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En general, los libros están hechos hoy para no durar. Por sus características físicas, las ediciones resultan efímeras. Los libros no resisten a veces ni siquiera una lectura y quedan listos para el kilo, ello a pesar de que ciertos lectores cuidamos, con cierto fanatismo, de no maltratarlos, de no doblarlos, de no abrirlos demasiado, en fin de no hacerlos cisco mientras los leemos. Por eso me parece lamentable que la bella edición conmemorativa de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (publicada por Alfaguara, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, e impresa en marzo de 2007 en los talleres gráficos de Printer Colombiana S. A.), tan sólo esté pegada (esto es, encolada) y no cosida en pliegos. Nada diremos ahora de los prólogos, epílogos, notas y glosario, que parecen prometedores y que habrá que leer para justipreciarlos, pero apena que una edición conmemorativa de la importancia de Cien años de soledad vaya a deshojarse en breve. Se argumentará, quizá, que se hizo así para poder dar un precio más bajo al lector y también para tener el libro más rápidamente. Pero nada de esto consuela a un biblioadicto. Respecto del primer argumento, baste decir que la edición conmemorativa del Quijote sí está cosida en pliegos, además de pegada, y que, en general, las ediciones de la Real Academia Española (que también circulan bajo los sellos de Santillana o Espasa) están cosidas y pegadas como corresponden a libros que deben durar, leerse y consultarse múltiples veces. Por otra parte, según la información que se ofrece al lector en el colofón (que también es página legal), esta edición de Cien años de soledad se imprimió en Colombia, pero no se dice si en Bogotá o en Cartagena o en Medellín (¿o habrá sido en Macondo?). Esto podría parecer intrascendente, pero no lo es: en los años por venir, a los lectores e investigadores les gustará saber en dónde exactamente se imprimió la edición que conmemoró los 40 años de un libro tan importante. Lo sabemos de las ediciones más importantes del Quijote, desde hace más de 400 años. Volviendo al argumento de bajar los costos de impresión y encuadernación para, en consecuencia, bajar los precios de los libros al lector, dicho argumento no debería llevar al antilibro. No nos estamos refiriendo a la edición conmemorativa de Cien años de soledad que, pese a lo dicho, es pulcra y legible; lo decimos por ciertas ediciones de grandes tiradas que, porque se obsequian o son baratas, constituyen un complot contra la lectura: apenas se pueden abrir porque son realidad un mazo de hojas malprensadas: el antilibro. Debería imitarse a la editorial española Tikal que en las contraportadas de sus libros le dice al lector: "Los libros de Tikal son libros permanentes. Nuestro papel es opaco, con una transparencia mínima, y no se deteriora con el tiempo. Las páginas están cosidas en pliegos, siguiendo el método tradicional, y por lo tanto no se desprenden, como sucede con frecuencia cuando las hojas están encoladas. Los libros de Tikal pueden abrirse completamente sin que se deterioren". Y todo esto, sea dicho con verdad, sin importar los temas, autores y títulos de los libros de este sello editorial. Por ello, si cuando Tikal publica libros sobre lo paranormal y la parasicología se esmera en los acabados, con mayor razón las ediciones conmemorativas de los grandes clásicos literarios deberían ser impecables. Hay que acabar con los libros desechables. Las ediciones encoladas no duran nada. La edición efímera acaba conspirando contra la lectura. * Escritor
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