirtió en un canal de contenido social. Supongo que tal contenido consiste en la difusión de los principios socialistas de su régimen, haciéndolo herramienta de gobierno. El procedimiento se ajusta, según parece, a la ley venezolana y es un acto soberano. Pero se da la coincidencia de que dicho canal en manos privadas manifestó una postura política radicalmente contraria a la de Chávez. Muchos sospechan una posible intención de Chávez de quitarse de enfrente al más poderoso medio de difusión de ideas opuestas a las suyas, y concluyen que se trata de callar una voz disidente.
A la hora de escribir Bucareli hay disturbios en las calles de Caracas y numerosos presos por participar en hechos de violencia. Así llegamos a este lunes, después de un fin de semana oportuno para reflexionar sobre las estructuras legales que rigen la vida de los medios electrónicos de comunicación. Hay dos extremos: uno, el de Cuba donde todas las estaciones de radio y televisión son operadas por el gobierno; y dos, el de países donde la tendencia es crear un marco jurídico que deje en manos de la iniciativa privada toda posibilidad técnica de transmitir radio y televisión con renovaciones automáticas para quienes ya son concesionarios y quieren ese derecho por los siglos de los siglos. Tal sistema es el que la Suprema Corte de Justicia de la Nación decidió corregir el jueves pasado. Entre los dos extremos debe haber una tercera vía. Sólo los regímenes totalitarios ejercen control absoluto sobre radio y televisión. En México la otra cara de la moneda significa dejar ese instrumento vital de la política en poder de intereses muchas veces contrarios a los del pueblo, dueño del espacio que sólo concesiona para un uso específico y un lapso determinado. Entre los dos totalitarismos, el del dominio absoluto de los medios por un gobierno o el de gestión privada regida por leyes hechas por los regidos, México debe encontrar esa tercera vía: la creación de estaciones estatales y la regulación adecuada de las privadas para que, protegiendo a los inversionistas, se proteja primero a todos los mexicanos.
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