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Reacomodo de fuerzas, liderazgo presidencial, pero sin carta blanca "Felipe, reacciona; Espino te traiciona", decía una manta en León M ás que la votación para integrar el nuevo Consejo Nacional del Partido Acción Nacional, la rechifla, el abucheo y hasta los insultos que cosechó el dirigente nacional, Manuel Espino -expresión que mereció una condena generalizada-, marcaron la polarización que vivió el panismo, cuyos cuadros parecen, frente a la encrucijada de pertenecer al partido en el poder, pero de negarse a ser el partido del gobierno. La animosidad de una mayoría de delegados a la 20 Asamblea Nacional, que se realizó ayer en la ciudad de León, Guanajuato -y que según otros delegados fue un montaje para apabullar a Espino-, no fue más que el anuncio de lo que ocurrió la tarde noche en el proceso para elegir a los nuevos consejeros del PAN, máximo órgano de ese partido, que finalmente quedó integrado con una mayoría de simpatizantes del presidente Calderón. Así, luego de una batalla de casi tres años, de una incierta y precaria precandidatura, de una tambaleante candidatura presidencial, de un triunfo cuestionado en las urnas, y de una guerra con la dirigencia de su partido, hoy se puede hablar del PAN de Felipe Calderón; se puede decir que el "azul y blanco" es un partido con una mayoría de consejeros afines al "calderonismo", pero aún no es posible asegurar que se trata del partido del gobierno. Y es que si bien el nuevo Consejo Nacional rechazó mediante abucheos, rechiflas e insultos el estilo de confrontación de su dirigente nacional, Manuel Espino, lo cierto es que los delegados tampoco le entregaron a Calderón "carta blanca" para que convierta a Acción Nacional en una copia del PRI, o para que desde el gobierno federal haga del partido una oficina más del propio gobierno. De esa manera, la nueva composición del Consejo Nacional permitirá un saludable equilibrio entre las corrientes o tribus en disputa -equilibrio no otorga mayorías absolutas para nadie-, y que se den los primeros pasos a conciliar la encrucijada entre partido en el gobierno y partido del gobierno. Partido-gobierno Está claro que el PAN llegó a su 20 Asamblea Nacional en medio de una feroz batalla entre el presidente del partido, Manuel Espino, y el presidente Calderón. El primero intentó, desde su llegada al cargo, el control absoluto del partido, incluso regateó los apoyos al candidato presidencial, que no era de sus lealtades y confianzas. Pero una vez que Felipe Calderón se convirtió en el Presidente de los mexicanos, el regateo fue más evidente y las batallas se dieron en los espacios mediáticos, más que en los terrenos de la política intramuros. El señuelo que utilizó el señor Espino, ante propios y extraños, fue precisamente el reclamo de la "supuesta" independencia del partido. Pero en el fondo, la disputa no era más que por el poder. Todos saben que Espino llegó a la dirigencia nacional con el apoyo de la otrora "pareja presidencial", y que su misión era conducir la candidatura del "delfín" foxista, Santiago Creel. Es decir, que la ultraderecha se apoderó de la franquicia del PAN para sus fines políticos. Pero cuando Felipe Calderón les arrebató no sólo la candidatura, sino el gobierno federal, esa ultraderecha se negó a dejar el partido, el botín de una franquicia harto rentable, símbolo del poder real. La independencia que reclamaba -y que seguirá reclamando hasta marzo de 2008- el señor Espino, no era la independencia del partido respecto al gobierno panista, sino la independencia del grupo de la ultraderecha respecto del grupo de los doctrinarios. Esa ultraderecha que con Vicente Fox tuvo casi todo el control de los centros reales de poder, pretendió mantener sus cuotas de poder con el gobierno de Felipe Calderón. Pero los calderonistas no estaban dispuestos a ceder terreno, y en los últimos nueve meses, una vez con el poder presidencial en sus manos, gestaron una estrategia para recuperar el partido. Hoy recuperaron una parte mayoritaria, suficiente, al parecer, para que partido y gobierno caminen juntos. Oposición y gobierno Pero lo que en la estrategia del señor Manuel Espino era un señuelo en su disputa con el presidente Calderón, en la práctica, y entre el panismo de todo el país, es mucho más que una realidad. Es decir, que la septuagenaria cultura opositora