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Han pasado siete décadas desde que se realizara una de las más importantes huelgas de transporte público en la ciudad de México, por causa del aumento en la gasolina, situación que creó nuevos índices para medir la inflación con base en el precio de un insumo básico. ¡Si sube la gasolina. sube todo!, gritaba por esos tiempos un líder de la unión de ruleteros, quien instaba a la ciudadanía en general a unirse al movimiento de huelga que afectó a la ciudad entera. Durante varios días, las largas hileras de autos estacionados fue cosa común en la capital, después de todo no bastaba con que gran parte del negocio de la gasolina estuviese controlado por las empresas estadounidenses, ahora se trataba de igualar los precios con los del país del norte, incrementando el costo del litro de 16 a 21 centavos. El problema era que el Ayuntamiento no permitía el aumento en las tarifas para los trabajadores del volante, y en adelante deberían conformarse con ganar menos y gastar más para mover sus carcachas. El 21 de febrero de 1935, el paro de transportistas dio inicio, seguido de una gran manifestación en la que hubo fuertes enfrentamientos con la policía, resultando heridos más de 40 miembros de la unión. Al día siguiente, los incidentes se convirtieron en la noticia de ocho columnas de todos los diarios. Pocos días después, otra gran manifestación comenzó en la esquina de avenida Juárez y Bucareli, donde los taxistas estacionaron sus vehículos para impedir la circulación y marcharon junto con otros transportistas y miembros de la Asociación de Estudiantes Revolucionarios hacia el zócalo, para gritar sus reclamos. Si el término mano dura se ha aplicado a los tiempos modernos, antaño, sin cámaras de televisión, los cuerpos policiacos no se andaban con rodeos y sosegaron a macanazo limpio a los quejosos, sin importar que hubiese niños y mujeres. Por si esto fuera poco, para impedir futuros levantamientos, un vocero del Ayuntamiento leyó muy obediente un recado de sus jefes en el que advertían que se usaría todo el peso de la ley contra todo aquel que atentara contra el orden público. Mientras tanto, los que más resentían el argüende eran los capitalinos, quienes atiborraban los escasos camiones y tranvías, y pedían aventón en las principales avenidas. Algunos esquiroles traidores del grupo de ruleteros trataron de sacar provecho de la situación, y circulaban con sus coches por el primer cuadro, ofreciendo al doble la dejada, sin embargo, más pronto que tarde fueron aplacados por sus compañeros, quienes fueron acusados de sostener una mafia. Días más tarde, en un mitin afuera de la Secretaría de Economía, cuyo ministro en ese entonces era Primo Villa Michel, los taxistas gritaron durante horas su nombre, exigiendo justicia para su causa. Uno de los líderes leyó un discurso con altavoz en el que afirmaba textualmente que "les venían guangos los pretextos de las compañías petroleras que decían gastar más en pagar salarios mínimos y por ello aumentaban sus precios desestabilizando al país entero". Aquel día, otro violento incidente tendría lugar entre policías y taxistas con pedradas, palos y macanazos, dejando un grave saldo de heridos de ambos bandos. Varios transportistas fueron encarcelados, y en uno de los procesos judiciales más ágiles de que se tenga memoria, cinco de ellos fueron procesados y enviados a las Islas Marías. La indignación general comenzó a caldear los ánimos en varios sectores de la sociedad. Pronto, con el incremento de la gasolina, los productos básicos también subieron y otras protestas surgieron entre la población. En cuanto a la unión de transportistas, rechazaron varias ofertas de incremento a sus tarifas que tan sólo trataban de tapar el ojo a la mosca. El gremio pasó el sombrero para ayudar a las familias de los compañeros presos, e hizo pública una nueva carta al secretario de Economía, en que lo vinculaban al árbol genealógico del aborrecido señor de los infiernos. Sin embargo, no todo fue en vano. En adelante, antes de realizar algún nuevo incremento al transporte, la gasolina, los productos básicos o los bienes y servicios, la Secretaría de Economía aprendió a distraer la atención con algún argüende anexo, partido de futbol, etcétera. Quizá la nueva modalidad, como pudimos verlo en el incremento del precio de la tortilla, sea quedarse calladitos y dejar que los documentales del Discovery Channel expliquen el proceso cómo las industrias gringas crean combustible limpio y efectivo a costa del hambre de muchos. ¡bendita televisión! homerobazan_df@hotmail.com
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