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Ejecuciones: la costumbre
Se percibe como cotidiana, o hasta como una fatalidad que ya rebasó a los tres niveles de gobierno, la proliferación de la violencia En el camino Algunos lo llamaron "lunes negro". Y no era para menos. Ese lunes 16 de abril se produjo la mayor masacre de estudiantes y maestros en una escuela de Estados Unidos -el Tecnológico de Virginia-, que con toda razón conmocionó al mundo entero, no sólo por el número de víctimas mortales, sino por las características del crimen colectivo, el lugar en donde se produjo, y la actividad que desempeñaban los ejecutados. Sin duda un suceso que sorprende, alarma, indigna y preocupa a cualquiera. Pero ese mismo lunes en México también vivimos nuestro "lunes negro", ya que según reportes periodísticos se registraron en esas mismas 24 horas, y en diversas entidades del país, por lo menos 25 ejecuciones, 20 de ellas presuntamente vinculadas al crimen organizado y/o el narcotráfico, hecho que no alcanzó ni el despliegue mediático, ni mucho menos sorprendió, alarmó, indignó y preocupó al mundo y a los mexicanos, como el primer suceso. Pero más allá de los criterios mediáticos -justificados o no-, que colocaron bajo un mayor reflector al crimen colectivo ocurrido en el tecnológico de Virginia, son muchas las evidencias de que entre la sociedad mexicana resulta innegable que la cultura de la violencia, las ejecuciones y la permanente guerra del narcotráfico contra el Estado, contra la sociedad y contra otros grupos mafiosos, cada vez sorprende, alarma, indigna y preocupa menos a un mayor número de mexicanos. Es decir, cada vez más mexicanos perciben como un hecho cotidiano, normal o hasta como una fatalidad que ya rebasó a los tres niveles de gobierno, la proliferación de la violencia, las ejecuciones y hasta la convivencia con esos fenómenos de violencia extrema, al grado de que no pocos medios de información, de las zonas fronterizas, de las entidades del país en donde predomina el narcotráfico y hasta en la capital del país, han decidido no informar más del narcotráfico, no investigar y, en muchos casos recurrir a la autocensura por miedo, en respuesta a un reflejo básico de sobrevivencia. Y no se puede cuestionar que periodistas, editores o dueños de medios hayan decidido no informar más sobre el narcotráfico y el crimen organizado -porque, en efecto, no se trata de crear héroes o estimular suicidas-, pero lo cierto es que gana terreno a pasos agigantados lo que parece una estrategia de la criminalidad para anular lo que llamamos los "anticuerpos sociales", la capacidad de asombro, indignación, alarma y preocupación por los elevados y crecientes niveles de violencia y criminalidad. La estrategia del miedo, y su resultante más visible, la indiferencia social y la costumbre de vivir en medio de hechos violentos, ejecuciones, desapariciones y asaltos como el que se produjo ayer en Tijuana, parecen cobrar carta de naturalización. Y es que en México no sólo hemos vivido un "lunes negro", sino un martes, miércoles... una semana, un mes, todo un "sexenio negro" -como fue el de Vicente Fox-, sino que se vive en un estado de permanente violencia, de "tiempo negro" de manera indefinida. Tan sólo en lo que va del presente año y la naciente administración federal ya se acerca a 700 el número de ejecuciones vinculadas con el narcotráfico. Se puede hacer el recuento de las ejecuciones en los últimos 12, 10, 6 años, y hasta en los más recientes seis meses, y en todos los casos la cifra es de terror, rebasa cualquier antecedente. Y no sólo las ejecuciones son, en cada ocasión, más numerosas, sino de mayor jerarquía social, al grado que en los días recientes ya se ha atentado contra generales retirados, policías de mayor rango, periodistas que son símbolos. La escala de los atentados va en aumento, como también se incrementa la importancia social de las víctimas. Pero lo más preocupante es que a fuerza de la costumbre, de todos los días ver, leer o escuchar sobre ejecuciones, atentados con granadas, y bazucas; de asaltos a comandancias policiacas, balaceras entre grupos mafiosos en concurridos centros urbanos, levantones, desaparición, ejecución y hasta decapitación de policías, periodistas y políticos; rescate de sicarios por sus propios grupos mafiosos, sea en cárceles u hospitales, parece que se atrofian más los anticuerpos sociales, al extremo de que cada día asombra, indigna y sorprende menos que la violencia y la criminalidad avancen sin control. Dice el presidente Calderón que su gobierno responderá con mayor fuerza al incremento de la violencia criminal. Pero no dice cuándo ni cómo. Pareciera, incluso, que en la guerra del narcotráfico contra el Estado -que es sólo uno de los frentes en disputa-, se cumple la Tercera Ley de Newton. Es decir, a cada declaración presidencial, los criminales responden igual, pero en sentido contrario. La diferencia es que los cárteles tienen estrategia, objetivos, logística, mientras que las fuerzas del Estado parecen dar palos de ciego. El problema parece al borde del descontrol total, y no se ven respuestas oficiales. Por sexto año consecutivo, la CFE se lleva el Premio Nacional de Calidad. Y nadie puede regatear el mérito. aleman2@prodigy.net.mx
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