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    La ciudad de ayer
Homero Bazán
06 de mayo de 2007

No eran ni carpa ni teatro, tampoco cine o auditorio, y, sin embargo, en medio de esa ambigüedad, los salones de variedades atraían a miles de capitalinos cada año, y desde finales del siglo XIX se convirtieron en verdaderos epicentros sociales a donde acudían las familias capitalinas de clase media que aspiraban a codearse con ese círculo afrancesado que Porfirio Díaz había impuesto como modelo civilizatorio.

Ya entrado el siglo XX, no había mejor lugar para celebrar las fechas especiales que estos recintos, donde las galas remendadas de los capitalinos que se reponían del periodo revolucionario, hacían su entrada en la alfombra roja. No importaba que aquel vestido de imitación tuviera un parche por aquí y un imperdible por allá, al cruzar el umbral de esos salones, la pobreza se extinguía y los ornamentos creaban la ilusión de prosperidad.

En el nunca bien ponderado Día de las Madres, salones, como el ya legendario Palacio encantado de Henri Moulinié, desplegaban todo un programa de espectáculos para halagar a las "reinas del hogar".

Por cierto, se dice que esta última frase, tan gastada posteriormente en los anuncios de lavadoras, fue acuñada precisamente en este sitio durante la función de un cantante de voz aterciopelada, que se refirió a las madrecitas con este término, e incluso remató nombrándolas "emperatrices de la ternura".

Desde días antes, los anuncios desplegados afuera de los salones instaban a apartar los lugares, y entre cada recinto se iniciaba una guerra de promociones en las que se ofrecían regalos, rifas, la visita de algún actor de cine, o bien, un abultado programa en el que había desde magos, grupos de danza, hasta cantantes que eran la versión capitalina de aquel jovenzuelo de nombre Frank Sinatra.

Por aquellos años, durante una de esas funciones especiales, muchos recuerdan cuando dos salones de variedades anunciaron en su cartelera el mismo día, la presencia del galán del momento, José Bohr, quien promocionaba una película romántica al lado de Delia Magaña.

Las largas filas de madrecitas, ávidas de fantasear a través de aquel labregón lo que hubiese sido su vida de no haberse topado con el inútil que tenían en casa, se extendieron en ambos recintos por varias cuadras.

Al final, a causa de la demanda de autógrafos, abrazos y besos que la estrella tuvo en el primer salón, no pudo cumplir con el compromiso del segundo. Según las fuentes, al correrse la voz, ardió Troya entre las indignadas damas que lo esperaban a escasas cuatro cuadras.

Por lo general, los salones recibían a sus asiduas clientas con una rosa, misma que esperaba sobre su butaca. En los vestíbulos se servía a la manera inglesa, té y galletas, mientras que los boletos de la rifa del final del día se pegaban en el programa individual con un pétalo de flor adicional.

Al abrirse el telón, una pequeña orquesta acompañaba cada acto, que por lo general comenzaba con un malabarista, un entrenador de perros que bailaban ballet o un hechicero con turbante que ponía a volar palomas blancas por todo el lugar.

Poco después hacían su aparición las imitaciones de los bailes europeos o bien extractos de famosas obras de ópera, que eran interpretadas para la ocasión por tenorcillos y sopranos recién salidos de la academia.

No podía faltar el bailable de niños, mismos que habían sido inscritos por sus mamás semanas antes, y que ataviados con trajes de angelitos y hadas, les recordaban con una canción recitada lo mucho que las querían. Con el tiempo, aquel eurocentrismo un tanto cursi, fue reemplazado por las modas americanas, y, ante la falta de clientela, los salones de variedades comenzaron a desaparecer.

No más alfombras rojas, cortinas, tapices o galletas con té. En algunos recintos, los más afortunados, se retiraron las butacas y se convirtieron en salones de baile que difundían bailes de moda y ritmos de Estados Unidos como el jazz.

En otros se optó por seguir el negocio de la carpa, y aunque hubo un pequeño despunte, al poco tiempo los números rojos retornaron implacables. Aquellas madrecitas tuvieron que conformarse con mirar a sus actores favoritos en las pantallas, y en cuanto a todos los géneros artísticos como la ópera o la danza, que eran difundidos de forma elemental, fueron dejados para las élites y mitificados, cual liturgia de ricos que podían gastarse una quincena en un par de boletos del Palacio de Bellas Artes. las cosas no han cambiado mucho.

homerobazan_df@hotmail.com

 
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PERFIL
 
Presentar a la sociedad una manera diferente de ver los barrios y la gente que habitó en ellos desde el siglo XIX hasta 1960 es el principal objetivo de Homero Bazán, quien es columnista de EL UNIVERSAL desde julio de 1999 y cursó la carrera de Filosofía y Letras.
 
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