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    Desde la Casa Blanca
José Carreño
29 de abril de 2007

WASHINGTON.- A 19 meses de que termine su gobierno, el presidente George W. Bush enfrenta ya los efectos políticos de la creciente impopularidad de la guerra en Irak y la visión no es agradable.

Dicen los clásicos, por no decir los lugares comunes, que una victoria tiene mil padres pero una derrota es huérfana, y que las ratas abandonan el barco cuando está en proceso de naufragar.

Y ambas imágenes hacen pensar en la situación actual del gobierno Bush, que está ahora entre los más impopulares de los tiempos modernos y enfrenta la deserción, por no decir la traición, de algunos que figuraron entre sus más fervientes partidarios cuando las cosas iban bien.

El último capítulo de esa historia fue escrito por George Tenet, ex director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que ahora se queja de que sus expresiones -usadas luego como justificación para la guerra- fueron tomadas fuera de contexto y aun malinterpretadas dolosamente.

Claro. Esto lo hace en un libro que apareció el lunes pero que ya creó noticia: la guerra contra Irak fue decidida sin que hubiera un debate interno.

Tenet debe saberlo: estaba ahí presente, pero no tuvo problema para quedarse. Entre tanto algunos, como el ex embajador Joseph Wilson y el ex inspector Scott Ritter, fueron cuestionados como antipatriotas y, en el caso del segundo, hasta como persona al servicio del gobierno de Saddam Hussein.

Otros, como el general Eric Shinsheki, se retiró prácticamente en desgracia por el pecado de indicar que la guerra estaba mal planeada, mientras el general Colin Powell hizo de tripas corazón y se sostuvo en lo que fue un inefectivo Departamento de Estado hasta el final del primer periodo de Bush.

Los disidentes, incluso en la prensa estadounidense, eran antipatriotas o imbéciles.

Era el momento en que los neoconservadores, encabezados por el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, volaban alto. Tanto que dictaban política con un Congreso que, dominado por los republicanos, y específicamente la derecha republicana, era un respaldo absoluto.

Y los demócratas, con excepciones, iban de la mano mientras la opinión pública parecía entusiasmada por una guerra que no sólo les parecía justa sino que fue vendida como respuesta y solución a la amenaza del terrorismo.

Hoy la política del gobierno Bush respecto a Irak parece en ruinas y su partido enfrenta el creciente rechazo popular mientras los neocoservadores tratan de justificarse alegando que las cosas no se hicieron bien y los conservadores se quejan de que George W. Bush no fue suficientemente conservador.

Por su parte, los demócratas tratan de olvidar o piden disculpas por haber estado de acuerdo con la guerra; la prensa entona mea culpas y la opinión pública dio un viraje completo.

Al final, esa es la naturaleza de la política.

 
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José Carreño es uno de los más destacados corresponsales en Washington, con casi dos décadas de trabajar en esta ciudad.
 
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