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La Turquía laica ante Erdogan
El Primer Ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, del Partido de la Justicia y el Desarrollo (islamista), el hombre más votado en las últimas elecciones, ha tenido que renunciar a su proyecto primordial: ser residente de la república. La renuncia obedece a una realidad histórica: las manifestaciones públicas en contra y la posición del Ejército, guardián de la República y de la herencia laica que dejara, tras sí, esa extraordinaria personalidad turca que se llamó Mustafa Kemal (de ahí el “kemalismo”) Ataturk, “el padre de la Turquía moderna”. En otras palabras, el hombre que dejó atrás la memoria del califato o si mejor se quiere del Imperio otomano y dio el paso adelante para constituir la república turca moderna. La cuestión, es decir, la elección para el puesto de presidente no es problema menor. El jefe del Estado actúa como equilibrio entre el gobierno y el Ejército. Éste tiene a su cargo la defensa de la laicidad republicana en una sociedad islámica. Ese punto de equilibrio es esencial porque Turquía (774,820 Km2; 75.2 millones de habitantes y 5 mil 130 dólares per cápita según The Economist en su The World in 2007) desde 1987 ha elevado su solicitud para ingresar en la Unión Europea. Situada, geográficamente, entre Europa y Asia, su acceso a la Unión sería la última y decisiva victoria de Kemal Ataturk. No obstante, los problemas no han desaparecido. Turquía ha realizado, cierto, un esfuerzo notable para adaptarse a las premisas europeas. Eliminación de la pena de muerte, reconocimiento de los derechos humanos, tal como los convoca la Unión Europea y, además, reconocimiento legalizado de la minoría kurda. El dilema de los últimos años ha sido la aparición de un partido islámico fuerte que, en el cuadro internacional, no ha podido eliminar, del imaginario colectivo, la crisis de Irak (pese a ser Turquía un bastión central de la Organización del Tratado del Atlántico Norte) que plantea no sólo los dos grandes brazos del Islam frente o ante la intervención de EU, sino el de los kurdos en Irak y la dimensión que tendrán en el futuro en un país que tiende a divisiones violentas entre sunnitas, chiítas y kurdos. A ello se añade el abandono de Turquía por su Premio Nobel de Literatura que, sin duda, había colocado al país en un espacio nuevo (la memoria exaltante de Estambul) y que, ante la intolerancia, se ha marchado de un país extraordinario y dividido. El pleito se ha cerrado, para Erdogan, al ceder, a su ministro de Exteriores, Abdula Gul, la candidatura presidencial. Éste aparece, ante la sociedad, como más europeísta y moderno. El problema de fondo permanece. Olivier Roy en un libro titulado La Turquie Aujord´hui, un pays europeen? (La Turquía de hoy, ¿un país europeo?) evoca, con talento, esas contradicciones arrancando de la I Guerra Mundial, la fundación de la república y la creación del Estado Nación abandonando los territorios que fueran parte histórica del Imperio Otomano. No hay que olvidar que Inglaterra, ante el dominio de aquel Imperio en el Oriente Medio, suscribió con los árabes un Tratado para crear, después de la guerra, “una nación árabe independiente” si los árabes ayudaban a Inglaterra contra las tropas turcas en la región. Inglaterra no cumplió el convenio y firmó, con Francia, un Tratado secreto (Sykes-Picot) para dividirse el Oriente Medio en “zonas de influencia”. En ese marco, Kemal Ataturk salvó al país del derrumbe y creó la Turquía actual. Recientemente, ante la posible criminalización, en el Código turco, en contra de las mujeres adúlteras, la protesta europea fue muy firme y tuvo que eludirse esa posible proposición islámica. En consecuencia, hay que ser objetivos y prudentes en los juicios y asumir que, con la renuncia de Erdogan, la Turquía laica defiende el kemalismo fundacional. alponte@prodigy.net.mx
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