del PAN, de apostolado por la democracia, no encuentra su correspondencia con una saludable relación de partido en el gobierno, y son muchos los que tienen miedo de un corrimiento hasta el extremo contrario; que el PAN se convierta en el partido del gobierno, en una copia del PRI, en los tiempos de la hegemonía presidencial priísta. ¿Cómo debe ser la relación entre el PAN y sus gobiernos, en los tres órdenes del federalismo, municipal, estatal y federal? Los políticos, líderes y gobernantes panistas no han sabido procesar esa encrucijada. Existen casos, como el de Guanajuato, en donde el partido se ha comportado a imagen y semejanza del viejo PRI. Un gobierno que desde el Ejecutivo impone cuadros, ordena líneas y dicta candidaturas. Ese esquema se ha reproducido en municipios y gobiernos estatales. A nivel federal, la administración de Vicente Fox hizo exactamente lo mismo. Sólo hay que recordar que desde sus tiempos de candidato presidencial, Fox y la ultraderecha lograron imponer a un dirigente del partido a modo: a Luis Felipe Bravo Mena, quien durante seis años estuvo al servicio del entonces presidente Fox. La misma fórmula la quiso seguir Fox para su "delfín", para Santiago Creel. Para ello fue llevado a la dirigencia del PAN el señor Manuel Espino, quien a pesar de que fue impuesto desde Los Pinos, con Calderón como nuevo huésped de la casa presidencial, sale con el cuento de la independencia del partido respecto del gobierno. ¿Cómo debe ser la relación del gobierno de Calderón con el PAN? ¿Deberá ser igual a la relación de Fox con el PAN? La respuesta a esas interrogantes es parte de la batalla que vivieron ayer los panistas en la Asamblea Nacional de León. ¿Qué fue lo que pasó? Que una buena parte del panismo entendió que el más importante cargo de elección popular, el de presidente de la República, debe erigirse en el eje articulador del partido, sobre todo en la tarea de convertir en políticas públicas los postulados del partido. Pero al mismo tiempo, no le entregan a Calderón el control total, sino que en el interior del nuevo Consejo Nacional, se provocaron equilibrios que permitirán no sólo el reparto equilibrado de posiciones de poder, sino de responsabilidad. En pocas palabras, que las minorías no fueron arrasadas -sean o no de la ultraderecha, de los doctrinarios o de los neopanistas-, y que serán factor fundamental de equilibrio. Por sí solos, ni "calderonistas", ni "espinistas", ni "santiagos" -entre otros de los grupos que se han formado en el PAN- podrán sacar adelante los cambios y reformas que reclama el partido, y menos regatear o regalar los apoyos que requiere el gobierno de Calderón. Será necesario el acuerdo, la negociación, el pacto, a cambio de espacios reales de poder, en tamaño e importancia equivalentes al tamaño de cada uno de los grupos en disputa. Ese parece haber sido el saldo positivo de la Asamblea Nacional de León, más que el control mayoritario de los felipistas. ¿Felipista, el nuevo dirigente? Otra de las definiciones que parecen haberse resuelto ayer en León -por cierto, la Asamblea Nacional se llevó a la cuna del foxismo, a uno de los más duros centros de poder de la ultraderecha, como marco del control que intentó retener el señor Espino-, es el perfil del que sería el nuevo dirigente del PAN para marzo de 2008. El señor Manuel Espino jugaba hasta la mañana de ayer -antes de los abucheos e insultos-, con dos posibilidades. La reelección como presidente del partido o la proyección de uno de sus leales, perteneciente a la ultraderecha, sino es que del propio Yunque. A su vez, entre el primer círculo del felipismo se ha corrido la especie de que el nuevo dirigente del partido deberá ser uno de los leales al presidente Calderón. Se menciona con insistencia, incluso, a César Nava y a Germán Martínez Cázares, los dos no sólo influyentes "hombres del presidente", sino colaboradores del gobierno federal. Pero a partir de la nueva correlación de fuerzas que dio origen al Consejo Nacional del PAN, son muchos los que creen que sería una mala señal para el partido sacar a uno de los colaboradores del gobierno de Calderón para llevarlo a la dirigencia nacional del PAN. La confirmación de esa hipótesis, la de impulsar a César Nava o a Germán Martínez, dicen no pocos panistas, sería la confirmación de que el presidente Calderón quiere convertir al PAN en "partido del gobierno". Y