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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
27 de mayo de 2007

Cuentan que sus ventanas estaban cubiertas por cortinillas oscuras a la manera de una carroza fúnebre. Quienes lo vieron alguna noche circular por la colonia Álamos, afirmaban que en su interior se alcanzaba a distinguir la misteriosa silueta de un conductor anónimo. Sin embargo nunca se supo de dónde provenía aquel vehículo que rondaba a veces lento, a veces como bólido, por las calles de aquel barrio. Con el tiempo, los vecinos lo reconocerían con un solo nombre, el del coche fantasma.

Continuando con esta serie de crónicas acerca de las leyendas urbanas que se han registrado en el Distrito Federal desde la segunda mitad del siglo XX, hoy nos ocuparemos de esta historia surgida a principios de los años 60 en la colonia que converge con el eje Central.

Aunque el mito del automóvil espectro es otro de esos cuentos que han sido olvidados en el imaginario colectivo capitalino, algunos lectores, colonos de la Álamos, nos han escrito para narrar anécdotas. aunque cosa curiosa, ninguno afirma haber visto con sus propios ojos al armatoste fantasmal. Casi todas son historias que pasaron de boca en boca y que como toda buena leyenda, le ocurrieron al amigo del primo de un conocido.

Se dice que el automóvil causante de las pesadillas de muchos era de color negro con algunos rastros de óxido. Circulaba sin placas y sin ningún tipo de calcomanías de registro o distintivos.

Casi nadie se pone de acuerdo en la marca del vehículo, pero según las descripciones se asemejaba a uno de los viejos taxis llamados "cocodrilos", aunque un detalle en el que coinciden todos los vecinos cronistas es que en la punta del cofre, a manera de adorno, exhibía la cabeza de una muñeca tuerta, misma que parpadeaba su único ojo bueno de manera terrorífica, cuando los neumáticos circulaban por el pavimento.

Los orígenes de la leyenda parecen haber surgido en 1959 en una cantina cercana al mercado de la Álamos, donde se cuenta, una noche se apareció a jugar baraja un fulano vestido de negro que exhibía una cicatriz. Quienes lo vieron llegar aseguran que su automóvil era el mismo que años después rondaría por la colonia.

Esa noche, el sujeto se hizo de palabras con otro parroquiano a causa de las apuestas en las partidas. En cierto momento le propinó tremendo puñetazo al susodicho, quien pasado de copas, sacó la tartamuda y le disparó a quemarropa al hombre de negro.

Llegaron las ambulancias, el agresor fue procesado por la policía y del balaceado no se volvió a saber más después de que fue llevado en camilla.

Hasta donde se sabe, el auto negro que conducía, quedó estacionado aquella noche afuera de la cantina. Pero cosa curiosa, a la mañana siguiente había desaparecido. Según cuentan, el extraño iba casi moribundo cuando fue trasladado al hospital por lo que era imposible que hubiese regresado durante la madrugada por su vehículo.

En las semanas y meses que siguieron, los borrachines asiduos a aquel local aseguraban haber visto al vehículo negro cruzar muy lentamente frente a la cantina. Los más imaginativos decían incluso que en su interior, aún con las cortinillas echadas, alcanzaban a divisar los ojos del conductor que eran como dos puntos rojos y luminosos.

La leyenda urbana continuó alimentándose en los primeros años de la década de los 60. Algún teporochito afirmaría tener en resguardo la carta de bastos que el misterioso balaceado sostenía al momento de ser atacado, y a la cual le salió una mancha negra que poco a poco cobró la forma de una bestia con colmillos y cuernos.

Al coche fantasma se le siguió divisando "de a oídas". Los supuestos testigos casi siempre eran niños traviesos que jugaban futbol callejero o ancianos que se divertían añadiendo nuevos capítulos a la leyenda.

El lector Antonio Mendoza dice que este cuento fue como las llamaradas de petate. Es decir, ardió fuerte por un tiempo, pero luego se apagó en la memoria de los capitalinos.

Por un tiempo se dijo que las calles de la colonia Álamos donde más avistamientos hubo del ente de cuatro ruedas eran las de Cádiz y Segovia. También se contó que el coche fantasma a veces aguardaba en una esquina con las luces apagadas y al momento que cruzaba algún parroquiano pasado de copas, arrancaba a toda velocidad para atropellarlo. ¿qué opinarían los expertos de Alcohólicos Anónimos acerca de esos métodos? homerobazan_df@hotmail.com

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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