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Pronostican terribles tormentas
Domingo 8:30 a.m. Café, pan y una noticia estremecedora. Leo en la sección DF de EL UNIVERSAL que diecisiete tormentas tropicales impactarán la ciudad de México ocasionando inundaciones. La fuente más que autorizada de este vaticinio bíblico es el señor Brizuela, secretario de Protección Civil del gobierno capitalino. Según el pronóstico de Brizuela, este año habrá siete tempestades más que el promedio histórico: “Esto puede provocar que enfrentemos una temporada de lluvias muy intensa y estamos preocupados”. Estimado señor Brizuela: deje usted de preocuparse y empiece a ocuparse del problema. Comprar un pent-house no está de momento entre nuestros planes, nos queda la tlapalería: sacos de arena, linternas, botas de hule hasta las rodillas, una compresora para dragar la sala y el comedor si fuera el caso, que lo será según Brizuela. No sé si debemos hacer un esfuerzo económico y comprar en una tienda deportiva una lancha inflable, como las que usan los náufragos, para trasladarnos a la cocina cuando los aguazales desborden los dos escalones que separan a la calle de la casa de usted. Estaba a punto de olvidarme de los remos, sin ellos vagaríamos a la deriva cerca del litoral de la sala. No sabemos qué hacer con los muebles, si venderlos en una venta de garage o resignarnos a perderlos en la inundación. Me inclino por la primera opción, pero las fuerzas opositoras se han unido en el Congreso de los Pérez y quieren conservar nuestros enseres contra viento y marea. Allá ellos.
Domingo 9:00 a.m. El vocero del Servicio Meteorológico Nacional discrepa de Brizuela. El señor Albarrán asegura que “no se esperan tormentas, ni se prevé la ocurrencia de desastre en el centro del país: Viene una temporada de lluvias normal. El pronóstico no es malo, grave ni peligroso”. Estimados señores Brizuela y Albarrán: pónganse de acuerdo sobre “la ocurrencia del desastre”, ocurre o no ocurre, decídanse. Uno afirma que viene el diluvio y otro que con un paraguas libramos sin mayor contrariedad la temporada. No pretendo colaborar al descrédito del Meteorológico, pero cuando vaticina una tarde de sol sobreviene un aguacerazo de pronóstico reservado. Protección Civil del DF ha detectado 28 puntos de la ciudad en donde podrían ocurrir inundaciones y 322 en donde pueden presentarse encharcamientos de consideración. Busco la zona en la que vivo. Me perturba que no aparezca entre los puntos neurálgicos de las inundaciones. La última vez que se precipitó un aguacero en la colonia Condesa, los vecinos se pasaron dos días paleando granizo dentro de sus casas. De inmediato agrego a la lista de necesidades las palas. Apunto: dos palas y un azadón. Nunca está de más un azadón.
He recordado un párrafo de Manuel Gutiérrez Nájera escrito en el año de 1881 en el cual se refiere a la lluvia en la ciudad. Lo voy a transcribir antes de que el agua y la humedad destruyan mi ejemplar de las crónicas del Duque Job: “Nunca he podido comprender la conveniencia de que llueva en las ciudades. Debe ser esto nada más un medio de la Providencia para abatir el orgullo del Ayuntamiento. Que llueva en las ciudades populosas es verdaderamente incomprensible, a menos que en los altos juicios de la Providencia entrase el que brotasen flores en los sombreros de copa y fructificasen tropicalmente las levitas”.
Domingo 10:30 a.m. Brizuela nos guardaba una sorpresa. Resulta que el sistema de desagüe de la ciudad acusa debilidad extrema: “No está tapado, pero las paredes del drenaje profundo están adelgazadas. Con la presión del agua podrían romperse y provocar inundaciones como las que ocurrieron en las colonias Santa María o Tulyehualco. El gran canal del desagüe ha perdido inclinación por asentamientos del suelo y las presas están azolvadas”. ¿El drenaje adelgazó?, ¿las presas están azolvadas?, ¿así nada más? Vaya, qué bien. Añado de inmediato a mi lista ocho sacos de arena, tres lanchas más y seis linternas.
No quisiera alarmar a nadie, pero esas mismas palabras las pronunció Enrico Martínez en 1629 cuando construía el primer desagüe de la ciudad, en Nochistongo, y la capital quedó bajo el agua durante cinco años. Me adelantaré a los hechos y escribiré el principio de una crónica futura: El 15 de junio un torrencial aguacero descargó sobre el Valle de México la más copiosa precipitación pluvial convirtiendo a la capital y varias delegaciones en un inmenso lago. La inundación, una de las más desastrosas que han ocurrido en el DF, causó pérdidas incalculables. Muchos habitantes de la ciudad se fueron a vivir a Alpuyeca, la producción de cecina de ese pequeño poblado resultó insuficiente para alimentar a los migrantes. (A partir de esta semana, esta columna se publicará quincenalmente en este mismo espacio. Escribiré además los miércoles de cada 15 días en las páginas de opinión de EL UNIVERSAL.)
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