eso es casualmente lo que rechazaron muchos asambleístas y a lo que se oponen consejeros electos. Por la salud del partido y a partir de los nuevos equilibrios -y hasta por razones de imagen-, explican, es necesario que el nuevo presidente del PAN no salga de entre los colaboradores del presidente Calderón. Y no se objeta que sea un político panista doctrinario, tampoco que sea identificado como del grupo de Calderón. Lo que se cuestiona es que salga de Los Pinos o del gabinete, para llegar a la presidencia del partido. Cambio de estatutos Hasta hace una semana, la guerra que muchos auguraban en la asamblea que ayer se llevó a cabo en León, era de pronóstico reservado. La razón es que los estrategas de Manuel Espino habían previsto empalmar la asamblea ordinaria -para renovar al consejo- con una extraordinaria, prevista para modificar los estatutos, sobre todo en lo relativo a las reglas para elegir a los aspirantes a puestos de elección popular. Los espinistas pretendían que esos cargos fueran asignados luego de una elección abierta a toda la ciudadanía, y no a militantes y adherentes, como lo establecen los estatutos. La razón para este cambio es que la ultraderecha tiene su popularidad entre ciudadanos en general, y no entre el panismo doctrinario, que compone una buena parte de la militancia del partido. Al final de cuentas, y luego de un intento de albazo del señor Espino, la víspera de las pasadas elecciones de Yucatán, prevaleció la sensatez y se decidió dejar para mejor ocasión el debate relativo al cambio de estatutos. Esa maniobra fue la primera señal de que Manuel Espino sabía que en la asamblea de León no las tenía todas consigo. Pero además, el cambio estatutario que proponía el dirigente no era más que una modificación en el método de reparto del poder, en un partido que es ya una fuente real de poder. Los cambios que en realidad resultan urgentes, tienen que ver con la mudanza que requiere en su estructura de mando y de atribuciones un partido político que nació desde abajo, desde los núcleos opositores en todo el país, y cuyo edificio operativo fue creado para eso, para ser un partido opositor, en donde el jefe de la organización partidista no tenía más poder por encima, y mucho poder hacia abajo. Hoy el presidente del partido tiene a alcaldes, jefes parlamentarios y gobernadores, cuyo poder real es de mayor peso específico que el del presidente del partido. Y por si hiciera falta, con Calderón, más que con Fox, el PAN y su presidente tienen un poder mucho mayor, el del presidente de la República, que reclama una innegable jerarquía. Ese parece ser el problema real, como conciliar y hacer efectiva y operativa la relación entre el partido, su dirigencia, y el jefe del gobierno y del Estado. ¿Es posible suponer que el jefe del partido deberá estar al mismo nivel del jefe del gobierno y del Estado? O en sentido contrario, ¿sería saludable que el jefe del gobierno y del Estado también lo sea del partido? Que el partido se subordine de manera incondicional al jefe de las instituciones y del gobierno. Esas son las reformas que reclaman los estatutos del PAN. Por lo menos en la nueva composición del Consejo Nacional panista queda claro que se expresa el liderazgo del presidente Calderón en su partido, pero parece saludable el surgimiento de grupos, "tribus" y corrientes que rompan la polarización entre derecha y extrema derecha, entre calderonistas y espinistas, que son llamadas a procesar intramuros las diferencias, los problemas y los cambios. Nadie le entregó a Felipe Calderón un cheque en blanco. En el camino Los gobiernos capitalino y federal parecen tomarse poco en serio la aparición, el pasado viernes, de mantas alusivas a la lucha entre bandas del narcotráfico -en pleno Periférico-, de granadas y narcomensajes en estaciones del Metro. "No pasa nada", dicen. Lo mismo ocurrió hace años o meses en entidades donde hoy la violencia del narco ha sentado sus reales. Está claro que se pretende crear un clima de temor entre la población -que no podía estar ajeno a las tripuladas movilizaciones de la CNTE-, pero también es cierto que el Distrito Federal es uno de los mayores centros de consumo de drogas en el país. Y no verlo, no aceptarlo y no reaccionar a tiempo costará muy caro a todos. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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