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    Itinerario Político
Ricardo Alemán
22 de abril de 2007

Recupera la memoria de Castillo Peraza como ideólogo

Invita a la izquierda a reeditar modalidad del acuerdo de 1988

U na de las prácticas más enraizadas en la ortodoxia del viejo presidencialismo mexicano ordenaba que el arranque del ritual sexenal fuera acompañado, de manera invariable, por la identificación del nuevo presidente con alguna de las figuras de la historia mexicana: Juárez, Zapata, Madero... El presidente en turno -sobre todo en los tiempos de la hegemonía del PRI- elegía al héroe nacional con el que pretendía identificarse, con lo que marcaba el sello de su gestión.

En el segundo gobierno consecutivo en manos del PAN, y luego de una controvertida elección y de un caótico proceso postelectoral, todo parecía indicar que a la naciente administración federal, la que preside Felipe Calderón, se le había olvidado esa parte del ritual sexenal o de plano lo había jubilado. Pero no, el domingo pasado ("Enfoque" de Reforma, domingo 15 de abril), el presidente Calderón sorprendió a propios y extraños con un ensayo público en el que convierte a Carlos Castillo Peraza -su maestro e impulsor a la dirigencia nacional del PAN- en el ideólogo no sólo de su gobierno, sino de la transición política mexicana.

Pero el ensayo que sobre Castillo Peraza hace público el presidente Calderón puede ser interpretado, entre muchas otras lecturas, no sólo como el rescate de las raíces de su partido, sino como un mensaje a sus adversarios políticos para dar continuidad a la transición política, pactada, mediante el diálogo y la negociación. Es en realidad un llamado a reeditar, con el PRD y el PRI, el pacto que en su momento realizó el PAN con el gobierno de Carlos Salinas -y del que Castillo Peraza fue el ideólogo; "un cambio en las instituciones políticas pero sin ruptura, por una transformación del régimen, no por la destrucción del país".

Más que un homenaje

A propósito de que el pasado 17 de abril Carlos Castillo Peraza hubiese cumplido 60 años de edad -y a casi siete años de su muerte-, Felipe Calderón no sólo rindió homenaje a su maestro, "que hizo falta durante la última etapa de la transición", sino que lo convirtió en el "ideólogo de la transición mexicana" y en el referente indisoluble de su gestión presidencial. "Comparto con Carlos también la idea de construir buenos gobiernos con buenos políticos... comparto, finalmente, el anhelo de tener entre los mexicanos no millonadas de habitantes, sino de verdaderos ciudadanos, partícipes y corresponsables del presente y del futuro. El reto medular es transformar nuestra sociedad, ávida de respuestas y soluciones, en una auténtica ciudadanía que tome en sus manos su destino", dijo Calderón al final de su texto.

Pero el inédito ensayo, más que un homenaje que se pudo haber quedado en un mero discurso partidista -y que por cierto la dirigencia de Manuel Espino ni tomó en cuenta-, parece que pretende rescatar y orientar para el nuevo gobierno panista, el de Calderón, precisamente una de las corrientes políticas y de pensamiento que relegó el primer gobierno surgido de las siglas de Acción Nacional. Es decir, que Castillo Peraza, junto con Luis H. Álvarez y muchos otros militantes que fueron desplazados del partido y del gobierno de Vicente Fox -y que hicieron posible la llamada "política total", y el gran salto del PAN a la lucha por el poder sin abandonar sus principios doctrinarios-, están y estarán presentes en el nuevo gobierno del PAN.

O si se quiere ver desde otra lente: que en el segundo gobierno de Acción Nacional está en el poder lo más parecido al PAN de sus fundadores. Dice en su ensayo Felipe Calderón, que Castillo Peraza "abrevó en los ideales y en la congruencia de los Gómez Morín, de los González Torres", y por supuesto de los González Luna y, sobre todo, de Luis Calderón Vega, padre de Felipe Calderón, a quien Castillo Peraza llamó El Último León, en referencia a la despedida póstuma de Julio J. Vértiz a la muerte del jesuita Bernardo Bergoend: "...Y guarden reverentes los campos desolados el eco moribundo del último león".

