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Contaban que con sólo tocar su melena cualquier parroquiano podía experimentar lo que Hércules con su coraza. El ánimo y las fuerzas regresaban, los cobardes se convertían en valientes, los mandilones en gandallas. Pero sobre todo, aquel león disecado atraía la buena suerte para cualquier asunto monetario, amoroso o relacionado con la baraja, ruleta, gallos, dominó o similares. Ubicado durante años afuera de una tienda de La Lagunilla, muchas leyendas se tejieron en torno al origen de aquel animal, otrora pesadilla de las espesas selvas y después icono relleno de aserrín de una de las urbes más surrealistas que hayan existido. la nuestra. Aunque la leyenda urbana acerca de su supuesta influencia milagrosa ha quedado casi en el olvido, algunos cronistas de los años treinta mencionaron en algún párrafo al despeinado león, el cual se convirtió rápidamente en atracción para los niños y en objeto de culto para los pájaros de cuenta del barrio dedicados a la mala vida. Cada vez que algún compadre iba decidido a buscar pleito a algunos fulanos para cobrarse algunas cuentas de juego u honor, había una parada obligada afuera de la tienda para rascarle la melena al felino. De esa forma se comprobaban las teorías freudianas con respecto a la ilusoria "zootraslación" que a lo largo de la historia mantuvo muy gallones a los machos dominantes de las primeras hordas humanas, quienes incluso portaban colmillos y pelaje de animales, o bien vestían sus pieles para adquirir su aptitud y fuerza. No obstante, en La Lagunilla, aquel instinto primitivo se manifestaba únicamente con el sobado de la melena de aquella triste botarga que ya no podía lanzar rugidos. Se dice que el león de los deseos llegó al barrio después de que se realizara el menaje de algunas de las mansiones de la Roma y la Juarez de los miembros de la familia Lascurain, otrora dueños de las haciendas que se convirtieron en las colonias más populosas de la urbe. En otra versión, se afirma que el león estuvo alguna vez vivito y coleando en un circo manejado a principios del siglo XX por un extranjero que intentó infructuosamente competir con la compañía Orrín. El animal murió debido al trato inhumano de sus entrenadores, y para que no todo fuera pérdida, el dueño lo mando con un taxidermista y lo vendió a un restaurante de carnes (al estilo del regiomontano Rey del cabrito), mismo que al quebrar, fue embargado por sus acreedores, entre ellos un familiar del dueño de la tienducha. Desde entonces el león atraía a la clientela con su fiera expresión, pero debido a la leyenda de sus dones mágicos, su melena se fue poniendo con el tiempo más chamagoza que la pelambre de un arriero. Se cuenta incluso que algunos parroquianos comenzaron a arrancarle disimuladamente pedazos de melena, y también que años después ante el clamor general de la barriada por evitar que se retirara al animal, su dueño optó por peluquearlo, lo cual desilusionó a muchos y motivó en parte que su leyenda quedara en el olvido. A diferencia de la foto que hoy presentamos, captada en 1935 por el legendario Manuel Álvarez Bravo, el león de la lagunilla perdió con los años todo su porte fiero, y el círculo que le rendía culto comenzó a dudar de que pudiera seguir proveyendo milagros. A causa del deterioro provocado por estar expuesto todo el día a los rayos del sol y de que su dueño no se molestaba en cubrirlo durante la temporada de lluvias, la estatua de piel curtida y aserrín comenzó a despedir un olor semejante al de un zorrillo mojado. En sus últimos días afuera de la tienda ya no hubo más sobadas a su casi inexistente melena, y de aquellos milagros concedidos ya nadie se acordaba. No es difícil imaginar el último destino de aquella botarga que por un tiempo formó parte del pensamiento mágico y los mitos de nuestra cruel y gloriosa ciudad. homerobazan_df@hotmail.com
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