|
La campaña del terror
Los medios están viviendo una nueva forma de inducción y manipulación, pero ya no del gobierno como antaño, sino de los cárteles de la droga Cuando el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, equiparó hace unos días en el Congreso el formato de los videos de los interrogatorios de narcos en Veracruz con videos de las ejecuciones en el Medio Oriente, no pocos se rieron de él. Pero una observación más fría permitiría encontrar algunas similitudes que obligan a la reflexión. Por ejemplo, el video que se transmitió en eluniversal.com.mx y en youtube.com el pasado 2 de abril con la leyenda "haz patria, mata a un zeta " evoca la ejecución del corresponsal del The Wall Street Journal en Pakistán, Daniel Pearl, en 2003, cuya reconstrucción del crimen, escrita por el filósofo Bernard Henry-Lévy en Le Monde , describe que "busca con furia el aire en su laringe despedazada. Y el movimiento ha sido tan violento, tan fuerte, que se suelta de las manos, grita como un animal y se derrumba, entre estertores, sobre los charcos que forman su sangre". Espantoso, pero eficiente. Balazos y degollados, enemigos en aquella parte del mundo, y sicarios del narco y policías municipales en México. Sin ser lo mismo, el resultado es igual. Es una estrategia de terror, cuyos objetivos, como dijo García Luna, son intimidar a sus rivales con acciones de alto grado de violencia (justicia divina: el Ejército estadounidense perfeccionó el método en Vietnam y lo exportó a Centroamérica), atemorizar a la ciudadanía para crear una base social por miedo e intimidación para generar espacios de impunidad (casi 5% del territorio nacional pertenece a los cárteles), inhibir a las autoridades para obligar al repliegue de sus operaciones (la presión social y mediática para suspender los operativos), y producir una contracultura en la que el narcotráfico es sinónimo de éxito y poder (los narcocorridos). Desde hace varios años el video ha sido un vehículo de comunicación política muy poderoso y persuasivo. En el campo del terrorismo se inició con jóvenes palestinos que mostraban su fortaleza moral y convicción religiosa mientras se pegaban alrededor del cuerpo las cargas explosivas que minutos después harían detonar en lugares públicos repletos de israelitas. Tras los atentados terroristas de 2001 en Estados Unidos, y la invasión de Afganistán e Irak, la intimidación y el terror introdujeron la modalidad visual de las ejecuciones, o imágenes insultantes como la de los primitivos abusos estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib. Parecemos lejos, pero estamos muy cerca. También es nuestra realidad. En estos días está circulando un video a través de correos electrónicos, que es la presunta confesión de un sicario contra Joaquín El Chapo Guzmán y uno de los operadores más importantes del cártel de Sinaloa, Ismael El Mayo Zambada, y funcionarios del gobierno de Baja California, que dice están relacionados con ellos. Lo han enviado a Televisa, TV Azteca, la cadena estadounidense NBC, Zeta de Tijuana, la oficina del FBI en San Diego y a varios periodistas de medios electrónicos, pero aún no ha sido difundido. Esto no es nuevo. Si algunos medios, por decisiones particulares, deciden no transmitir alguno, ven cómo se lo plantan a un competidor, que sí lo hace. Los cárteles nos tienen tomada la medida, hambrientos todos de la exclusiva trascendental. En momentos donde todo circula en tiempo real, en los medios nos encontramos en la encrucijada de perder o no ese tipo de información. Cierto: somos prisioneros de la narcocomunicación. La campaña del terror, según García Luna, comenzó el 1 de diciembre de 2005 con la difusión de un video en el portal del periódico The Dallas Morning News de cuatro zetas que estaban a punto de ser ejecutados. Días después, EL UNIVERSAL completó lo que no había hecho el diario tejano, al difundir el video entero donde se aprecia cómo a uno de ellos le disparan en la sien y se le va aflojando el cuerpo mientras un hilo de sangre corre hasta formar un charco. El video en EL UNIVERSAL tuvo más de 140 mil impactos en internet, lo que demostró que, en efecto, había un público para este tipo de materiales. Pero el parteaguas de la estrategia mediática, dijo García Luna, se dio el 20 de abril del año pasado en Guerrero, cuando aparecieron las cabezas de dos policías municipales clavadas frente a la representación de la Secretaría de Finanzas del estado, con la leyenda: "Para que aprendan a respetar". Cuatro días después apareció el video de un enfrentamiento en Acapulco entre la policía municipal y Los Pelones, sicarios del cártel de Sinaloa, quienes ante la cámara fueron ejecutados. Los policías cuyas cabezas habían aparecido días antes, se supo luego, habían sido los victimarios. La narcocomunicación había pasado la prueba de ácido. El formato de los videos tiene, en efecto, similitudes con los que se difunden en el Medio Oriente, aunque las ejecuciones sean regularmente en Pakistán y Afganistán: los captores encapuchados y armados, las futuras víctimas sentadas en el suelo con los brazos amarrados por atrás, sin mayor escenografía ni referencias que permitieran ubicar por la vegetación o la humedad en dónde pudo haber sido grabado, y con pantallas bordeadas por negros. Quienes van a morir son interrogados por uno de sus captores que no se ve, y aunque ya han sido torturados previamente, son nuevamente golpeados. Visto superficialmente, uno podría ver sólo cómo recibe los golpes en la cara, se bambolea su cabeza y regresa a posición, mientras sigue respondiendo preguntas y se muestra paciente ante su inminente muerte. Lo más probable es que esté profundamente drogado, puesto que no podría soportar la intensidad de los golpes sin mostrarlos en los gestos o desplomarse por el desgaste físico, ni enseñar un rostro frío, como inconsciente de su próxima muerte. Pero la repetición de los golpes, pese a que se sabe que van a ser ejecutados, es lo que se va quedando en la mente de quien observa el episodio, y le va inyectando terror. ¿La mutilación? La audiencia no lo sabe, pero las cabezas con cortadas después de muertos, sirven para el efecto escenográfico del terror. Esta parte sustancial del estudio de García Luna quedó reducido a la banalidad, sin que, cuando menos en los medios, se provocara a la reflexión si no estamos a tiempo de aportar nuestra parte a combatir al narcotráfico, aun a costa de ratings y circulación, y dejar de servir de promotores de la violencia de los cárteles. La supresión de esos materiales no sería un acto de autocensura, sino de responsabilidad social. La desaparición de espacios prominentes en los medios para esos videos o fotografías con cabezas rodantes no significará tampoco que el problema deje de existir y que desaparecerán los ejecutados, pero sí haría frente a la estrategia mediática en la que nos metieron los cárteles, quizás, sin darnos cuenta todavía. También dejaríamos de estar presos de los narcotraficantes y contribuiríamos a ubicar esta guerra en su justa y siempre peligrosa dimensión. rriva@eluniversal.com.mx r_rivapalacio@yahoo.com
|