Contra lo que vimos en la gestión de Vicente Fox, en donde el primer gobierno de la alternancia en el poder presidencial se emparentó con Acción Nacional sólo a través de sus siglas y colores -pero excluyó el ideario panista y a sus militantes doctrinarios-, y que privilegió el apoyo oportunista y electorero de la extrema derecha como la de El Yunque -a los que, por cierto, Castillo Peraza siempre combatió-, el de Calderón parece decidido a moldear la identidad ideológica de su partido precisamente apoyado en la historia y las tradiciones de Acción Nacional, más que en sus ambiciones.

Rescatar al partido

¿Para qué escribir un ensayo como el que nos ocupa? ¿Por qué de puño y letra del Presidente? ¿Por qué hacerlo público? ¿Por qué no dejarlo para el consumo interno del panismo? ¿Por qué a seis meses de iniciado el gobierno? Más allá de las muchas versiones sobre los desencuentros de la dirigencia del PAN con el presidente Calderón, está claro que existe una profunda crisis entre dos grandes corrientes que desde hace casi una década se disputan no sólo el control del partido, sino que ahora pelean por el control del poder real, que ya no sólo se expresa en alcaldías, congresos locales y el Congreso federal, o gobiernos estatales, sino en la Presidencia de la República.

Por un lado están los panistas doctrinarios -que a partir de 1988 eran considerados como los panistas pragmáticos, luego de la alianza que ese sector de Acción Nacional pactó con el gobierno de Carlos Salinas-, de los que Felipe Calderón y una buena parte de su gobierno forman parte; que fueron echados del partido por el entonces incontenible precandidato Vicente Fox, quien aliado con la ultraderecha del Yunque y de otros sectores capitalizaron el trabajo político que por décadas sembraron los doctrinarios.

El llamado "fenómeno Fox" no sólo fue un factor que arrastró multitudes, de panistas y no panistas, que dio lugar al efectivo "voto útil" y que coaguló a una importante porción del electorado mexicano en torno a una consigna de notable efectividad entre el electorado del año 2000: "echar al PRI de los Pinos". No, el "fenómeno Fox" también provocó un doble asalto político de la ultraderecha mexicana; un asalto al PAN y al poder.

La popularidad de Vicente Fox era incontenible entre el electorado de todos los signos, pero también arrastró a la estructura del PAN, al grado que Felipe Calderón, entonces presidente del partido, debió cancelar la posibilidad de reelegirse como dirigente nacional, para dejar el espacio a los dirigentes que reclamaba el aventado guanajuatense. Pero una vez que Fox ganó la elección que echó del poder al PRI -junto con el voto de millones que ahora reniegan y que no quieren acordarse de que cerraron ojos y oídos ante las voces que advertían sobre el "bulto" que era el señor Fox-, el primer presidente de la alternancia también dejó al PAN fuera de su gobierno.

Es decir, convirtió la transición y la alternancia por la que habían trabajado los panistas en décadas anteriores, en un vulgar "quítate tú para ponerme yo". Sin la doctrina partidista en sus alforjas, sin aliados doctrinarios, y apoyado en un puñado de oportunistas de la ultraderecha, el gobierno de Vicente Fox no sólo fue incapaz de avanzar en la construcción de la transición democrática para la que había sido llamado -no hizo su parte-, sino que imaginó que ya no existía ese panismo doctrinario que lo había llevado al poder. Por eso, con Santiago Creel como punta de lanza, intentó darle la puntilla a un partido que, a pesar del propio Vicente Fox, logró recuperar su herencia en 2006.

De ayer a mañana

Cuando Felipe Calderón ensaya la recuperación de las raíces del PAN, cuando rescata al ideólogo de las últimas dos décadas, y cuando recupera la memoria de Carlos Castillo Peraza, en realidad dibuja hacia dentro y hacia fuera del PAN lo que será su gestión en los próximos cinco años: un gobierno que será construido sobre los cimientos de la historia y las tradiciones panistas -muy lejos del de Vicente Fox-, una gestión que le apuesta a continuar con la transición democrática en la que, en efecto, participó de manera importante Castillo Peraza, pero también muchos otros, del PRI y de la izquierda mexicana.

Pero sobre todo, pareciera que una lectura fundamental del ensayo la deben hacer los panistas hacia el interior de su estructura de partido y en sus gobiernos. Pareciera que Felipe Calderón va por la recuperación de su partido, no sólo en el reconocimiento de su papel como jefe del gobierno, sino en el rescate de la cultura y el ideario del PAN. Y es que en efecto, en 2000 y en 2006 el PAN ganó el poder presidencial, pero también es cierto que son muchos los signos de que se perdió el partido.

