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La raya de tiza
Le preguntaron un día a Rafael Alberti cuál era su recuerdo más antiguo de El Puerto de Santa María. “De El Puerto de Santa María recuerdo la casa donde nací, de la casa el patio, del patio una losa, de la losa una raya que tracé con tiza cuando era niño. Esa raya es lo que recuerdo”. Todos tenemos nuestra raya de tiza.
Tal vez la cita se aleja de la exactitud, pero es muy cercana a mi propio sentimiento, como si el poeta, marinero en tierra, hubiera descargado su memoria junto a la mía. Mi raya de tiza está en todos los huecos, tenderetes, agujeros del tezontle, hornacinas sin santo, zaguanes con aldaba, callejones por descubrir y en la esquina del Indio Triste con la Buena Muerte. Mi raya de tiza está donde aprendí a caminar, hablar, leer, sumar y restar, jugar el trompo y abrir un libro. Nada me es ajeno del centro histórico. Hace unos días, EL UNIVERSAL publicó las respuestas a una encuesta sobre cuál es el principal problema de la ciudad de México. El 62% de los encuestados dijeron que la inseguridad. El tema siguiente empataba en sólo 8% el desempleo con la economía. Difiero totalmente. Creo que el principal problema de la ciudad es la miseria de millones de personas que carecen de los servicios de drenaje, de electricidad, de transporte, de escuelas o medicinas. El desempleo y la economía son causa y consecuencia de pobreza, pero no son la realidad completa. Pondría yo como otra angustia latente la del agua. Este valle con 20 millones de habitantes no tiene manantial alguno.
Agrego otro fenómeno de enorme gravedad: la despoblación del centro histórico desde mediados del siglo pasado hasta la fecha. La gente se fue, como ocurrió en la ciudad india de Fatepur Sicri, suntuosa, intacta, nueva, abandonada cuando se agotó el agua. O Real del Monte, en México, cuyos habitantes la dejaron poblada sólo de fantasmas que buscaron en vano el último vestigio de plata en las vetas estériles. El centro histórico no sufrió el éxodo total como en esos dos ejemplos, pero la mudanza de cientos de miles de sus vecinos transformó su paisaje, su economía, su vida social… su vida. Primero se fue la Universidad al Pedregal de San Ángel. El barrio de San Ildefonso, que abarcaba 10 ó 12 manzanas superpobladas, quedó desierto. Se fueron más de 100 mil estudiantes, más de 50 mil maestros, investigadores, bibliotecarios y empleados administrativos. Y cerraron las fondas, los cafés de chinos, las taquerías, las cantinas y cervecerías, los billares, los libreros de viejo y de nuevo, los doctores especialistas en enfermedades secretas anunciados en todos los mingitorios del barrio, se fueron los boleros y cerraron casas de huéspedes, hoteles y hoteluchos y los cilindreros. Luego, La Merced. Se fueron los mayoristas a la Central de Abasto y 50 manzanas quedaron desiertas. Se fueron los que vivían encima de sus tiendas, los de los abarrotes, los de los chiles y jitomates, se fueron con ellos las mujeres recargadas a las puertas de los hoteles que fueron las primeras en regresar, se fueron los choferes de camiones, los mecapaleros y hasta los teporochos, se fueron los cantineros, los aboneros, el de las tortas y las jaletinas Rosa, se fueron hasta los carteristas y durante un tiempo sólo quedaron las moscas y las ratas.
Después se fueron las oficinas públicas. Primero la de Defensa y luego todas las demás. Hasta la Presidencia se fue y el barrio quedó desierto. Se fueron los escribanos públicos, los abogados de 5 de Mayo, coyotes y fotógrafos para credencial, se fueron los de las copias rápidas, los mecanógrafos de cualquier documento, los comederos de los burócratas, cambiaron su ruta los camiones de pasajeros, cerraron tiendas de ropa y el barrio se fue vaciando.
Las rentas congeladas. Los dueños no metieron un centavo al mantenimiento en las viejas vecindades. El deterioro expulsó una tras otra a las familias pobres y las calles se hicieron más solitarias.
Y luego el temblor que venció la terquedad de quienes se quedaron.
En 50 años el centro se despobló.
La escuela primaria República del Perú era, en mis seis años que coincidieron en la calle San Jerónimo con los de la Lázaro Cárdenas en Palacio Nacional, una escuela de 600 alumnos en una ciudad de un millón de habitantes. Hoy, con 20 millones de capitalinos, los escolares no llegan a la mitad.
La escuela secundaria No. 1, en la calle Regina, tenía, cuando yo estudié, de 1940 a 1942, más de mil alumnos en tres turnos. Hoy, cuando la ciudad tiene 10 veces más habitantes, la escuela tiene 60% menos alumnos. Ya no viven cerca.
En todas las ciudades del mundo la industria de la confección de ropa está en el centro, en la zona comercial, junto o sobre las grandes tiendas, donde los fabricantes entregan su producto fácilmente. Es una industria que no contamina y genera miles de trabajos. Después del temblor, el garment district del centro histórico revivió, pero los obreros y obreras que se fueron a ciudad Nezahualcóyotl o a los cerros de La Villa no han vuelto. No encuentran lugar para vivir cerca de sus talleres, viviendas adecuadas a sus necesidades y posibilidades económicas.
Y cuando ya no hubo clientes se fueron los bancos de Venustiano Carranza, 16 de Septiembre y Bolívar, cerraron las gloriosas academias Vázquez (cuatro pesos mensuales clase diaria de cualquier materia) y la planchaduría, y la señora que hacía trutrú, aplicaba inyecciones y vestía niños Dios y también el zapatero que ponía las suelas (previo descalce) mientras usted esperaba.
Y bajaron para siempre sus telones el Arbeu, el Fábregas, el Iris, el Colonial, el Follis.
Y los cines Mundial, Rialto, Goya, América, Olimpia, Palacio, Alameda. Todos. No quedó ninguno en el centro. Bueno, uno: el Teresa, joya del art decó, dedicado a la pornografía en una calle con vocación, la antigua San Juan de Letrán.
La asignatura pendiente es lograr que regresen los vecinos a vivir junto a sus fuentes de trabajo. Marcelo Ebrard, el jefe de Gobierno del Distrito Federal, anunció que hará 10 nuevas expropiaciones en el centro histórico. Debe dárseles un destino lógico, útil: habitaciones cercanas a las fábricas, oficinas, bancos nuevos, escuelas. En el sexenio anterior se ofrecieron estímulos fiscales y facilidades para construir edificios de cuatro a cinco pisos. No llaman la atención porque no son ostentosos, usted pasa sin verlos, pero han surgido en distintos lugares de la zona. De esa altura no requieren elevador, que encarece la construcción, el mantenimiento y la renta. Es indispensable construir edificios de este tipo a distancias caminables de 20 de Noviembre o Fray Servando para los de la confección, cerca de los mercados para los comerciantes modestos, no lejos de las zonas turísticas para recamareras, meseros, ayudantes de cocina y mozos de restaurantes y hoteles. Se trata de ahorrarles cuatro horas diarias desperdiciadas en transportes y el gasto correspondiente.
Ese tiempo pueden dedicarlo a su familia, al estudio o al descanso. Y ese dinero les hace falta. Y a medida que se rehabite el centro histórico, las familias volverán a llenar las escuelas que los están esperando con toda su infraestructura intacta, harán que vuelvan las fondas y los cines y los teatros. La gente en el parque. La familia en su mesa.
Y muchos niños tendrán tiempo y lugar para pintar su raya de tiza.
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