Por eso, uno de los primeros pasos que da el gobierno de Calderón -y por eso el ensayo de puño y letra del Presidente- parece apuntar hacia el establecimiento de una nueva alianza intramuros del PAN, en donde el partido sea el principal aliado del gobierno, pero también el principal promotor de lo que Calderón llama "una militancia comprometida, entregada y apasionada; esto es, igual en la calle y en la plaza que en los escritorios públicos".

Mano tendida

Pero el tema central del ensayo, que sea de puño y letra del Presidente, y que se haga público, se pueden explicar porque se dan todos los ingredientes de un mensaje claro, del gobierno de Calderón, hacia los adversarios políticos de su gestión. No es casual, por eso, que Felipe Calderón cite en la parte medular del ensayo los textos de Castillo Peraza en donde el yucateco explica, por un lado, las razones que llevaron al PAN -bajo el motor ideológico del propio Castillo Peraza- a una alianza con el entonces ilegítimo gobierno de Carlos Salinas.

Dice al respecto: "Carlos supo entender que se requiere más valor para iniciar un diálogo desde la oposición en un régimen autocrático que simplemente protestar y negarse radicalmente a establecer el diálogo. Era posible ganar a pesar de un régimen cerrado y dispuesto a defender por todos los medios su hegemonía".

Y más adelante regresa al tema: "He señalado y reitero que Carlos Castillo es el verdadero ideólogo de la transición política mexicana porque la concibió, la diseñó y la supo llevar adelante... En el plano de las ideas y al mismo tiempo de la acción y de la práctica, esta labor quedó claramente plasmada en 1989 con el documento Compromiso Nacional por la Legitimidad y la Democracia. El documento exigía al gobierno (de Salinas) asumirse como un gobierno de transición y lo convocaba a él y a todas las fuerzas políticas a iniciar, por la vía del diálogo y la negociación la ruta de transición pacífica a la democracia... Carlos Castillo Peraza apostó por un cambio en las instituciones políticas pero sin ruptura, por una transformación del régimen, no por la destrucción del país".

¿Cuál es el mensaje de ese ejercicio memorioso? Está muy claro. El Presidente está proponiendo a los distintos sectores del PRD, como ya lo hizo con los del PRI, un pacto político como el que signaron el PAN de Luis H. Álvarez en 1988 -bajo el motor ideológico de Castillo Peraza-, para retomar 18 años después una nueva generación de reforma político electoral y de transición democrática.

El pacto que en 1988 signaron el PAN y el gobierno de Salinas -pacto que, por cierto, no se dio en 1989, como dice el presidente Calderón, sino que se hizo público en el zócalo capitalino la noche del 16 de noviembre del mismo 1988-, proponía la legitimación de la gestión de Carlos Salinas, pero en el ejercicio del poder. En esos controvertidos días, dos actores fueron centrales para hacer posible esa negociación: Carlos Castillo Peraza, quien elaboró un extenso ensayo sobre el tema, y por parte del gobierno de Salinas nada menos que Manuel Camacho Solís.

El propio Carlos Castillo definió así el sustento ideológico del Compromiso Nacional por la Legitimidad y la Democracia: "Un momento en que la ley ya no es verdad, y la verdad todavía no es ley, es decir, en el que se puede salir sólo legalmente de situaciones a las que se llegó ilegalmente. O si se quiere, en este momento las reglas del juego no están plenamente definidas -ni en el régimen ni el sistema político-, y son objeto de una dura lucha en la que no se puede abandonar campo alguno: es el tiempo de eso que se llama soluciones políticas, que no se dan si el partido es incapaz de aportar al sistema pruebas válidas para el régimen, que constriñan a éste a actuar contra los intereses del sistema, a abandonar éste y evolucionar hacia un régimen verdaderamente democrático".

Está claro que las condiciones de la elección de 1988 están muy lejos, en todos los sentidos, de las vividas en 2006. Sin embargo, sigue viva la necesidad de acuerdos políticos, mediante el diálogo y la negociación, para lograr la "calidad democrática" a la que también se refiere el presidente Calderón en su ensayo. No se sabe, hasta el momento, si el llamado del presidente Calderón ya registró el respectivo acuse de recibo. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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